No querría caer en la dialéctica a la manera de lo que Nicolás de Cusa narra en la “Docta ignorancia”, cuando un teólogo y un ateo, después de estar demostrando cada uno sus puntos y razones para afirmar o negar a Dios, ninguno convenció al otro.
A poco que se escuchen los discursos ideológicos actuales, se puede observar cómo unos dicen: “Dios no existe”. Otros viven como si Dios no existiera, o afirman que aunque exista, no se ocupa del mundo. Los hay resentidos, escépticos, indiferentes. El universo tiene su autonomía. El ser humano posee su libertad, y desde estos principios, cabe plantear la historia y la sociedad de manera emancipada de Dios. Hay muchos que son ateos prácticos, otros se confiesan agnósticos frente a la realidad trascendente y sobre Dios.
LA SANTIDAD ES UN BIEN SOCIAL
En el libro del Génesis, se lee el diálogo que el patriarca Abraham mantuvo con Dios sobre la ciudad de Sodoma. Si hubiera encontrado diez justos, Sodoma no habría sido destruida. En el libro del Apocalipsis se afirma: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios» (Ap 7, 3). La representación de este mundo se mantiene en consideración a los elegidos.
LA SANTIDAD ES LA IDENTIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS
Según la carta del Apóstol San Juan, “somos hijos de Dios”. De esta declaración se deduce que llevamos en nuestra naturaleza la identidad de nuestro origen. El ser humano ha sido hecho a imagen de Dios. La vida es participación en el hálito divino. El imperativo es lógico: “Seamos santos, porque Dios es santo”.
Vivimos en una sociedad compleja, con grandes posibilidades y a la vez con grandes contradicciones. En un contexto caracterizado por la necesidad de superar una crisis que está afectando, hasta el tuétano, a muchas personas con nombres y apellidos.
En ese contexto sobran argumentos tanto para quienes quieran hacer una lectura pesimista de la realidad como para los que están convencidos de que hay un horizonte esperanzador. Lo que algunos interpretan como crisis de civilización otros lo ven como un nuevo orden mundial.
La santidad es vocación de todo cristiano. Todos estamos llamados a la santidad. “Sed santos, porque Dios es santo”, dice la Escritura. La santidad es un don al que muchos han sido fieles, y no sólo en tiempos antiguos; también entre nosotros hay quien hace de su vida un proyecto evangélico.
La santidad es un testimonio permanente y vivo a través de la historia. Los santos no son seres que pertenecen a las leyendas, están entre nosotros, en las diversas formas de vida cristiana. Con frecuencia nos llegan noticias de martirios, de quienes sufren por causa de la fe. En esta época sigue habiendo personas que lo dejan todo y marchan al desierto contemplativo de los claustros, o que optan por la entrega de sus dones por amor a los demás, o hacen de su existencia una ofrenda agradable como obsequio al Dios absoluto, testimonio de amor a Cristo, entrega total y delicada en servicio a la humanidad.
En tiempos pasados, la pedagogía del esfuerzo, las metas emblemáticas que se debían alcanzar, los modelos heroicos propuestos como ejemplo, la disciplina férrea y voluntarista forjaron el carácter de muchas personas, que gracias al empuje, al sacrificio y al trabajo han llegado a obtener cotas de éxito profesional. Otras, ante la experiencia de debilidad o de impotencia, se quedaron en los márgenes del camino, sufriendo a veces el juicio inmisericorde de los más aventajados. En ambos casos es posible que se llegue al agotamiento, tanto para los que exhiben su protagonismo vanidoso por haber alcanzado el éxito, como para los que muestran resentimiento al sentirse fracasados.
Ante los efectos del ascetismo por empeño, con frecuencia, en el presente, por el deseo de ayudar a las personas que se acercan sobrecargadas y heridas, se recurre a la liberación posible apelando a los atenuantes psicológicos. En este caso, se intenta la reconciliación de la persona consigo misma, desde la propia aceptación de su historia, de todos los componentes de su carácter, tendencias, sentimientos, elevando a categoría de normalidad cuanto a veces experimenta como doloroso y humillante, que en ocasiones puede producir reacciones obsesivas, tristeza, desesperanza, depresión… Es, sin duda, un intento noble y una ayuda muy útil sugerir la comprensión de la propia personalidad desde el plano de la naturaleza. Sin embargo, se corre el riesgo de producir una postura subjetiva que procura la autojustificación y da lugar a la permisividad intrascendente y así, la persona intenta convivir consigo misma de manera más o menos pacífica, sin apelar al posible combate regenerador.
En estos primeros meses del curso coinciden con el tiempo de sementera, tiempo de generosidad. “El labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia” (Sant 5, 7). Es hora de esperanza.
La esperanza acompaña en las horas más recias, sosiega frente al descontrol de la mente en momentos en que imagina hipótesis oscuras, tranquiliza ante sucesos que parecen irremediables.
Venid, salgamos del campamento, de nuestras endogamias ensimismadas, de nuestras introversiones pesimistas, de nuestro activismo idolátrico, de todo lo que nos parece imprescindible. Dejemos de mitificar nuestras obras, salgamos de nuestra comunicación intrascendente, abandonemos nuestras palabras vacías, desistamos de ideologías excluyentes. Salgamos a la tienda del encuentro, al recinto de la comunicación teologal, al lugar donde Dios ha prometido descender y dialogar con nosotros, donde podamos descansar de nuestros afanes pretenciosos, de nuestra inercia desesperanzada.
Venid, subamos a lo alto del monte del Señor, para entablar relación con Él. Sabemos que Dios quiere encontrarse con nosotros. Él ha decidido invitarnos a su amistad. Por su Palabra sabemos que está dispuesto a desvelarnos su nombre, su identidad esencial, su voluntad liberadora.
¿Quién tiene dioses tan cercanos como lo está el Señor de nosotros? Descalcémonos, rindamos la mente, alertemos a los cinco sentidos, estemos atentos, despiertos, vigilantes, seamos austeros. Sigamos la moción consoladora, la que más paz da al corazón.
Venid, salgamos del campamento, de nuestras endogamias ensimismadas, de nuestras introversiones pesimistas, de nuestro activismo idolátrico, de todo lo que nos parece imprescindible. Dejemos de mitificar nuestras obras, salgamos de nuestra comunicación intranscendente, abandonemos nuestras palabras vacías. Salgamos a la tienda del encuentro, al recinto de la comunicación teologal, al lugar donde Dios ha prometido descender y dialogar con nosotros, donde podamos descansar de nuestros afanes pretenciosos, de nuestra inercia desesperanzada.
Venid, subamos al monte del Señor, para entablar relación con Él. Sabemos que Dios quiere encontrarse con nosotros. Él ha decidido invitarnos a su amistad. Por su Palabra sabemos que está dispuesto a desvelarnos su nombre, su identidad esencial.
Un refrán castellano asegura que el rostro es el espejo del alma. Cada rostro es reflejo de la mirada de otro rostro. En la mirada llevamos los ojos que nos miran. Somos, en parte, manifestación de nuestras relaciones.
Hay rostros que reflejan violencia, maldad, ira, tristeza, desesperanza, angustia. Hay otros que, por el contrario, emiten luz, sonrisa, transparencia, sinceridad…
Cuando los trabajos de cada día nos envuelven en un torbellino de actividad estresante, la proximidad de las vacaciones nos ofrece la posibilidad de elevar la vista por encima de tareas y programaciones a corto plazo y reflexionar sobre el sentido de lo que hacemos y la eficacia de nuestra acción educativa y evangelizadora en la escuela.
No es extraño escuchar a algunos responsables eclesiales lamentarse de la poca eficacia de la acción pastoral en la escuela. Se quejan de que, tras una larga estancia de muchos de los alumnos en nuestras escuelas católicas, no salgan mayoritariamente convertidos en buenos cristianos. Aunque la afirmación denota un desconocimiento notable de la realidad de la escuela católica y de los alumnos que acceden a la misma, nunca está de más preguntarse por la acción evangelizadora de la escuela y por los resultados que la actual forma de enfocarla está alcanzando. Y es que la evangelización en la escuela es una reflexión siempre necesaria.
En el Verbo Encarnado se nos ha dado la Palabra. A través de Jesús, el Hijo de Dios, se nos posibilita relacionarnos con Él de una manera familiar. La invitación es a la mayor intimidad, como el Verbo está en Dios, como el discípulo amado está en el Maestro, como Jesús desea estar con sus amigos. Sin embargo, no siempre sentimos suficiente confianza para esta relación; a veces sufrimos circunstancias que nos obligan a expresarnos de manera más desgarrada y menesterosa.
¿Cómo saber si nuestra oración es adecuada, si no caemos en un pietismo falso, en un deseo injusto o en un intento de manipular la voluntad divina? ¿Cómo saber si en la oración es mejor hablar o callar, si debemos suplicar o bendecir? ¿Cómo librarse de la tentación de inutilidad cuando no se siente nada, o de subjetivismo, cuando se gusta el consuelo afectivo en la estancia orante?
Meditar significa rumiar, paladear, tener en los labios, mascullar o gemir. Meditar la Palabra de Dios es mantenerla en la memoria, hacerla respiración y ritmo de la andadura en el camino.
El que cree y ama medita la Palabra, escucha con el corazón y da fe a lo que dicen las Escrituras. La madre no se olvida de su hijo, hasta que lo ve en su presencia no duerme. Actitud semejante a la de quienes meditan la Palabra día y noche, que no se cansan de traer a la mente las enseñanzas reveladas.
Viernes, 27 de noviembre
Escuelas Católicas
Escuelas Católicas
Vicente Haya
Editorial San Pablo
Sor Gemma Morató
Siro López
Francisco Baena Calvo
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis