Esperanza radical

Audaz relectura del cristianismo (27). El dinero sucio

18.11.18 | 01:38. Archivado en audaz relectura del cristianismo

En el ámbito de la economía sumergida, el submundo de la prostitución es uno de sus más importantes capítulos. Suele decirse que la prostitución es el oficio más viejo del mundo, augurando con ello que ni las normas, ni las leyes, ni la voluntad social, ni los castigos penales han sido capaces de erradicarla. Más aún, pues se la ve tan consolidada y necesaria que es previsible que no se logre tampoco en el futuro por mucho que se luche contra ella.

No tendría importancia alguna que las cosas sean así si no se tratara de un fenómeno masivo que mueve muchísimo dinero y que, por no estar regulado, discurre por cauces sucios y tenebrosos de un inframundo en el que se cometen todo tipo de vejaciones con mujeres indefensas, tratadas como ganado de producción, hasta el punto de poder afirmar, rizando el rizo, que la prostitución está prostituida.

Conciencia del problema

Ante una realidad como esa, contra la que nada han podido ni las amenazas de castigos eternos, vaticinados por acalorados predicadores apocalípticos, ni los desprecios más barriobajeros que la sociedad farisaica en que vivimos ha dedicado siempre a las prostitutas, lo razonable es plantearse de raíz el fenómeno para entenderlo a fondo y, tras ello, incorporarlo a un devenir normalizado de la sociedad.

A muchos les parece sucio y repugnante que una mujer o un hombre ganen dinero sirviéndose de su cuerpo, mientras que ven con buenos ojos a quienes hacen fortunas exhibiendo sus figuras o sus habilidades. En principio, nada habría que objetar a que el sexo por dinero tenga lugar entre adultos que consientan en ello. De ahí que no proceda calificarlo como algo sucio. De suyo, el ejercicio voluntario de la sexualidad, sea porque ambos actores busquen su propio placer, sea porque uno de ellos preste un servicio remunerado, es un acto denso y hermoso. Lo realmente sucio no sería, en todo caso, el acto en sí sino las circunstancias que lo envuelven, tales como que la mujer se vea desesperadamente obligada a prostituirse para sobrevivir.

Lo único que no encaja en ese cuadro es que se sirvan de ella personas que no debieran hacerlo por promesas solemnes de abstención (celibato sacerdotal), por vivir conforme a los consejos evangélicos (religiosos) o por el compromiso formal de fidelidad a que se comprometen los cónyuges (matrimonio).

Importantes razones para su legalización

Aun siendo conocedor de la escabrosa polémica que envuelve el tema, a mi modesto entender lo mejor sería regular debidamente una actividad humana que, de una u otra manera, siempre ha estado y seguirá estando vinculada a los comportamientos humanos. De no hacer dejación de la función reguladora de la sociedad e inhibirse ante un problema tan grave, fundadas razones avalan que aflore por completo el actual escabroso submundo de perversión y cloaca de la prostitución.

La primera tiene una importante trascendencia social. La legalización de la prostitución, de hacerse bien, erradicaría por completo la trata de blancas, pues la prostitución, lo mismo da que se trate de hombres que de mujeres, debería ser ejercida de forma completamente libre. Lo de menos sería que su encuadre laboral fuera el régimen general de la Seguridad Social o el de autónomos o el de cooperativa. El prostituido, insisto, hombre o mujer, debe contar con los mismos derechos sociales y laborales que cualquier otro trabajador, sea por cuenta propia o como asalariado.

La segunda tiene enorme repercusión social. La regularización de la prostitución permitiría controlar fácilmente que el servicio se preste con garantías sanitarias. Se evitaría así que se ejerciera en tugurios de mala muerte, cuya suciedad y precariedad es siempre foco de infecciones. Además, estaría sometida a las pertinentes revisiones sanitarias para que sus operarios no transmitan enfermedades venéreas, tan molestas y costosas para la sociedad. Choca escandalosamente que la prostitución, en los procederes actuales, además de no cotizar ni pagar impuestos, sea una importante carga para la Seguridad Social por las enfermedades que su clandestinidad genera.

La tercera es mucho más delicada y de muchísima más trascendencia social. Una prostitución bien regulada, que ofrezca un servicio seguro, de calidad y a un precio razonable, evitaría la mayoría de los casos de violación que se producen a diario en nuestra sociedad. Además, facilitaría que puedan practicar sexo de forma razonable quienes, sean hombres o mujeres, no tengan ninguna posibilidad de hacerlo de otra manera al no estar casados y se sientan incapaces de buscar un partenaire o de emparejarse.

Cabe ahondar todavía un poco más en las repercusiones sociales de lo expuesto en la tercera razón. En alguna ocasión, una prostituta, que no se sentía aherrojada al desempeño de una profesión sucia sino orgullosa de prestar un servicio humano difícil, me confesó que a veces se necesita altura de miras y un cierto grado de heroicidad para prestar tan íntimo servicio a individuos manifiestamente deteriorados, pero que nunca pierden su condición humana. Ello lleva a preguntarse si, de erradicarse un día la prostitución, seguiría siendo viable esta sociedad nuestra en la que millones de seres humanos quedarían condenados de por vida a la abstinencia obligada, a masturbarse habitualmente o a convertirse en depredadores sexuales para desahogarse.

Hay una cuarta razón que no habrá pasado desapercibida a ningún lector, razón también de gran trascendencia social, en línea con lo expuesto en la miniserie que he venido dedicando al dinero: la legalización de la prostitución reflotaría una actividad con miles de trabajadores que no cotizan y en la que corre un río de dinero negro. No estoy en condiciones ni siquiera de conjeturar a cuánto podrían ascender las cotizaciones de los trabajadores y los impuestos de las empresas del gremio, pero seguro que se trata de muchísimo dinero.

Esta última razón cobra más relieve en nuestros días cuando los políticos, que no están dispuestos a moderar de ningún modo sus gastos, tienen que contener el déficit público hasta hacerlo desaparecer. De hecho, se las ven y se las desean para idear nuevos impuestos con los que, además de moderar ese déficit, puedan mejorar algo el estado de bienestar, punto este último muy determinante para sus campañas electorales. De ahí que anden como locos llamando a todas las puertas (bancos, gasóleo, autónomos, grandes fortunas) y rascando todos los bolsillos (inspecciones, transmisiones, IBI, etc.) en busca de dinero.

En tal situación, la legalización de la prostitución les vendría como anillo al dedo: al aparecer nuevas empresas y reflotar miles de trabajadores lograrían incorporar al río de lo común un afluente importante, cuya agua en el proceder actual solo riega huertos particulares.

Cabría todavía una quinta razón, muy resolutiva: no podemos comportarnos como avestruces, enterrando la cabeza ante el peligro, y dejar que las cosas sigan igual en un campo vital tan sombrío, negro y sucio, al amparo de una supuesta conveniencia del mal menor. Si los hechos demuestran que la prostitución es concomitante del devenir humano, ganaremos mucho si le damos de una vez cuerpo de naturaleza y le reconocemos la dignidad inherente a cualquier otra actividad de servicio.

La sexualidad es mucho más que procreación

Tras la propuesta de la regulación social de una actividad tan importante y universal como es la prostitución, los cometidos primarios de este blog me exigen enfocar el tema desde los requisitos básicos de mi condición de cristiano, canalizados por las líneas de comportamiento fijadas por la Iglesia católica. Mientras no encuentro en mi fe obstáculo alguno para el ejercicio de la sexualidad entre adultos, siempre que se lleve a efecto con las garantías imprescindibles de completa libertad y total decencia, parece que este tema no solo sobrepasa los enfoques de mi Iglesia, sino que incluso le provoca sarpullidos y reacciones de desprecio y condena.

Pensar en la sexualidad como sucia y pecaminosa denota miopía. Nadie en su sano juicio puede hoy tachar de contaminada y condenable la actividad sexual, salvo que se la lleve a extremos patológicos. Además, no convendría olvidar que prestar servicios sexuales a clientes degradados es una labor encomiable en aras de la solidaridad social.

Dejando de lado el problema de que haya eclesiásticos, sean muchos o pocos, que acuden a la prostitución en busca de un desahogo orgánico compartido, lo cierto es que la Iglesia no dará un paso a derechas sin revisar a fondo toda su moral sexual. Digamos de paso que es preferible que los eclesiásticos intemperantes, de no contentarse con la masturbación, tan al alcance de la mano, acudan a la prostitución antes que cometer delitos tan horrendos como los aireados en nuestros días.

En cuanto a sus responsabilidades globales, la Iglesia católica debe entender y aceptar de una vez para siempre que es la Tierra la que gira en torno al Sol, lo que, en román paladino, significa en nuestro caso que la sexualidad, además de buena por naturaleza, es condición “sine qua non” para alumbrar caminos de humanización. La naturaleza arroja por sí sola mucha luz sobre la sexualidad, la hermosa luz de la alegría de vivir y la fecunda luz de la procreación. ¿Tiene algo que ver con el reino que predica el Evangelio que esa luz sea atemperada o apagada sistemáticamente por la Iglesia? De hecho, son muy graves los traumas y desasosiegos que con su empecinamiento ha causado a millones de fieles de buena fe. ¡Cuántos dramas de conciencia por el desgarro entre lo que los fieles sienten y lo que se han visto obligados a hacer! Urge que entienda que la sexualidad coadyuva a la creación divina, cohesiona la convivencia familiar y vierte humanidad sobre nuestros comportamientos.

Quedémonos hoy con que la prostitución no es más que la comercialización de un servicio fundamental de la sociedad, tan digno como otro cualquiera y posiblemente más importante que muchos otros para el buen desarrollo social. No hay razón alguna para que la sociedad prohíba las prácticas sexuales entre adultos cuando se producen de forma consentida y libre y, menos aún, para que margine una fuente de riqueza importante para el procomún. Y, desde luego, admitamos de una vez por todas en nuestro ámbito particular de creyentes que la sexualidad, que nos acompaña desde la sala de partos hasta el tanatorio, es muchísimo más que procreación, aunque esta sea seguramente la más hermosa proyección de los seres humanos. Una sociedad adulta y bien organizada no puede mirar para otro lado ante una actividad que contribuye gozosamente a la buena marcha de la humanidad.


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