Escuelas Católicas

Agradecimiento a Manuel de Castro. Juan Velarde

09.01.10 | 09:05. Archivado en Institucional
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UN HOMENAJE OBLIGADO A MANUEL DE CASTRO

Por haber permanecido yo a lo largo de todo el periodo que Manuel de Castro ha tenido la alta responsabilidad de ESCUELAS CATOLICAS, al frente del Foro para la Libertad y Calidad de la Enseñanza, he tratado muchísimo a Manuel de Castro. Me encontré con que reunía cuatro virtudes nada fáciles.

La primera, que respetaba, por encima de todo, el trabajo intelectual. Además le apetecía participar en él, como me demostró con su presencia, sin faltar en ninguna ocasión, en todas las reuniones del citado Foro. Esta labor siempre ofrece aspectos críticos, base para debates, exigencia de rigor. Los practicados en ese FORO, dedicados a temas pedagógicos importantes y muy diversos, deben parte de su alta calidad científica a advertencias, sugerencias, o discusiones de Manuel de Castro.

La segunda, su gran capacidad de trabajo. Cuando, por un azar, nos enteramos en esas sesiones del FORO, de todo lo que, aquel mismo día, había hecho Manuel de Castro, y lo que aun iba a acometer, cundía la admiración.

La tercera, su sentido de la responsabilidad. Son estos momentos muy difíciles para la enseñanza concertada en centros de la Iglesia. Creo que la base de todo se encuentra en que el Partido Socialista, que ya había abandonado a Marx en uno de sus primeros congresos tras la Transición, y que se vio obligado a abandonar a Keynes como consecuencia del ambiente de crisis que existió en España desde 1973 a 1996, buscó con ansia otra base doctrinal. La encontró en una mezcla de anticlericalismo, pacifismo y ecologismo. De algún modo, en cuanto a la primera de sus posturas, se asemeja al partido radical francés de hace por estos años un siglo. Por supuesto que todo eso está trasnochado, pero da la impresión de que se intenta convertirlo en un auténtico opio del pueblo. Choca por eso, desde luego, la eficacia notable de los colegios regentados por religiosos, y por ello explícitamente católicos, que se une a su aceptable situación económica como consecuencia de una administración muy estricta y, naturalmente, también de la propia generosidad de los religiosos dedicados a estas tareas. La tarea de defender su existencia, a través de los llamados centros concertados, por cierto, básica para la cultura española, resulta casi ardua. No se puede tolerar la oleada anticlerical, pero tampoco es posible un enfrentamiento radical con la Administración central y con bastantes de las autonomías y entidades municipales. En ese difícil equilibrio, la labor de Manuel de Castro ha sido, sencillamente, ejemplar. Soy testigo de cómo altos funcionarios con responsabilidad ligada a la política del Ministerio de Educación, aceptaban sus opiniones, acudían a sus ámbitos de trabajo, se veían coartados para criticar sus decisiones. Pero, al mismo tiempo cómo, con una actitud a la par serena, fría y firme, rechazaba Manuel de Castro de plano cualquier intento de vulnerar los derechos de la Iglesia, la libertad de los padres que deseaban un fundamento cristiano para la instrucción de sus hijos, o que se coaccionasen las convicciones religiosas del profesorado. Gracias a ello logró ventajas notables para no sólo afianzar la escuela católica entre nosotros, sino para que se convirtiese en una colosal roca ya imposible de mover.

La cuarta era su sencillez y cordialidad. Nada engolado, casi daba la impresión de que intentaba que se olvidase que tenía un muy alto papel en la sociedad española y, por supuesto, en ESCUELAS CATÓLICAS. Y esto se ligaba, puedo hablar por mi mismo, con una generosidad en el trato que resultaba muy agradable, porque se percibía que procedía del corazón.

En conjunto, recogiendo una frase de Pierre Gaxotte en la nueva edición preparada por Jean Tulard de su obra célebre, La Revolution Française, a Manuel de Castro le correspondió enmendar una situación de la enseñanza católica en la que “en caso de obediencia, era la esclavitud, y en caso de rebelión de conciencia, una auténtica realidad bélica”. La superó con creces y, por ello, creo que todo homenaje que se le rinda, es merecido.

Por JUAN VELARDE FUERTES


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