Esperanza radical

Audaz relectura del cristianismo (23). Bendito y maldito dinero

21.10.18 | 01:48. Archivado en audaz relectura del cristianismo

El Domund de hoy se presta para abordar el papel protagonista del dinero, tema elegido para este post sin conocimiento de tan feliz coincidencia. La celebración del “Día mundial de las misiones” nos pone encima de la mesa los problemas por los que atraviesan miles de españoles en su encomiable tarea de llevar vida, cultura y esperanza a otras tierras, a otros seres humanos. Aunque no seamos conscientes de su difícil tarea de humanización por desarrollarse lejos, hoy haríamos bien en contribuir a tan magna obra con algunas monedas o incluso billetes. Seguramente, a ningún otro dinero podríamos calificarlo de bendito como a ese, destinado a obrar maravillas donde su carencia sume en la desesperanza y en la tragedia a tantos hermanos nuestros.

Valores y contravalores

El lector me permitirá acudir de nuevo a mi maestro fray Eladio Chávarri O.P. para sustentar una reflexión de enorme trascendencia y calado para la sociedad de nuestro tiempo y también para la Iglesia. En “Perfiles de nueva humanidad” deja muy claro que nuestra actual forma de vida, la del hombre productor consumidor, está estructurada en torno a los valores psicosomáticos y económicos, muy importantes de suyo, pero que crean desajustes al alcanzar sus tentáculos las demás dimensiones vitales y fagocitarlas. Es decir, en nuestra forma de vida esos valores imprimen su sello a los valores epistémicos, estéticos, éticos, lúdicos, sociopolíticos y religiosos para ponerlos en su propia órbita. Dicho de otro modo, nuestra forma de vida está completamente escorada al culto del cuerpo y del dinero.

Una mejor forma de vida, a la que quién más quién menos todos aspiramos, exigirá, en primer lugar, romper ese sometimiento y enclaustrar en su propio ámbito las admirables conquistas que la humanidad ha logrado en los campos de la salud y de la economía, pues no deja de ser admirable que muchos seres humanos superen hoy la edad de cien años y que nuestro planeta pueda albergar y alimentar a miles de millones de habitantes.

La mejora de la salud ha sido un logro espectacular debido tanto a los avances de la medicina como a la liberación del “yugo” del trabajo esclavo.

En cuanto a la distribución del dinero en las sociedades desarrolladas, cómo armonizar socialmente el mundo del capital y del trabajo ha sido uno de los grandes quebraderos de cabeza de muchos conspicuos pensadores en los últimos dos siglos.

Indiscutiblemente, el capitalismo se ha revelado como el único sistema revitalizador, el único capaz de lograr a base de incrementar la productividad no solo que en el mundo haya cabida para miles de millones de seres humanos, sino también para que todos puedan llevar una larga vida de calidad. Ahora bien, es obvio que la calidad de vida exige, como base, un cierto grado de salud y de educación y también comida suficiente, vivienda confortable y vestimentas apropiadas. Lo malo es que esos valores, los propios del capitalismo productor, se deterioran muchas veces al imponerse en la gestión empresarial una rapiña desaforada y al someter a su imperio las demás vertientes de la vida humana.

El bendito dinero, tan importante y determinante para nuestra forma de vida y para todas las habidas hasta ahora, se torna maldito en cuanto deja de ser valor para convertirse en contravalor, como, por ejemplo, cuando, en vez de ser producido con esfuerzo, es robado de la forma que sea o cuando, habiendo sido dignamente ganado, se utiliza para hacer cosas indignas.

Las empresas

En todo desarrollo económico intervienen las materias primas, agrícolas y minerales, y los factores imprescindibles de explotación, como el capital y la mano de obra. Mientras que la mano de obra pertenece exclusivamente al trabajador, la asignación de la propiedad de los otros factores de producción, las materias primas y las herramientas de trabajo, que debería atenerse a criterios de viabilidad social, se ve sometida muchas veces a la avaricia y al pillaje. La historia ha venido demostrándonos que cuando falla uno de esos tres pilares de la producción (materias primas, herramientas y trabajo), el desarrollo de la vida misma se complica hasta desencadenar tragedias.

Cabe afirmar que la Tierra y cuanto hay en ella pertenece globalmente a todos los seres humanos.

