Los siete sabores capitales y el purgatorio
23.05.07 @ 20:33:50. Archivado en Moral

Como hace un calor horrible, me ha parecido una buena idea hablar de helados, para refrescar un poco el ambiente. Quizás recuerden los lectores que, hace tres o cuatro años, se lanzó una campaña de promoción de los helados Mágnum basada en los pecados capitales.
Avaricia: Cobertura de chocolate con leche, barquillo, amaretto y avellanas.
Envidia: Pistacho en el interior y cobertura de chocolate.
Gula: Chocolate, chocolate y más chocolate.
Lujuria: Sabor vainilla y la cobertura de fresa.
Pereza: Cobertura de chocolate con cacahuetes y el interior sabor vainilla.
Soberbia: Vainilla con champán, cobertura de chocolate blanco y bolitas de azúcar.
Ira: Frutas del bosque con cobertura de chocolate negro.
Esta campaña me causó cierta impresión. Si bien los helados eran deliciosos, a mí en particular me resultaba desagradable comer algo llamado “avaricia” o “lujuria”. Sin embargo, la campaña buscaba y supongo que conseguía atraer a los consumidores. Este hecho me pareció muy revelador del concepto que tiene la gente de lo que es el pecado.
Creo que, en general, la gente tiene hoy la idea de que el pecado es algo prohibido, pero muy bueno. Como se dice a veces, “todo lo bueno es pecado, es ilegal o engorda” o “está tan bueno que tiene que ser pecado”. Parece, pues, que cualquier pecado es algo que no debemos hacer, pero que nos gustaría mucho si lo hiciéramos. El que una acción sea pecado parece tener únicamente que ver con algo externo: el hecho de que Dios (o la Iglesia) lo hayan prohibido, de manera más o menos arbitraria. En definitiva, los mandatos de Dios y de la Iglesia no son más que una imposición, una carga que no nos permite ser felices haciendo lo que nos apetece.
A mi juicio, esto es una clara expresión del grado en que se ha descristianizado nuestra sociedad. No sólo se ha perdido el sentido del pecado, sino que ya ni siquiera se entiende lo que es un pecado.
El pecado NO es algo bueno pero prohibido por Dios. Si esto no queda claro, la evangelización es imposible. Si los pecados fueran algo provechoso y bueno pero prohibido arbitrariamente por la voluntad divina, ¿quién iba a querer ser salvado de sus pecados?
Los pecados destruyen al hombre. Tienen una apariencia de bien o de placer, pero, en realidad, dañan profundamente al que los comete y a los que están a su alrededor. Por eso nos pide Dios que nos apartemos del pecado. Dios no necesita nada de nosotros, ni nuestros pecados le quitan nada. Quien tira piedras contra Dios termina recibiéndolas todas en su propia coronilla. Los mandamientos, la moral, el sermón del monte, el evangelio entero son indicaciones de dónde está nuestra felicidad, nuestra vida verdadera. Precisamente porque los hombres de hoy ya no conocen esta vida verdadera, tampoco entienden el pecado, que es su negación.
En este sentido, resulta comprensible que nuestra sociedad considere que la Iglesia no hace más que prohibir y condenar. A menudo se dice, por ejemplo, que la Iglesia no permite casarse de nuevo a los divorciados porque es dura de corazón. ¡No es así! La Iglesia no hace más que mostrar la voluntad de Dios, que no quiere que nos privemos de lo que regala en el sacramento del Matrimonio: la posibilidad de amar a alguien hasta la muerte, suceda lo que suceda y haga lo que haga esa otra persona. Dios nos concede gratuitamente a los esposos la fuerza para servirnos mutuamente, sin esperar nada a cambio, para recibir de Dios los hijos y dar la vida por ellos. El divorciado que quiere volverse a casar piensa que Dios se ha equivocado con él, que no le ha dado la mujer que le convenía, que él sabe mejor que Dios lo que le conviene y lo que puede hacerle feliz. La Iglesia, sin rechazar a nadie, tiene la obligación de decirle que no es ése el camino que lleva a la vida.
Dios regala vida y felicidad que pueden saciar el hambre infinita de los hombres y nosotros preferimos migajas que nos dejan aún más hambrientos. Vendemos nuestra primogenitura por un plato de lentejas y, encima, reprochamos a Dios y a la Iglesia que nos lo hagan ver.
Mi padre me contó el otro día un sueño que había tenido la noche pasada. Soñó que estaba en el purgatorio y, allí, revivía el día que acababa de terminar. La tarde anterior había estado un rato con unas señoras y, quizás, se había mostrado un poco impaciente con ellas. Sin duda un pecado venial donde los haya, del que fácilmente se habría olvidado en otra ocasión. Sin embargo, en el purgatorio, la conciencia lúcida y simultánea de no haber hecho la voluntad de Dios y no haberse comportado con el prójimo como si fuera Jesucristo resultaba asfixiante e insoportable. El poder ver sus propios pecados como en realidad eran constituía la más severa penitencia que se pueda imaginar.
Por supuesto, sólo era un sueño, pero me pareció una expresión muy acertada de lo que son el purgatorio y, de forma definitiva y sin esperanza, el infierno. Tanto en uno como en el otro, se nos harán presentes y sin posibilidad de autoengaño los pecados cometidos durante la vida. Dios no condena a nadie al infierno, sino que, por respeto a nuestra libertad, acepta que podamos pecar y sufrir las consecuencias de nuestros pecados.
Nuestros pecados son, en realidad, algo horrible que nos cierra a la vida, nos destruye y destruye a los demás. Por eso el Hijo de Dios entregó su propia vida para sacarnos de ellos. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, patrono de los sacerdotes y uno de esos santos excepcionales más admirables que imitables, pidió una vez a Dios que le mostrara sus pecados como eran en realidad. Dios se lo concedió y cuenta el Cura de Ars que cayó en una terrible desesperación hasta que Dios le sacó de ella. ¿Cómo lo hizo? Mostrándole también cuánto le amaba, a pesar de esos pecados.
Dios, que es el único que conoce verdaderamente nuestros pecados y al que no podemos engañar, es también el único que nos quiere como somos. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.
Comentarios:
La libertad es hacer lo que uno quiere: vivir o no vivir y responsabilizarse de la decisión.
La broma de los helados puede apuntar a una intuición de cómo aliviar el miedo al infierno y aprovechar la dicha de la vida.
Los pensaamientos de Dios no son como nuestros pensamientos y lo que para nosotros es imposuble es posible para Dios.
Temo que los cristianos tengamos bastante culpa de que la virtud se considere algo aburrido y moralista.
¿No fue San Francisco de Sales quien dijo eso de que un santo triste es un triste santo?
La pereza tampoco está mal.
Por cierto, "ira" es el que me parece más apetitoso.
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