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Hemos comido y bebido con él

Permalink 27.03.08 @ 14:41:03. Archivado en Nueva Evangelización

Leo en el blog del P. Masiá sus opiniones sobre la resurrección de Cristo y, para ser sincero, no reconozco en ellas mi fe ni la fe de la Iglesia. Todo su afán es afirmar que las apariciones del Resucitado son una experiencia interna de los discípulos, que Cristo no se les aparecía, sino que por la fe veían que siempre estaba presente entre ellos. Por lo tanto, tampoco tendría sentido hablar de que resucitó al tercer día, ya que, en cuanto murió, ya estaba presente espiritualmente dentro de ellos.

Lo más curioso, a mi juicio, es que la totalidad del Nuevo Testamento está dirigida a defender justamente lo contrario de lo que él defiende. Es igual de sorprendente que si intentase hacer malabarismos para explicar que Cristo no predicó el amor a los demás o que sólo hablaba de Dios Padre como una metáfora de la esencia impersonal del universo.

El evangelio y las cartas de San Juan se escribieron con la evidente finalidad de refutar las tendencias gnósticas que ya se habían introducido entre algunos cristianos y que negaban la corporalidad de la resurrección. Constantemente están haciendo referencias a que el Resucitado tenía un cuerpo, glorificado y transformado, pero real. Una carne llena de gloria y de vida por obra del Espíritu Santo. Resulta difícil pensar en algo más corporal que las llagas de las manos y los pies que Cristo enseña a sus discípulos. También San Lucas refiere este detalle: Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo.

Otro punto que relata San Juan en este sentido es el de la posibilidad de tocar a Cristo. María Magdalena se abraza a él, en el huerto. Él mismo anima a que los apóstoles le toquen, para que se convenzan de que no es un fantasma: Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. También el evangelio de San Lucas cuenta algo similar: Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Finalmente, ambos evangelistas nos refieren algo que nunca nadie habría soñado en inventarse de no ser cierto: Cristo resucitado come ante ellos. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: "¿Tenéis aquí algo de comer?" Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Los evangelios se esfuerzan, además, en subrayar el hecho de que el sepulcro estaba realmente vacío, a pesar de los guardias colocados ante él. Realmente vacío, no como una metáfora, ya que hasta se nos habla de cómo quedó el sudario y las vendas. ¿Qué relación podía tener el sepulcro vacío con una presencia interior y puramente espiritual de Cristo en los corazones y en la fe de sus discípulos? De hecho, el propio Juan afirma que su fe en la Resurrección de Cristo comienza cuando ve el sepulcro vacío, como una señal física y evidente ante sus ojos.

Los apóstoles, en su predicación, se presentan, con una audacia sobrecogedora, como los testigos de Cristo resucitado, que se les apareció corporalmente. Así es como se definen, por ejemplo, en el Libro de los Hechos, escrito por San Lucas, nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección, recogiendo así en la predicación el hecho relatado por los evangelios.

San Pablo, por su parte, nos transmite el kerigma, el anuncio cristiano primitivo sobre el núcleo de la fe. Lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Es evidente que San Pablo considera que Cristo se aparece realmente. Entre otras cosas, porque habla de ocasiones concretas. Si simplemente se tratase de reconocer por la fe que Cristo estaba presente, habría dicho cosas como “el siempre está con nosotros” (lo cual es cierto también, en otro sentido), pero no hablaría de momentos específicos en los que Cristo se hizo presente.

Quizá lo más claro es que si los discípulos simplemente hubieran afirmado que Jesucristo estaba con Dios y que ellos sentían su presencia espiritual, nadie lo habría discutido ni les habrían perseguido. La inmortalidad del alma o del espíritu humano era una creencia habitual para el mundo helénico En Atenas, los griegos del areópago escucharon muy interesados a San Pablo, hasta que se le ocurrió hablar de la resurrección de la carne y todos se burlaron de él.

Los Padres de la Iglesia tuvieron incontables disputas por este tema con los gnósticos, estoicos o neoplatónicos de su época. Como afirmaba San Ireneo, Cristo se nos da en un alimento corporal, la Eucaristía, precisamente para que nuestro cuerpo reciba la inmortalidad del cuerpo resucitado de Cristo. San Agustín, en el s. IV, señalaba: En ningún punto la fe cristiana encuentra más oposición que en la resurrección de la carne.

A fin de cuentas, las cosas no son muy diferentes en la actualidad. Hoy en día, a nadie le sorprende que cualquier agnóstico, cuando muere uno de sus seres queridos, diga que “sigue vivo dentro de nosotros”. No es nada escandaloso. Es lo suficientemente vago y sentimentalmente satisfactorio como para que no sea necesario ningún tipo de fe para creerlo.

En cambio, cuando los cristianos afirmamos que creemos en la resurrección corporal de Cristo y en la resurrección de la carne de todos los hombres al final de los tiempos, la reacción del mundo es la misma que en el siglo primero: burla, desprecio, persecución.

En ese sentido, es comprensible la tentación de quitar el escándalo del cristianismo, quitar la necesidad de la fe, reducir la resurrección corporal de Cristo y de los demás hombres por medio de él a una vaga “presencia espiritual” que no rompa nuestros esquemas. Sin embargo, ese escándalo es, precisamente, el núcleo del mensaje cristiano que nos da la vida y, si los cristianos de hoy tenemos que soportar burlas e incomprensión por anunciarlo al mundo, que así sea.


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