Jesús nos enseña en los Evangelios que no llamemos a nadie “padre”, pues sólo Dios es nuestro Padre, ni llamemos a nadie “maestro”, ya que sólo hay un Maestro: Cristo. Sin embargo, el mismo Jesús ha llamado a algunos para que sean mediación de su enseñanza, y a éstos, en la historia de la Iglesia, se les ha dado el título de maestro; así se llamaba a los que ayudaban o iniciaban a otros en el camino de la fe, eran los maestros y padres espirituales. La misma Santa Teresa llama “Maestro Ávila” a Juan de Ávila, a quien tenía una gran estima, y a quien consultó sobre el libro de “Vida”.
Con frecuencia, el nombre de maestro se da a los grandes artistas, a quienes ofrecen con gran destreza y virtuosismo la expresión musical de un instrumento, o enseñan magistralmente alguna materia.
Durante los últimos tiempos se ha sufrido mucho en la relación entre alumnos y maestros, y aún sigue siendo una relación difícil en las escuelas e institutos, hasta en la misma universidad.
Si hay un principio pedagógico que afirma que al maestro lo hace el discípulo, y al discípulo lo hace el maestro, nos encontramos que, cuando la relación es violenta, se interrumpe la interacción dinamizadora. Porque el maestro es en parte respuesta a la pregunta que le hacen. Aunque el buen maestro sabe suscitar la pregunta en el discípulo
Tiempos recios, diría Santa Teresa. Quizá siga siendo verdad, sobre todo en algunas materias, lo que afirmaba Pablo VI: “Hoy se escucha más a los testigos que a los maestros, y a éstos, en cuanto testigos”. El argumento de autoridad es necesario, pero no es suficiente.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo