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Un Corpus poco florido

Permalink 17.06.09 @ 18:45:55. Archivado en Tradiciones

Una tormentosa mañana de junio se congregó un grupito de ocho princesitas y dos marineritos que tomaron asiento en la Colegiata de un pueblo con nombre compuesto. Los dedos entrelazados o las miradas del suelo al techo o de ambos al público no fueron indiferentes. El sermón no varió el rumbo de sus miradas, ni siquiera de sus pensamientos, sólo el tropezón de una monaguilla permitió que sus rostros se distendieran. Las manos de algunas se precipitaron a sus labios dejando atrapado un gritito u ocultando algún colorete. La insistencia de la monaguilla perpetuó las risillas; el cura centrado en su discurso siguió sin inmutarse. Tampoco se percató del vacío de sus palabras que pocos debieron de seguir.

Aquellas princesitas de blanco puro, blanco roto, crema, apenas mezclado con el rosa romántico de algún lazo, eran las verdaderas protagonistas. Los debutantes a marineros ni siquiera con mayor rango hubieran logrado tanta expectación.
Las pequeñas princesas y los jóvenes marineritos afloran los meses de mayo y junio. Algunos como estos ocho tienen la suerte de repetir modelito en dos ocasiones: tras la Primera Comunión, el Corpus Christi(cuerpo de Cristo). Todo un acontecimiento para la familia, en especial, los abuelos. Recuerdo la procesión a la que fui sometida por mi madre y la suya: tienda para arriba, tienda para abajo. Por suerte, en aquella ocasión no había tantas como ahora, aunque eran más buenas y no tan repetitivas. Un vestido muy simplón en una, otro carísimo… Hasta que llegó el perfecto con cancán incluido. Una debutante a princesita no lo sería sin un buen cancán…

En la iglesia seguía sin prestar atención a los curas, salvo cuando interrumpían al coro para continuar sus rezos, me preguntaba si no sería una estrategia para proseguir con el sermón. Menos mal que el cántico seguía y al cura no le quedaba más remedio que esperar colorado a que finalizase para regresar al pueblo prometido. Me daba igual, yo volví a mi casa, aquella grandota con muchas escaleras. La noche previa al seudo enlace, me vistieron infinidad de veces. Trataba de averiguar en las miradas de las nuevas protagonistas si habían atravesado el mismo trance, llegando a suplicar que las bajasen de aquellos preciosos zapatos blancos y vestido de lo que el viento se llevó.
Tras casi una hora entre cura y cura, coro, cura, lectura del público y vuelta a empezar, salimos en procesión. Los padres todos orgullosos cargaron con un estandarteSe formaron dos hileras de gente. En la cabeza uno de los curas, tras él princesitas y marineritos en dos filas. Flanqueados todos ellos por dos filas laterales de seguidores y fotógrafos. Detrás los padres con los pendones y en un alarde de bondad, las autoridades acompañadas por un tricornio o a la inversa. Finalmente, las dos hileras se remataban con los cánticos del coro, relegado siempre a la parte posterior del acto. Recuerdo los pendones y abalorios del evento, había unas cuerdecitas que parecían de oro y seda pues todos nos afanábamos en agarrarlas. No tuvimos coro pero sí un sol de justicia y un séquito de gente que nos seguía con gran expectación. Los perros antes y ahora tampoco se perdían el acontecimiento para unirse a sus engalanados amitos.

Las princesitas siguieron su marcha, algunas apenas sonreían a la cámara metidas en su papel de corte, otras más relajadas lo hacían a diestro y siniestro. Los niñitos relegados al final de la fila nobiliaria no parecían ofendidos, más bien divertidos con esos crucifijos, cadenitas y similares propios de su cargo. Solo les faltaba el sable o el trabuco para ir más anchos que largos. Nosotras enseñábamos nuestras nuevas pertenencias: un bolsito blanco con incrustaciones de lentejuelas, florecillas cosidas y guantes de puntos finitos, que ahora llevan todas y a nosotras mucho nos costó convencer a aquel cura dispuesto a vestirnos de simples condesas...

Las niñas avanzaban por las calles pisando un cuadradito de flores que solo cedió el Ayuntamiento (según ellos debido a la crisis que había en el pueblo con nombre compuesto). Pensé preguntarles a las autoridades que tan engalanadas iban tras los padres pero temía que el triconirnio se volviera amenazante y ejerciera su papel en mitad de la procesión. Al fin y al cabo se trataba del disfrute del segundo día de gloria de aquellos diez niños, ¡qué suerte la suya! Afortunadamente mi madre para aprovechar el vestidito de tela de los mismísimos ángeles me hizo a ganchillo un precioso cuerpo para el mismo y pude disfrutar de su media gloria todavía un par de fiestas.

Los lacitos, tirabuzones, diademas y cabellos repeinados, regresaron camino del penúltimo sermón.
Abandoné antes con una sonrisa en el rostro y cierta melancolía, alguna niña la percató y me dedicó otra por la felicidad que le producía sentirse admirada quizás la primera vez de un próspero futuro de elogios. Su sonrisa fue la mía una calurosa mañana de junio de 1986.

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