Durante el tiempo de Adviento, en una conversación con amigos salió el tema de la Navidad. Cuál fue mi sorpresa al conocer que a varios de ellos no les gustan estas fiestas e incluso algunos las detestan. Los motivos aducidos fueron diversos, desde la queja de que las navidades se han convertido en una manifestación salvaje de materialismo, hasta huir de ellas porque en estos días se echa en falta, con mayor crudeza que nunca, la ausencia de seres queridos, pasando por la carga de sensiblería que envuelve las navidades.
Tengo que reconocer que no me llamó la atención el que algunos pensaran así, pero sí el porcentaje tan alto de los que, de una u otra forman, no desean la Navidad. Hasta tal punto me impactó que desde entonces, en varias ocasiones, me ha venido el eco de aquella conversación formando parte de mi reflexión.
Lo más fácil es decir con ligereza que esas personas -como otras muchas- no viven la auténtica Navidad porque no son cristianos convencidos. Con independencia de la dosis de razón que pueda tener la anterior afirmación, en la que no seré yo quien haga un juicio de valor por la complejidad del tema, tendremos que reconocer que en la Iglesia estamos acostumbrados a “echar balones fuera”. Raramente nos implicamos y nos cuestionamos, teniendo la gran habilidad de poner en duda siempre a los “otros”.
Sin embargo, tengo la sensación de que los mayores responsables de que no se viva la Navidad con verdadero sentido somos bastantes de los que nos consideramos dentro de la ortodoxia católica. No se trata de un acto de culpabilidad gratuita, cargando en nuestras dobladas espaldas lo que nos echamos encima, sino un acto de sinceridad, porque ¿qué Navidad vivimos? Cada uno es el que debe desnudarse frente a esa pregunta. No sé si nos esforzamos (ascética de Adviento) en ser prolongación de la Buena Noticia que consiste en que Dios, desde la fragilidad humana, no da, sino que SE NOS DA. ¿Nosotros en Navidad, damos o nos damos? Y ¿cómo nos damos? ¿desde qué fragilidad? Me viene a la mente la lectura de 1 Corintios 1,27 “Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” y del Evangelio de Mateo 11,25 “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla”.
Me pregunto, ¿quiénes son los débiles? ¿quiénes son los pobres? Procuro rehuir de las respuestas sabidas (los niños, los que no tienen para comer, etc.) para aplicarlas a cada uno de nosotros en sus circunstancias. Llego a la conclusión de que débil es el que necesita de otro o de los demás (Dios y comunidad) y pobre es el que no lo tiene y por eso, lo único que puede dar es su persona (darse). De esta manera nos encontramos con los ingredientes básicos de la Navidad: ponerse en manos de Dios, contar con la comunidad y darse a sí mismo.
Quizá el primer trabajo que tengamos que hacer, además de tener necesidad de que Dios nazca en nuestros corazones, es reconocernos pobres y débiles, para desde ahí replantearnos la Navidad. Jesús, siendo Dios se hizo Hombre para salvarnos desde la Humanidad -solidaridad, encarnación- (cf. Juan 1,14).
En estas fechas festivas propongo, a los que tenemos la osadía de, a pesar de nuestros pecados y nuestras debilidades, consideramos cristianos y deseamos vivir la Navidad desde su auténtico sentido, que en grupos afines hagamos el juego del amigo invisible; pero en esta ocasión no se trata de hacer un regalo material, sino presentar varias situaciones a nuestro alcance y personas cercanas que necesitan la Buena Noticia del nacimiento del Niño Dios, desde la clave de darse. Puede que así vivamos la Navidad con mayor satisfacción. A mí me tocará ingeniármelas para ver qué puedo hacer entre mis amigos… y digo yo ¿no será que ellos estén echando en falta el verdadero espíritu de la Navidad? ¿No tendrá que ir por ahí mi compromiso? ¿Jugamos?
Carlos Ruiz
Miembro del Consejo Escolar por EC
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo