Escuelas Católicas

¿Cómo es la autoridad que queremos en nuestros centros?

23.11.09 | 09:08. Archivado en Pedagógico, Alfredo Hernando
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Hasta la década de los años setenta, las voces de los científicos acerca del mundo de las emociones se aunaron en contra de los dictados innatos de Charles Darwin. De este modo, Wallace Friesen y Paul Ekman decidieron mostrar a personas de Brasil, Argentina, Chile y Estados Unidos imágenes de rostros diferentes en su constitución (edad, sexo, raza, nacionalidad…) donde se expresaba un variado elenco de estados emocionales. La conclusión daba la razón al viejo y zorro Charles, todos los participantes acertaban con gran pericia en la lectura emocional de aquellas fotos. Asombrados con los resultados, ambos investigadores pensaron que la enorme concordancia en la identificación de rostro y emoción se debiera quizá, a los inicios de la mundialización o “holliwoodización”. De este modo, admirados con el descubrimiento, aunque cautos y algo testarudos, Friesen y Ekman no se atrevieron a formular grandes hipótesis. ¿Qué hacer? Ni cortos ni perezosos, los investigadores buscaron seres humanos que tuvieran el mínimo contacto posible con el mundo tal y como lo conocemos y así, se adentraron en las montañas de Nueva Guinea al encuentro de la tribu “Fore”. ¿Adivinan las caras de sorpresa de los investigadores y traductores cuando aquellos pequeños indianos reconocieron los mismos cinco estados emocionales que los ciudadanos de Japón, Estados Unidos o Chile? El resultado no pudo ser más concluyente para la comunidad científica internacional: existe una fuerte correlación entre los estados emotivos más importantes de la psicología humana y sus expresiones faciales, los gestos y la génesis de estas emociones son universales y no aprehendidos culturalmente. El abanico de las cinco emociones básicas está compuesto por la alegría, la tristeza, la ira, el asco y… el miedo.

Todos sentimos miedo y somos capaces de reconocer el miedo en los ojos y el rostro de otros seres humanos. El rostro que pondríamos usted y yo ante una película de terror, sería fácilmente reconocible por cualquier anciano o niño de la tribu “Fore” sin dudar un solo momento. Si los niños tienen miedos muy intensos y acuden con sus padres a la consulta de un especialista, en ocasiones, cuando ni si quiera son capaces de nombrar lo que les asusta se les pide que dibujen un monstruo, el monstruo del que tienen miedo: el pulpo de lo oscuro, Mr. muerte, el diablo de la sombra, el doctor de los virus… El monstruo dibujado debe guardarse en un cofre con llave, dentro de un cajón con llave y dentro de un armario con llave. El niño comprueba que cada una de estas cerraduras está bien candada y entonces se queda con las llaves en su poder. Se habla con él, ahora a salvo del monstruo que está encerrado, se construye un talismán de protección que pueda colgarse en cualquier momento y se explica al niño que gracias a este talismán se encuentra a salvo. Entonces comienza el entrenamiento y proceso de maduración para enseñarle a enfrentarse con su miedo, progresivamente con el monstruo cada vez más cerca y el talismán cada vez más lejos.

A principios de curso el miedo volvió a inocularse en la sociedad a raíz de los incidentes de Pozuelo y la agresión física y violenta de un padre a una profesora. Con las noticias en el imaginario colectivo creamos un nuevo contenedor depositario de nuestros miedos: los jóvenes de hoy. Por otro lado, las medidas y declaraciones de políticos no se hicieron esperar, los talismanes enseguida saltaron a la palestra… Me parece estupendo ofrecer el grado de autoridad pública al profesorado en la medida en que sirva para evitar futuras agresiones tan desagradables como la acontecida, pero quiero recordar que ésta es tan solo una medida eminentemente jurídica y penal y para nada, una medida educativa. Es decir, que ésta únicamente sanciona y protege, pero atención, no soluciona ni educa, no enseña, sólo contiene. Creemos un nuevo disfraz protector en forma de ley para los profesores, escribámoslo en letras bien grandes y démosle salida en todos los medios a bombo y platillo, los talismanes son tan solo talismanes. Nuestros miedos no desaparecerán sin formación y medidas educativas. El castigo, la ley y la cárcel deben de ser palancas transformadoras, de lo contrario con el tiempo multiplican la conducta por la que se aplicaron.

Estamos programados para tener y reconocer el miedo pero sólo si enseñamos las competencias sociales, comunicativas y éticas para hacerle frente podremos vivir con él, con nosotros mismos y con los demás. Ésta es la única esperanza para que en el futuro no ocurran agresiones como la de este principio de curso. La autoridad podrá imputarse a modo de talismán en un papel, el respeto y el crecimiento personal de nuestros alumnos no. El grado de autoridad pública es un talismán que nos sirve para que progresivamente, nos acerquemos a comprender nuestros miedos. Aquellos más miedosos también pueden llevar una estrella de “sheriff” colgada en la solapa, la autoridad no se aprende, lo que se aprende es el respeto. Una tarima y una ley no enseñan a respetar, que es la auténtica respuesta que se espera ofrecer al que goza de autoridad. La autoridad que nace desde el miedo sin tratar de comprender, crecer y aprender para enseñar produce sumisión, superstición y esclavitud. Sólo las medidas de carácter educativo garantizan que enseñemos el respeto, el deber y la obligación. Si la ley que concede autoridad al profesorado sirve para mejorar la educación y contribuir a nuestro desarrollo y al de nuestros alumnos, su primer artículo debería ofrecer los cauces educativos para impulsar su futura desaparición, del mismo modo que en cualquier revolución, el general que toma los mandos del gobierno debe convocar una democracia o de lo contrario, se convertirá en un régimen del miedo. Aceptemos la nueva propuesta de autoridad como lo que verdaderamente es: un talismán de inicio.

La Potestas del miedo, se asocia a una fuerza que se impone, mientras que la auctoritas del respeto, no se logra por el incremento del poder o las altas estradas, sino que depende del reconocimiento, respeto y aceptación de la sabiduría del maestro que se desvela en el camino de aprender y compartir juntos. El miedo es una emoción universal, si deseamos cultivar el respeto a la auctoritas hará falta algo más que leyes-talismanes, hará falta enseñar a reconocer, manipular, enfrentarnos, comunicar y crecer con nuestras emociones, ellas nos acompañarán toda la vida y quizá entonces, de este modo, los niños de hoy no serán los padres violentos del mañana.

Alfredo Hernando Calvo
Departamento de Innovación Pedagógica


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