Frecuentemente, cuando amamos y hacemos el bien resuena en nuestra conciencia, como efecto inmediato, la alegría, y cabe que sintamos algún protagonismo por razón de nuestra posible generosidad.
Un refrán clásico asegura que “nadie da lo que no tiene”. El amor y el bien que hemos podido dar o hacer, lo hemos recibido antes. El texto sagrado afirma: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios” (1 Jn 4, 7). El amor primero no es el nuestro, el amor es de Dios, el amor es Dios. “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó” (1 Jn 4, 10).
En verdad, cuando amamos dejamos pasar a través de nosotros el amor divino que recibimos y nos habita. Ignorar la fuente y el origen del amor puede mover a reacciones presuntuosas, y hasta a sentimientos reivindicativos, cuando si tenemos capacidad de amar y si amamos, es por el don permanente del que somos beneficiarios. Si Dios nos ha amado, entregando a su propio Hijo en favor nuestro, “también nosotros deberemos amarnos unos a otros de la misma manera” (1 Jn 4, 11).
El amor mutuo nos permite, además, conocer la presencia de Dios en nosotros. Pues nadie ha visto a Dios. “Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Al igual que “quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios” (1 Jn 4, 15). Nuestra verdadera afirmación personal no debiera estar en lo que hacemos, sino en lo que, por gracia, somos. “Como Él es, así somos nosotros” (1 Jn 4, 17). Afirmación, que de no encontrarla en las Escrituras, nos escandalizaría, pero que gracias a ella somos liberados de recaer en el temor. “El amor perfecto expulsa el temor”. “No hay temor en el amor”. Si acaso nos acecha el temor, es que no hemos llegado a la plenitud en el amor.
Desde estas declaraciones, no deberíamos buscar otra realización humana por afán protagonista. La manifestación de los efectos de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra naturaleza la podemos celebrar en nosotros mismos, cuando amamos. Por el amor se manifiesta en nosotros que hemos sido divinizados.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
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Asoc. Humanismo sin Credos
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