Pisa es una preciosa ciudad italiana famosa por la torre inclinada de su catedral. En ámbitos educativos se cita mucho, y se citará mucho más… esa palabra, pero la referencia nada tiene que ver con esa ciudad. Cuando entre los docentes se habla de PISA nos referimos al programa internacional más completo y riguroso que existe para evaluar el rendimiento de una gran parte de la población escolar mundial. Su nombre es un acrónimo de su denominación en inglés: Programme for International Student Assessment.
Cualquier dato de ese estudio en manos de los políticos, como todo lo educativo, es susceptible de convertirse en una pedrada contra el adversario. En temas educativos, - escribía con pena un ex ministro del ramo-, los partidos están empeñados en mantener el encono, es decir, discutir a cara de perro sin ningún propósito de pactar; por el contrario, se utilizan las posiciones en educación para enardecer a la parroquia respectiva. Y ya se sabe, cuando se pelean los elefantes la que sale perdiendo es la hierba. En educación esto nos pasa.
Los informes PISA se publican cada tres años, y tenemos ya una serie de tres (2000, 2003 y 2006 y el de 2009 en proceso de publicación), por eso, además de una radiografía del momento, permite hacer algo tan útil como sacar conclusiones sobre la evolución de los parámetros investigados.
El estudio explora los niveles de competencia lectora, competencia matemática y competencia científica de los alumnos de 15 años de edad. Además, permite conseguir información muy variada y analizar los resultados relacionando factores académicos, socioeconómicos, familiares e institucionales. Y eso en y con más de 45 países, entre ellos España.
En el último estudio, diez comunidades autónomas pidieron que se tomara una muestra representativa de su población escolar para poder hacer valoraciones y comparaciones fiables de su nivel de formación. Sólo en España la prueba se pasó a más de 20 mil estudiantes de 2º y 3º de ESO, todos con 15 años de edad. Mayor muestra difícilmente.
El estudio pretende ver la capacidad de los alumnos para utilizar sus conocimientos, sus destrezas, indagar cómo lo aprendido les facilita afrontar retos de la vida real. Evidentemente que ello supone formación, pero no se mide ésta como conocimientos adquiridos o memorizados, sino aplicados, lo cual entraña operaciones mentales más complejas.
España en conjunto, sin ser una catástrofe, sale con unos índices más bajos de los que cabría esperar por su grado de desarrollo y de su inversión en educación. Quizá, más preocupante que sus datos tirando a medios, es la constatación de que en tres años no ha habido progresos, se da un estancamiento e incluso un leve descenso en algunos de los indicadores. Notemos que quien no avanza, retrocede.
Digamos también que hay grandes diferencias por autonomías. Se pueden señalar resultados significativamente mejores en las autonomías del norte que en las del sur, y eso sea dicho de aquellas que se atrevieron a “hacerse la foto”, es decir, a realizar la prueba, porque algunas rehusaron.
Sobre la fiabilidad del estudio caben pocas dudas. Mide lo que dice medir. Su prestigio va a más y sus informes serán referencia obligada cuando se hable de sombras y logros educativos. Sin embargo, el informe PISA puede confundirnos, y mucho. Curiosamente no por lo que diga, que nos ayudará, sino por lo que no dice. ¡Ojo, no nos ofusquemos! Más grave será aún si nuestras autoridades educativas y los claustros, preocupados por triunfar en la prueba, se empeñen en inclinar todo nuestro quehacer educativo a tal fin. Bastará con que las pruebas de diagnóstico que prevé la LOE vayan en la misma línea que PISA.
Nuestro error puede ser tomar la parte por el todo. ¿La salud y la validez del sistema educativo del país quedan reflejadas en los resultados de estudios como el de PISA? La respuesta es no.
PISA mide y compara competencias instrumentales, principalmente. No en vano el autor del informe, la OCDE, es un organismo que mira por la economía y con el informe pretende empistar las políticas educativas de los países para que atiendan al desarrollo económico. Sin embargo, los objetivos educativos son, deben ser, mucho más amplios que la economía. Lo dicen las leyes y el sentido común. PISA no mide la competencia social y ciudadana del alumnado, ni se pregunta por la competencia artística, ni explora la autonomía personal, ni ha preguntado por el dominio de una segunda lengua extranjera, ni le interesa la capacidad espiritual… Y eso es parte importante, esencial, también de los objetivos educativos y del sistema educativo en su conjunto. El informe PISA mide y atiende al aprender a hacer, y al aprender a aprender, pero nada nos dice del aprender a ser y del aprender a convivir.
Si vamos a ser evaluados por pruebas al estilo PISA podemos caer en la tentación de hacer menguar las competencias que no se contemplan en ese estudio, y para salir favorecidos en esa imagen, de valor internacional, podemos distorsionar el sistema educativo por elefantiasis de la perspectiva instrumental.
En el informe los datos de España hablan de un sistema educativo integrador. Las puntuaciones que obtenemos las logramos con muchos alumnos situados en la franja media. Sin embargo, hay porcentajes muy escasos de alumnos excelentes, y además tenemos en torno al 20% de alumnos en niveles bajos o muy bajos.
Estos datos nos indican que nuestro sistema educativo es inclusivo, pero debemos centrar nuestros esfuerzos en atender a la diversidad de todos. Empujar a los alumnos más dotados para que lleguen más lejos -a la vez avivando en ellos la compasión comprometida con los últimos- y atender a ese grupo importante de alumnos rezagados. Unos planes de estudio poco exigentes, que se desentienden de los alumnos intelectualmente bien dotados, les desmotivan, les mal-forman, les prestan un mal servicio. Esa atención a la diversidad de todos, y particularmente de los rezagados, debería ser una prioridad. No creo que sea pedir la cuadratura del círculo, aunque en la petición va, entre otras cosas, más dotación presupuestaria.
Al dato de PISA de un 20% de alumnos con niveles bajos o muy bajos, lo remacha el hecho de que un 30% de los alumnos de Secundaria deja la enseñanza obligatoria sin el título de Graduado. Dicho en plata: tres de cada diez alumnos fracasan en su paso por la escuela porque no consiguen unos mínimos de instrucción y habilidades, de madurez, mínimos que, los que estamos en la enseñanza, sabemos que son muy simples. ¡Después de al menos diez, y en casi todos los casos, doce o más años de escolaridad! ¡En términos puramente pecuniarios es un despilfarro de capital humano y económico!
Pero es mucho más. Este es un fracaso personal de cada uno de los alumnos que tienen nombre y rostro, de sus familias, de los profesores… pero también de los políticos y del sistema. El 30% de nuestros adolescentes salen a la vida muy deficientemente equipados, sin formación global, y por tanto con un futuro lleno de amenazas. Su desarrollo personal y su preparación no les permitirá participar plenamente en una sociedad compleja, y que decimos democrática. Van escasos de reciedumbre y humanidad para afrontar el vivir. Tendrán dificultades para integrarse en el mundo laboral y económico, y en el caso de que lo hagan, será con precariedad. Son carne de exclusión, y sus condiciones, potencial raíz de estallidos sociales. Esta es una tragedia nacional de la que se habla poco, y a la que convendría prestarle mucha más atención. Ponerle remedio cuanto antes. Hoy es un asunto escolar, pero mañana será un problema social.
Ese es el problema grave de nuestra educación. El debate educativo en nuestra sociedad está desenfocado. Las discusiones que nos enredan giran en torno a educación concertada o pública, educación para la ciudadanía sí u objeción, enseñanza en castellano o en lengua local, estatus de la clase de religión, crucifijo en las aulas o no… todos esos temas son importantísimos y nos están consumiendo muchas energías. ¡Y ello sólo entre adultos! Desde esa perspectiva aún no se ha hecho nada con el alumno. Esos temas deberían quedar zanjados pronto, cuanto antes, en un buen pacto entre políticos, sindicatos, asociaciones de padres, Iglesia… Pacto entre gentes conscientes de lo que está en juego, dirigentes responsables, dialogantes y leales. En una sociedad democrática no puede faltar espacio para la libertad de dar la educación que los padres deseen a sus hijos. ¡Ojalá se lleve a buen puerto y haya altura de miras!
Todo nos apunta, PISA también, que el tema esencial es el fracaso de nuestros escolares y la mediocridad de su preparación. A eso es a lo que hay que poner remedio con urgencia. Por el bien de los alumnos y también por la salud futura de nuestra sociedad. Hay que impedir que “se nos pierdan” tantos adolescentes, tan prematuramente. Para eso, de lo que tenemos que hablar es de: estabilidad en el marco legislativo, metodologías nuevas que motiven a los alumnos a formarse, itinerarios educativos flexibles que atiendan a los escolares desde sus circunstancias, aprecio de la autoridad del profesorado en las aulas, cómo incentivar la lectura, apoyo a la autonomía de las direcciones de los centros, dotaciones de personal especializado en los claustros, exigencia de responsabilidad…
Llegados aquí uno no puede por menos de acordarse de aquella fábula de Iriarte de los dos conejos. “Son galgos te digo”. “Digo que podencos” En esta disputa llegando los perros, dan buena cuenta de los dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento, dejan lo que importa, lleven este ejemplo.
¡Qué responsabilidad ante nuestros/as escolares, y muy particularmente ante los más frágiles! Las jóvenes generaciones se merecen nuestro esfuerzo para dotarles de un sistema educativo mucho mejor, y sólo será posible si se pospone todo interés partidista y se mira por el bien común.
J. Ignacio Rodríguez Álv. sj.
jignaciorsj@jesuitas.es
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester