Pocas veces se tiene la oportunidad de conocer lo que sucede en el interior de los centros de educación especial, sea porque no hay una relación con los residentes, sea por pudor.
He tenido el privilegio de vivir unos días dentro de uno de los centros de protección de menores, donde residen 14 niños y niñas de edades diferentes, entre los cuatro meses y los trece años.
El más pequeño era cuidado por las religiosas Hijas de María Madre de la Iglesia; la cuna estaba permanentemente a la vista de las hermanas. En la sala de comunidad, en la capilla, en el comedor, allá donde tuviera que estar la comunidad, allí estaba el pequeño, siempre atendido, mirado, acariciado. Era un niño al que no podía mantener su madre y que además tenía otro hermanito en el mismo centro.
Algo que habían observado preocupaba a las madres: por más que le hacían cariños, ni reía ni lloraba el pequeño. Sólo hacía unos gemidos extraños. Los demás, atendidos por personal especializado, seguían un horario semejante al que se tiene en cualquier hogar. Las religiosas me dijeron que la ciudad estaba volcada en favor de aquellos niños internos. Lo más dramático eran las historias que tenían cada uno de ellos.
Son muchas las preguntas que surgen cuando se conoce de cerca la marginalidad, pero a su vez, es mucho el amor que de manera discreta se da en tantos recintos donde se acoge a los heridos de nuestra sociedad.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Viernes, 17 de febrero
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