La terrible desgracia sufrida por el pueblo de Haití ha desequilibrado y conmovido a las naciones. Es gratificante comprobar en momentos de grandes catástrofes la solidaridad de los estados, la generosidad de las instituciones en favor de los más débiles de la tierra.
El terremoto de Haití no sólo ha removido sensiblemente los edificios, sino que ha sido un detonante para las conciencias y un desestabilizador de la inercia y también de los posibles egoísmos.
Si son verdad tantos hechos magnánimos por las víctimas del terremoto, uno se pregunta si tienen que suceder las catástrofes para conmover el corazón y moverlo a generosidad.
Sin quitar mérito a la prontitud solidaria en diferentes bienes de equipo, alimentos, y fondos económicos, al mismo tiempo que las actuaciones públicas, oficiales contabilizadas por las diferentes organizaciones, se han sucedido gestos anónimos, discretos, personales, que como el de la viuda del Evangelio, para muchos han supuesto dar de lo que necesitaban.
Haití ha conmovido al mundo, pero cada día, en la proximidad de nuestras ciudades, hay personas necesitadas, y hay atención familiar, que sin ruido, se solidarizan con los más necesitados.
Me han contado cómo una mujer trabajadora, madre de cuatro hijos, cocinera en un colegio, ha prohijado a un muchacho de color a quien le paga los estudios, y además ha debido enviar su paga extra de Navidad a la familia del joven para que puedan operar a su padre. No será noticia su gesto, pero estoy seguro que el mundo sigue soportando tantos terremotos gracias a la bondad del corazón humano.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Sábado, 18 de febrero
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