El lío y los conflictos sociales se producen cuando se trata de asignar la riqueza básica conforme a criterios de justicia que den a cada uno lo que realmente le corresponda. Hacerlo se presta a todo tipo de cambalaches. La avaricia, protagonista destacada en este escenario, es un contravalor demoledor. La razón última de la “posesión” estriba, en la actualidad, en ocupaciones antiguas de la tierra y en fortunas, producto muchas veces de rapiñas y despojos, que se han ido transmitiendo por herencia de generación en generación o en acumulaciones de capital que se producen al compás del desarrollo económico.

Salta a la vista que tan arbitrario reparto ha dado lugar a que surjan minorías excesivamente ricas, con haberes suficientes para vivir opulentamente varias vidas, y minorías escandalosamente pobres de ciudadanos que no tienen ni dónde caerse muertos. Afortunadamente, se trata solo de minorías, pues la inmensa mayoría de los seres humanos pertenece a las llamadas clases medias, las cuales se mueven lejos de ambos extremos y constituyen un sólido fundamento para la vida social.

A partir de las coordenadas de distribución descritas comienza el juego del comercio libre en que nos encontramos y que pone en danza el dinero, el talento y el trabajo para ir tejiendo, mal que bien, el devenir diario de la sociedad.

Los principales conflictos, tan enquistados, surgen a la hora de valorar el papel de los medios de producción, imprescindibles para echar a andar y sostener una empresa, y, sobre todo, a la de determinar qué beneficios del ejercicio empresarial corresponden al capital y cuál debe ser la retribución digna de los asalariados. Se trata de equilibrios muy precarios debido a que en este campo no hay más cera que la que arde y todos, capitalistas y obreros, quieren naturalmente más. Una producción normal debería permitir establecer criterios de justicia que erradiquen los conflictos laborales permanentes, conflictos que, para mayor inri, disminuyen la producción y, por ello, menguan el dinero a repartir.

Aunque no soy quién para meterme en este zarzal, sí me atrevo a proclamar que, de suyo, no tendría que ser tan difícil establecer criterios justos de reparto, habida cuenta de que el capital es solo un medio de producción mientras que el trabajo lo es de vida. Con ello quiero significar que el salario tiene, además de su correspondencia con la producción, otras coordenadas a las que responder.

El dinero público

Más complejo todavía es el mundo de la “empresa pública” de la que, teóricamente, el propietario es el pueblo. En ese ámbito, nos topamos en primer lugar con la enorme empresa que es el Estado mismo con sus miles de políticos asalariados, una empresa cuya única productividad es el servicio de gobierno. En este ámbito tendría que imponerse, por las buenas o por las malas, una cierta moderación e incluso una cierta austeridad al depender sus ingresos de la sobrecarga que los tributos imponen a los ciudadanos.

Lo curioso del caso es que los desorbitados gastos del Estado, siempre crecientes, no disminuyen ni cuando la gobernación es mala y ni siquiera cuando por la crisis toca apretarse el cinturón. En la pasada crisis, por ejemplo, a todos nos ha tocado apretar el cinturón uno o dos ojales, menos a los políticos que, muy al contrario, incluso han tenido que aflojarlo uno más. Pensar que el dinero público no tiene dueño y que, por tanto, uno se lo puede apropiar y gastar con alegría es un despropósito de irresponsables.

Las demás empresas públicas, las que prestan otros servicios o incluso realizan alguna explotación empresarial, cuya gestión depende de los políticos, adolecen de los mismos vicios que la gran empresa del Estado. Si el Fisco sangra a los ciudadanos a golpe de impuestos para que el Estado se mantenga en pie, esas empresas públicas, muchas de ellas parasitarias, vienen a anquilosar o aletargar aún más la vida de los pueblos. Todo lo que pueda tener un desarrollo privado nunca debería estar en manos públicas por razones tan obvias como que resulta muy caro para los ciudadanos.

La perspectiva moral del dinero público, el recaudado con los impuestos de todos, debería fijar unas reglas de gasto a fin de que el tesoro de una nación sea administrado con mesura, tacto y eficiencia. El hecho de tratarse de un dinero “común” le infiere exigencias que van mucho más allá que las del particular, dinero este con el que su dueño puede permitirse caprichos sin que nadie pueda reprochárselo, salvo quizá su propia conciencia. Pero con relación al dinero público no caben saqueos, caprichos y despilfarros. Nunca podrá funcionar bien una sociedad en la que sus políticos se consideren superiores a los demás ciudadanos y se atribuyan remuneraciones y privilegios que sobrepasan el alcance de sus funciones y las posibilidades económicas de la sociedad a la que representan y de cuya administración se ocupan.

El dinero de las empresas

El mundo empresarial propiamente dicho, en el que se trabaja en busca de beneficios, estará sometido siempre a tensiones (movimientos sindicales y patronales) mientras no se llegue a regular debidamente un reparto justo de las rentabilidades obtenidas. Por compleja que sea la cosa, deberían determinarse cauces claros para ese reparto incluso en situaciones de pérdidas. Sería muy osado por mi parte ahondar más en este tema, si bien parece de sentido común que los asalariados aspiren a sentirse seguros en su trabajo y a vivir dignamente de su salario. En el caso de pérdidas inasumibles, la empresa debería optar por que se trabaje más y mejor antes de tomar medidas drásticas como el cierre o la quiebra, tan dramáticas para los trabajadores. Pero, en caso de beneficios consolidados, un determinado porcentaje tendría que destinarse a engrosar los salarios.

Los trabajadores de una empresa deberían tener un protagonismo o un peso mayor del que tienen en la actualidad debido a que, con su trabajo, entregan a la empresa una parte importante de su vida. No es comparable el papel del capital al del trabajo, como tampoco lo es el del dinero a la vida misma. Cuando se produce una quiebra, sea por mala gestión o por otros imperativos económicos, el asalariado pierde mucho más que el capitalista al quedarse sin su medio de vida. Una empresa nunca debería quebrar solo porque en un momento determinado los resultados arrojen pérdidas cuando el resultado negativo sea coyuntural o pueda solventarse con sacrificios del capital y de los trabajadores.

Quedémonos hoy, en primer lugar, con que es preciso barajar mejor estas cartas para que cada cual pueda jugar su juego. El capital, lejos de ser números fríos en busca de beneficios, debería tener sentimientos con relación a las vidas que se ponen en juego en el ejercicio empresarial. Tal vez el mayor beneficio de una empresa, a destacar con trazos gruesos en la cuenta de resultados, sea la “creación” de puestos de trabajo que permitan vivir dignamente a los trabajadores y a sus familias. La ética del trabajo así lo proclama y la religión no debería cansarse de predicar, alto y claro, que la vida de muchos seres humanos depende totalmente del salario que perciben por su trabajo. Las grandes fortunas al servicio del capricho de sus dueños son escandalosas, pero se convierten en una auténtica bendición cuando se emplean para hacer posible la vida de muchos trabajadores. En segundo lugar, volviendo a la introducción, quedémonos con que haríamos bien en bendecir un poco del dinero que nos gastamos en vicios y caprichos metiéndolo en las huchas que se utilizan para la colecta del Domund.


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Comentarios
  • Comentario por Carlos Gijón Calzón 24.10.18 | 17:46

    En estos análisis sobre el equilibrio económico de la vida humana, se establecen siempre unas concepciones sobre la sociedad humana de una manera extrínseca a la propia sociedad humana. La clave primordial está en la responsabilidad del propio individuo, y precisamente en esa base de su propia individualidad. Que cada persona tuviera conciencia de su propia responsabilidad en la sociedad humana de lo que realmente le corresponde por su propio esfuerzo dentro de la misma, de tal forma que por sí mismo rechazara todo lo que no le corresponde, es algo inimaginable e impensable dentro de nuestra sociedad. Sin embargo, una vez establecida esta base social humana, todo lo demás sería muchísimo más fácil de conseguir. Consecuentemente, como se trata de algo impensable dentro del razonamiento humano, resulta ser igualmente totalmente imposible en nuestras actuales circunstancias, el que ese ideal de bienestar humano con el que se ha tenido la osadía de soñar, pueda llegar a ser una realidad.

  • Comentario por Juanjo 24.10.18 | 13:07

    Excelente artículo.

  • Comentario por Juanjo 24.10.18 | 13:07

    Excelente artículo.

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