La santidad es vocación de todo cristiano. Todos estamos llamados a la santidad. “Sed santos, porque Dios es santo”, dice la Escritura. La santidad es un don al que muchos han sido fieles, y no sólo en tiempos antiguos; también entre nosotros hay quien hace de su vida un proyecto evangélico.
La santidad es un testimonio permanente y vivo a través de la historia. Los santos no son seres que pertenecen a las leyendas, están entre nosotros, en las diversas formas de vida cristiana. Con frecuencia nos llegan noticias de martirios, de quienes sufren por causa de la fe. En esta época sigue habiendo personas que lo dejan todo y marchan al desierto contemplativo de los claustros, o que optan por la entrega de sus dones por amor a los demás, o hacen de su existencia una ofrenda agradable como obsequio al Dios absoluto, testimonio de amor a Cristo, entrega total y delicada en servicio a la humanidad.
A través de la historia y por todas las latitudes, son muchos los que han arriesgado su vida, su salud y se han despojado de su tierra, familia, bienes, por anunciar la Palabra, por llevar a cabo el mandamiento de Jesús de anunciar el Evangelio a todas las naciones. Emociona comprobar cómo siguen dándose gestos colmados de generosidad entre los que, fiados de Dios, se aventuran confiados para llevar a los más pobres la noticia de la salvación.
También en el seno de la familia se encuentran signos de iglesia doméstica, donde la oración, el amor, la solidaridad, el perdón, son el adorno del recinto más acogedor y cristiano.
Es un privilegio conocer los procesos de discernimiento vocacional cuando, sin que aparentemente haya causa externa que lo provoque, hay jóvenes que se plantean el seguimiento de Jesús. En algunos casos después de haber obtenido las mejores calificaciones académicas, tener un buen puesto de trabajo, y haber sentido el afecto humano, deciden optar por los valores del Evangelio de forma radical y comprometida, y no por empeño, sino porque sienten dentro de ellos la fascinación por Jesucristo.
Hoy existen los santos. Algunos de ellos, contemporáneos, han sido proclamados recientemente por la Iglesia. Cuando esto sucede, se aviva el deseo de emulación.
La santidad es un don. Todos hemos sido capacitados para responder a la gracia de la llamada particular. No puede ser que Dios nos llame a algo que no nos sea posible.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Viernes, 17 de febrero
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