Hace casi un año expresaba en este rincón mi temor porque el “parto” (según la RAE: Cosa especial que puede suceder y se espera que sea de importancia) educativo acabara convirtiéndose en el nacimiento de un pequeño ratón. Por desgracia, aquel temor se ha hecho realidad.
Los malos resultados de nuestros estudiantes en los informes PISA encendieron las alarmas. Algo había que hacer y brotó la idea del Pacto educativo. Pero una cosa es acordar una serie de medidas pedagógicas para intentar atajar el fracaso escolar y los malos resultados académicos y otra cosa, muy distinta y de mayor calado, es alcanzar un Pacto Social y Político por la Educación. Esto son palabras mayores. Quizá un traje demasiado grande para el muñeco que inicialmente había que vestir. El contenido de un Pacto Político y Social por la Educación va mucho más allá de las cuestiones estrictas de ordenación académica o de atención al alumnado con más dificultades, y se adentra en asuntos en los que existen posiciones completamente encontradas: fundamentalmente el significado y alcance de la libertad de enseñanza, y a partir de ahí, régimen de conciertos, admisión de alumnos, la clase de Religión, etc. y temas no menores como las transferencias de las competencias en educación… cuestiones que no tienen que ver estrictamente con el “fracaso escolar” que se quería abordar, pero que están en el origen de los disensos que actualmente dificultan alcanzar un Pacto.
Creo que vivimos tiempos convulsos, con excesiva polarización. En mi opinión la sociedad no estaba madura para alcanzar un pacto de esas dimensiones, más allá del mero deseo de lograrlo, porque las posiciones son excesivamente distantes. Por poner un ejemplo. El sindicato Comisiones Obreras descartó el documento final de pacto al considerar que favorecía y fortalecía la enseñanza privada en detrimento de la escuela pública. La CEAPA se ha manifestado también en términos similares. De las 146 medidas contenidas en el texto del pacto había 4 (de la 81 a la 84) dedicadas expresamente a los centros concertados, para decir lo que ya se indica en la LOE, que fue aprobada con el voto favorable de la izquierda parlamentaria. ¿Cómo es posible esa reacción? Pues porque buena parte de la izquierda sigue en el discurso de la “escuela pública, única y laica”, al margen de la Constitución y al margen de la propia LOE, que afirma la complementariedad de redes. De ahí que para ese discurso, la mera mención de la existencia de la enseñanza concertada sea motivo para no pactar.
¿Qué pacto es posible con quién defiende o promueve tu desaparición? Porque si el pacto sería el punto intermedio entre dos posiciones distantes, a lo más que podría aspirar la enseñanza concertada es que sólo nos cortaran las piernas y los brazos, dicho sea esto, por supuesto, de forma metafórica. Y así, francamente, es muy difícil un Pacto Político y Social.
No obstante, más allá de declaraciones puntuales, parece evidente que existe un camino recorrido y que puede ser un punto de partida para seguir avanzando. Esa es también la intención del Ministerio. De momento el “parto” ha sido aparentemente el de un ratón. Quizá no se podía esperar más, pero puede que sea el inicio de algo de importancia, que mejore de forma efectiva la educación. Tiempo al tiempo.
José Antonio Poveda González
Abogado de Escuelas Católicas
Martes, 29 de mayo
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