Escuelas Católicas

Saharauis, en el corazón del ¿desierto?

26.11.10 | 09:30. Archivado en Cooperación, José Antonio Solórzano
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No tan en el corazón, limitan con el mar. Un mar que les quieren arrebatar, y unas minas que serían su futuro. Hoy prefieren llenar de otras minas su tierra para que cuando caminen despacio y las pisen, salten por los aires. Sería más preciso decir un desierto en su corazón, y en su vida; las vidas de casi 300.000 saharauis que pretenden se conviertan en un desierto, que desaparezcan cuanto antes y dejen de ser un problema.

No conozco a ningún saharaui, pero desde niño me cayeron bien. Me resultaban un misterio. Tengo un amigo marroquí con el que litigo y él tampoco está de acuerdo con el trato inhumano que el mundo, nuestro país y no digamos el suyo, están dando a esta gente del desierto. Y aunque la causa saharaui nos une, no deja de alejarnos la otra causa: la de su país y el mío, que dicen velar ambos por nuestros intereses nacionales. Las disculpas de unos y otros para hacer lo que se está haciendo, deshaciendo, son tan falaces como posibles. Que si hay células de Al Qaeda, que si la seguridad nacional, que si… los eternos “quesíes”, que son más bien “quenoes”. Que no, oiga, que no convencen. Ya sé que no es nada fácil. De lo que apenas tengo dudas es de que con el trato que están recibiendo, me parecería lo más lógico que muchos de los más jóvenes que no tienen nada que perder a no ser su vida, por valer tan poco… ¡qué más les da perderla!, se apunten a grupos extremistas. Al tiempo. Y muchos tendrán pasaporte español o con derecho a tenerlo porque sus padres lo tienen. El efecto “boomerang” se acerca. Al tiempo. Les abandonamos a su suerte cual “boomerang” que parecía alejar el problema y ahora, el “boomerang”, arrastrado por los vientos y la arena, nos es devuelto con otra fuerza que no es sino rabia contenida. Al tiempo…

Cierto, de política no entiendo nada; sobre todo cuando ésta es simplemente “el arte de lo posible”; pero sí sé algo del “arte de humanizar” porque este arte sí es posible. Que queramos o no, ya es otro asunto. Y parece que no.

Desde niño, me gustó el desierto, leer sobre el desierto, saber del desierto. Lo último que leí fue “El amigo del desierto” de Pablo D’Ors a quien aún no conozco. Espero que sea pronto. También recomiendo “En el desierto no hay atascos. Un tuareg en la ciudad” de Mousaa Ag Assarid. La entrevista que en La Vanguardia le hicieron el 1 de febrero de 2007, no tiene desperdicio. Leí antaño a Charles de Foucault, y a R. Voillaume y más cosas que no vienen al caso, pero que hacen que silencio y el susurro del desierto me sigan atrayendo. ¡Ah y El Principito, claro, que siendo niño no sé cómo cayó en mis manos y que me descubrió el desierto, ¡fue el contrapunto idóneo a las verdes montañas cántabras que me rodeaban!

Por eso, los saharauis me llegan, me duelen. Y la indiferencia de los que abanderaron sus causas, me duele más aún. ¿Qué puedo hacer yo? Poco; quizá no más que invocar al mismo Dios que en el desierto se manifestó tantas veces. Y procurar que mi amigo marroquí -muy creyente él, de manera inteligente- no cambie; al menos de bando ideológico.

Siempre llevo una libreta a mano para copiar lo que sea copiable. Esta mañana, viniendo en el coche, Juan Ramón Lucas citó a F. Lloyd Wright: “A lo largo de mi vida he tenido que elegir entre ser un altivo honrado o un humilde hipócrita. Siempre elegí lo primero”.

En estas nos andamos, con los saharauis o con cualquier causa honrada donde el sufrimiento humano deja indiferente a tantos.

José Antonio Solórzano
Director del Dpto. de Pastoral


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