Escuelas Católicas

Vivir en el tiempo de Dios

31.12.10 | 09:14. Archivado en Pastoral, Inmaculada Tuset
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Vamos a entrar en un cambio de año y esto puede ser una ocasión de reflexionar sobre qué significa vivir en el tiempo de Dios. Las personas medimos y dividimos el tiempo. Hablamos del pasado, del presente, del futuro, porque estamos sujetos a las leyes de la naturaleza, al tiempo y al espacio.

Dios, el que existe desde siempre y vive para siempre, no tiene tiempo. Su medida difiere de la nuestra. Pero entra en nuestra realidad y se somete a las leyes naturales, y viene en el tiempo y en el espacio. Pero como no tiene tiempo, sino que lo desborda: el pasado es hoy, el presente es hoy, el futuro es hoy. Y su actuar es con medidas de tiempo diferentes a las nuestras, su mirada va más allá de nuestros tiempos, y su actuar es “en el momento oportuno”. Sus horas, no coinciden a veces con nuestras horas. Por eso nos es necesario entrar y vivir en el tiempo de Dios.

Y nuestro Dios, el Dios de Israel, el Dios de Jesús, es el Dios de la historia, el Dios del tiempo, es el Dios que hace camino con nosotros y quiere que recordemos el camino recorrido. Por eso, conocer el pasado, hacerlo presente, recordarlo es bueno, porque es un “aprendizaje” de lo que Dios ha hecho, con su pueblo, con nosotros. ¿Cómo miramos nuestra historia y nuestro pasado? ¿Nuestra “hora” es la “hora” de Dios?

Pero mirar el pasado no es añorarlo. Mirar atrás no es “agarrar” como si fuese nuestro único bien, como si se tratase de la fuente de nuestra felicidad. Hay una canción del grupo “Brotes de olivo” que dice: “No pretendas nunca agarrar cosas de Dios, pues Jesús tan sólo dijo: Id y predicad; si las agarramos proclamamos nuestro yo, y nuestra misión es tan sólo el sembrar”. Cerrarse a vivir como entonces, querer las mismas fuerzas, las mismas tareas, los mismos esquemas, puede ser muchas veces añorar y agarrar. Dios es cada día nuevo y sorpresivo. Dejemos que nos renueve y que nos sorprenda.

El futuro está cuajado de nuestros sueños, de los deseos que Dios pone en nuestro corazón: deseos de una vida más auténtica, más coherente; deseos de bondad y de perdón que posibilitan familias, grupos y comunidades fraternas, cariñosas, alegres. Deseos de anunciar a Jesús y su Evangelio con sencillez y valentía, con la palabra y la vida.

Os invito a preguntarnos: ¿Miramos el futuro con positividad o con temor? ¿Descubrimos las posibilidades que encierra nuestra época, o sólo nos preocupa lo que percibimos como opacidad, inhumanidad, minoración de los valores cristianos? ¿Nos preocupa nuestra continuidad, el número, el prestigio? ¿Cuáles son nuestros deseos íntimos para el futuro? ¿Van en la línea del sueño de Dios? ¿Qué desafíos nos presenta el futuro?

Hemos mirado el pasado, que ya no es, y el futuro, que todavía no es, y en nuestras manos sólo está el HOY. Contemplémoslo.

Hoy es tiempo de gracia. Hoy es día de salvación. “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. ¿Cómo vivir el hoy? Con esperanza, con apertura, con paciencia, con esfuerzo y docilidad, con gozo.

Un hoy esperanzado, porque nuestra esperanza se apoya en el Señor, en su amor constante y creador. Porque Él cumple sus promesas. Porque nada hay que escape de su mano. Porque es providente y acude en nuestra ayuda en el momento oportuno.
Un hoy abierto a los cambios de nuestra cultura y de nuestro mundo, de modo que sean acogidos y discernidos para dar respuesta a los interrogantes y a los anhelos de las generaciones jóvenes. Que nada de lo humano de nuestro hoy nos sea ajeno.

Un hoy abierto a la fraternidad y al espíritu misionero. Capaz de relacionarse con las diversas razas, modos de vida, religiones. Abierto a la tolerancia y a la colaboración.

Un hoy paciente. Que vive al ritmo de Dios y de la vida, que serenamente está presente a cada minuto a cada acontecer. Que destierra las prisas compulsivas, que cuenta con el paso del tiempo para el desarrollo personal y grupal. Que acepta las lentitudes de la edad y comprende cariñosamente la debilidad y las pérdidas. Que nada exige y todo lo soporta.

Un hoy esforzado, perseverante. Que sale de sí y se deja hacer. El esfuerzo no es el de “los puños”, la voluntariedad, el mantenimiento de la imagen, sino el del olvido propio y la docilidad a la acción del Señor. Para que Dios siga haciendo sonar su melodía armónica en nosotros/as. Dejémonos “afinar” por el Señor. Seguro que saldrá una melodía de amor, compasión, cercanía a los más pequeños y desfavorecidos, como salía de la persona de Jesús, de la vida de María y de la persona de los que fueron fieles a la voz de Dios.

Sintámonos instrumento de Dios, no de modo pasivo, pero sí dócil. Podemos elegir cada uno/a el que más nos guste. Yo os propongo el piano. No importa que nuestro “piano” tenga las teclas, blancas y negras, desconchadas; o la madera de su tapa rayada, por el paso de la vida y del tiempo; que los pedales no estén brillantes como el primer día. Importa que esté afinado. ¿Cuál será la tarea del Dios afinador en el “piano” de nuestro ser para poder tocar, en nosotro/as, la melodía de su amor?

Que durante nuestro HOY del año 2011 resuene gozosamente la melodía de Dios, “marcando bien los tiempos”.

Inmaculada Tuset
Presidenta de Escuelas Católicas


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