Somos hijos de nuestros padres y de nuestra generación. Existen características propias al desarrollo evolutivo del ser humano que son comunes para todos como, por ejemplo, la creación de una identidad en la adolescencia o la crisis de los cuarenta y además, por añadidura, cada generación añade al listado de etapas sus propias peculiaridades. La psicología evolutiva, encargada del estudio del desarrollo humano enumera cuatro grandes fuentes para argumentar cómo somos: primero, nuestra genética y nuestra personalidad, el conjunto propio de rasgos que nos definen como personas en lo físico y en lo psicológico y que nos aportan consistencia en el comportamiento y las reacciones ante diferentes contextos; segundo, las características propias y reconocidas de cada etapa evolutiva en cuestión como la niñez, la adolescencia, la adultez, la vejez, el duelo o el camino hacia la muerte, por ejemplo; tercera, los atributos de la sociedad donde nos desarrollamos en interacción constante; y cuarta, las características ontológicas, es decir, aquellas correspondientes a cada generación o grupos de generaciones. No podemos culpar o juzgar a los jóvenes por su rebeldía o por la búsqueda de una identidad, al igual que no culpamos a los ancianos por su serenidad; estas características son propias de cada etapa evolutiva. Al emitir juicios sobre las peculiaridades de los jóvenes de hoy debemos esforzarnos por saber distinguir entre las dos primeras fuentes y las dos últimas, y argumentar nuestro discurso focalizando sobre todo, nuestra atención en las últimas.
¿Cómo somos las jóvenes generaciones? Aquí presento algunas pistas carentes de tópicos. En su libro, Los jóvenes y la felicidad, Javier Elzo describe los rasgos que tienen en común los jóvenes de 14 a 18 años más felices en España. Las cualidades que se repiten son: ser chica, tener buenas relaciones familiares, tener menos dinero en el bolsillo que la media, controlar la hora de llegada a casa el fin de semana y manifestar una apertura a la trascendencia con una actitud vital y reflexiva ante lo religioso. Para Elzo solo el 5% de los jóvenes actuales tienen un perfil violento o anti-institucional, sin embargo, un 26% carecen de las competencias emocionales y comunicativas necesarias para iniciar o mantener una conversación; estos jóvenes pertenecen al grupo que él mismo ha llamado “retraídos sociales”. Las cifras cantan, reto a quien se atreva a argumentarme con datos e informaciones de fuentes fiables cómo, según la opinión de un amplio sector, son más violentos los jóvenes hoy. La mentira de que la juventud es cada vez más violenta se ha repetido tanto que ha entrado en el discurso de la sociedad como una verdad de nuestro tiempo. Una afirmación dañina que corre el peligro de convertirse en verdad a fuerza de repetirse, una profecía que sin ser cierta puede servir de semilla para crear una visión distorsionada y violenta de la juventud.
En la encuesta a la infancia de 2008, Fernando Vidal y Rosalía Mota, han descubierto que: hay 360.000 niños de 6-14 años que sienten soledad en la escuela, los niños de clase baja y media-baja sienten mayor soledad en el colegio y hay un 23-26% de niños que dicen que sus compañeros no les defenderían o tienen dudas de que lo hicieran en caso de verse amenazados, sin embargo, las situaciones de violencia en el aula han descendido y los problemas de convivencia no tienen su raíz en la violencia explícita o psicológica, como el “boom” de hace algunos años, sino en la falta de competencias sociales y de iniciativa y autonomía personal para ser dueños de sus propias vidas. Las jóvenes generaciones no son más violentas aunque sí menos autónomas, más comunicativas en lo mediático pero menos en la cercanía del día a día y más independientes. Sin embargo, todo esto no nos sirve para afirmar que los jóvenes de hoy son más violentos. Midamos nuestras palabras, ser alarmistas es una tendencia fácil y peligrosa. De modo continuo de los seis a los catorce años, se contrae la vida de la red familiar, se distancian de sus padres, no cooperan en casa, disminuye la participación social y aumenta la sociabilidad extra-familiar. Se muestran socialmente más críticos, culpabilizan menos a los marginados y muestran menor entusiasmo con la presencia de chicos de otros países. En una visión panorámica a toda la encuesta, se percibe que las niñas tienen una sociabilidad de mayor calidad y más confiada con sus padres y en el colegio y tienen una vida cultural más contemplativa y menos activa: menos televisiva, más lectora, más artística, menos deportiva y, en general, menos asociativa.
El alumno que este curso escolar entra con su babi nuevo en nuestro centro por primera vez, nos abandonará en el año 2025. ¿Qué necesitará este alumno para ser feliz y competente en el año 2025? ¿Con qué ojos vamos a mirarle?
Alfredo Hernando Calvo
Departamento de innovación Pedagógica
Jueves, 26 de noviembre
Escuelas Católicas
Ana Bou
Pedro Tarquis
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Guillermo Gazanini Espinoza
Rodrigo del Pozo Fernández
Siro López
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Jaime Vázquez Allegue
Asoc. Humanismo sin Credos