Vivimos en una sociedad compleja, con grandes posibilidades y a la vez con grandes contradicciones. En un contexto caracterizado por la necesidad de superar una crisis que está afectando, hasta el tuétano, a muchas personas con nombres y apellidos.
En ese contexto sobran argumentos tanto para quienes quieran hacer una lectura pesimista de la realidad como para los que están convencidos de que hay un horizonte esperanzador. Lo que algunos interpretan como crisis de civilización otros lo ven como un nuevo orden mundial.
Si pensamos en futuro lo importante es ser capaces de identificar e impulsar tanto los valores emergentes como los que deberían emerger.
Nuestro modelo económico, ese que ha entrado en crisis, tiene mucho de irresponsable, insolidario e insostenible. Un modelo “desarrollista” caracterizado por producir más, consumir más y aceptar que más es siempre mejor. Pero sólo para los privilegiados del mundo desarrollado o “los bien-estantes”.
La sostenibilidad es un valor emergente, que tiene que ver con un modelo de desarrollo sostenible que asuma la necesidad de tener en cuenta los desequilibrios provocados por nuestro modelo de crecimiento. Consciente de que los recursos son limitados. Que el bienestar tiene que ser de todos. Que el fundamento del mismo debe estar mucho más relacionado con la felicidad que con el consumo.
Hay empresas que cumplen con sus obligaciones legales y asumen además compromisos voluntarios. Hay otras que producen productos o servicios adulterados, engañosos o contaminantes. Hay organizaciones que juegan limpio y otras que no. Hay políticos corruptos que dan soporte a esas y a otras muchas injusticias.
Todos los anteriores son asuntos que tienen que ver con eso que se llama Responsabilidad Social Corporativa. Pero es un asunto que afecta no sólo a las empresas y a las organizaciones, sino también a los ciudadanos. Porque en la medida que seamos y actuemos como ciudadanos concienciados y consumidores exigentes seremos capaces de discriminar entre las prácticas responsables y las irresponsables, premiando a unas y sancionando a otras.
Está emergiendo y hay que hacer emerger, con mayor fuerza aún, una ética que interpele a nuestra responsabilidad social como ciudadanos, como consumidores, como empleados, como administrados y como creyentes. Dejando de ser espectadores reactivos y convirtiéndonos en actores proactivos. Y la educación es la palanca fundamental para impulsar un cambio de esa envergadura.
Alejandro Córdoba
Experto en Responsabilidad Social Corporativa
Domingo, 19 de febrero
Escuelas Católicas
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn