En tiempos pasados, la pedagogía del esfuerzo, las metas emblemáticas que se debían alcanzar, los modelos heroicos propuestos como ejemplo, la disciplina férrea y voluntarista forjaron el carácter de muchas personas, que gracias al empuje, al sacrificio y al trabajo han llegado a obtener cotas de éxito profesional. Otras, ante la experiencia de debilidad o de impotencia, se quedaron en los márgenes del camino, sufriendo a veces el juicio inmisericorde de los más aventajados. En ambos casos es posible que se llegue al agotamiento, tanto para los que exhiben su protagonismo vanidoso por haber alcanzado el éxito, como para los que muestran resentimiento al sentirse fracasados.
Ante los efectos del ascetismo por empeño, con frecuencia, en el presente, por el deseo de ayudar a las personas que se acercan sobrecargadas y heridas, se recurre a la liberación posible apelando a los atenuantes psicológicos. En este caso, se intenta la reconciliación de la persona consigo misma, desde la propia aceptación de su historia, de todos los componentes de su carácter, tendencias, sentimientos, elevando a categoría de normalidad cuanto a veces experimenta como doloroso y humillante, que en ocasiones puede producir reacciones obsesivas, tristeza, desesperanza, depresión… Es, sin duda, un intento noble y una ayuda muy útil sugerir la comprensión de la propia personalidad desde el plano de la naturaleza. Sin embargo, se corre el riesgo de producir una postura subjetiva que procura la autojustificación y da lugar a la permisividad intrascendente y así, la persona intenta convivir consigo misma de manera más o menos pacífica, sin apelar al posible combate regenerador.
Un ofrecimiento distinto es el que proviene de la visión trascendente de la realidad humana. Cada persona debe asumir su contingencia, historia, capacidad, condicionantes psicológicos; sin embargo, se le presenta la alternativa del propio conocimiento no sólo como proyecto de convivencia, sino como trabajo de percepción de la llamada más noble y positiva, para lo que está capacitado. De este modo, se abre a la dimensión de la gracia, a la ayuda que da la fe, y desde ella, al deseo humilde de la misericordia. Así, el camino se recorre contando no sólo con las propias fuerzas, ni expuesto a la inclemencia irremediable del fracaso, sino con el ejercicio sincero de los propios dones y capacidades, con el auxilio del perdón y la sabiduría de comenzar siempre de nuevo; se supera la sobrecarga de orgullo, resentimientos, complejos, impotencias y desesperanzas. Sin duda que es un privilegio el plantear la vida desde la peculiaridad personal, con la educación de la voluntad, y con la certeza de la gracia, del perdón y de la misericordia.
Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal
Martes, 14 de febrero
Escuelas Católicas
Francisco Baena Calvo
José Rubio y César Luis Caro
Pedro Tarquis
Mariano Fresnillo Poza
Josemari Lorenzo Amelibia
Juan Fernandez Krohn
Carlos Corral
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes