El mar de viñas del Bierzo bajo II
11.06.07 @ 19:34:09. Archivado en Parajes con encanto
Con el cielo encapotado observándonos, bordeamos un palacio perteneciente a los Señores de Canedo (restaurado por un empresario berciano conocido como Prada), que nos mostró la belleza de las construcciones en piedra, arquitectura presente a lo largo de toda la ruta. Las casas bercianas con corredores de madera, los carros de vacas adornando sus jardines o la tranquilidad de los perros que nos recibían son algunas de las señas de identidad de esta comarca.
Situado en uno de los puntos más altos del recorrido, nos encontramos con Campelo, otro de los pueblos que nos dejó la grata satisfacción de pasear entre pinares y respirar aire puro.

Llegados a Arganza, nos ataviamos la gorra, metimos las camisetas en los pantalones y otros arreglos para pasar por la casa de Doña Beatriz de Osorio, amada de Don Álvaro, Señor de Bembibre; pasión que reproduce una de las novelas caballerescas más importantes de toda la literatura castellana escrita por Enrique Gil y Carrasco.
Es menester que les recuerde que para reponernos de esta sin par andanza, nos aguardaba un cuarto avituallamiento… ¡Y por la orden del Temple! con la fruta más variada y jugosa del Bierzo: cerezas, ¡cómo no!, manzanas, peras, plátanos (estos eran más bien de Canarias, como debe ser), melones, pavías,…

Pese a la cantidad de alimentos, algún que otro organizador de “Anda Ya!”, muy fiel a su tierra, se decantó más por el barro que otra cosa… ¡Ay! Esas bicis indomables… Llegados al final, kilómetro 29 (32 para algún que otro graciosillo), retornamos al punto de partida, donde el pulpo “a feira” (modalidad con pimiento y aceite) y unos buenos “cachelos” (patatas cocidas) nos esperaban, aparte de una bolsita con unos regalillos de la tierra por si a algunos no les habían convencido por el camino. Una vez en la mesa, unas suculentas raciones de pulpo nos esperaban; acababas éstas, otras, y luego otras, y todo sin pedirlo, ¡ay, que tierra más rica la mía!

Mención especial para el vecino de Villabuena conocido como “El Carujo”, que a sus 84 años recibió un emocionadísimo aplauso de los allí presentes por completar la ruta después de haber recorrido previamente los cinco kilómetros que separan a su pueblo de Cacabelos, ¡soberbio!
Todo salió “a pedir de boca”, motivo por el cual sugeriría a quien correspondiese, que la siguiente edición bien podría denominarse “La Ruta del papeo”. Gracias por tan maravillosa idea.
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Rosana Fuentes
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