Escuelas Católicas

Curso del 63

12.10.09 | 09:05. Archivado en Asesoría, Luis Centeno
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Con este título inició su andadura el pasado martes, 6 de octubre, el nuevo “reality” televisivo dedicado al mundo educativo, con un formato novedoso y, a juzgar por la audiencia obtenida (21,8 % de share y más de 4.000.000 de espectadores), bastante atractivo. En resumen, el modelo se basa en ubicar a un grupo de chicos y chicas en un instituto “tipo” de los años 60 y ver sus reacciones a los métodos habituales en aquella época. Realmente, el contraste es tan enorme que algunos chicos no aguantan ni un día y otros no paran de maldecir a sus profesores, todo ello mezclado con lamentos y sollozos.

Suele decirse que hasta que las situaciones no se vuelven ridículas no nos damos cuenta de la realidad. Podemos considerar a una persona alta por los centímetros de su estatura, pero hasta que no se coloca al lado de una persona de altura media no visualizamos realmente esa diferencia. Y quizá ésta sea la virtud del programa en cuestión. Todos sabemos cómo está la disciplina en la mayoría de institutos (ausente, por no decir otra cosa) o el preocupante nivel de conocimientos de los alumnos, pero hasta que no hacemos un ejercicio de comparación real y no vemos a chicos y chicas de 18 años que no saben la tabla del dos ni dónde está la provincia de Zamora, no nos caemos de nuestro guindo mental.

Y si interesante fue el programa, no menos lo fue el debate posterior, con representantes de organizaciones de alumnos y padres de alumnos, sindicatos de profesores, políticos, periodistas y expertos educativos. Cuesta creer cómo con el panorama que tenemos alguna organización se posicione en contra de las medidas propuestas por la Presidenta de la Comunidad de Madrid para fortalecer la autoridad de los maestros. Salvo, claro está, que sigamos jugando a hacer política con la educación. Seamos sinceros, si todos estamos de acuerdo en la imperiosa necesidad de reforzar dicha autoridad, rememos en un mismo sentido por una vez, asumiendo que todas las medidas propuestas coadyuvan a ese fin (otorgar estatus de autoridad al profesor, colocar tarimas, mejorar la relación familia-escuela, inculcar a los alumnos la filosofía del esfuerzo desde casa, ampliar los horarios escolares...).

Y en este sentido, no estaría nada mal hacer un poco de autocrítica. Empezando por los padres, hemos dejado que nuestros hijos disfruten de una sociedad no sólo del consumo, sino de la autocomplacencia, de la ausencia de metas por alcanzar. Muchos de los chicos y chicas del programa de televisión alegaban como excusa de su comportamiento indisciplinado que nunca habían recibido una negativa de sus padres ni un simple castigo. Saben que sus necesidades están cubiertas y no me refiero sólo a descanso y comida. Piensan que el dinero de sus padres “sale de la pared” sin fin (como decía un niño en alusión a los cajeros automáticos).

Y si hablamos de los profesores, ya está bien de escuchar de algunas organizaciones sindicales que todos los males del sistema, incluida la pérdida de autoridad del docente, se consigue aumentándoles el sueldo y rebajándoles la jornada lectiva. Cómo se puede argumentar que el principal problema de los institutos es la masificación de alumnos y la excesiva jornada del docente, cuando la media por unidad es casi la mitad que hace veinte años y los profesores a jornada completa no llegan a 15 horas semanales de clase. Seamos realistas y hablemos de falta de motivación o de habilidades básicas para manejar situaciones conflictivas en clase, o de la burocracia administrativa, o de la mentalidad que supone tener una plaza fija en propiedad como funcionario o, incluso, de la ausencia clara de valores sociales de los alumnos (las famosas normas de urbanidad de hace unos años). Pero no saquemos las reivindicaciones manidas que todos conocemos porque no van a resolver nada. Y no olvidemos lo que suelen decir los viejos maestros: la verdadera autoridad se gana con trabajo, conocimiento, paciencia y saber estar.

Respecto a los políticos y administraciones, mejor lo dejamos para otro artículo. Simplemente, preocúpense de aplicar el sentido común, de poner de acuerdo a todos los sectores afectados, de alejar la ideología política del plano educativo, de reconocer la autonomía necesaria a los centros y todo irá mucho mejor. Dicho en otras palabras: “no empeoren la situación”.

Y volviendo al “Curso del 63”, uno se pregunta si en este país nuestro tan dado a los extremos y extremismos, seremos capaces de encontrar el término medio entre la dura disciplina de los años 60 y el confusionismo actual, con papeles y valores invertidos, donde los padres y maestros no sólo se ponen al mismo nivel de los alumnos, sino que temen sus reacciones desde su aparente impotencia. Pese a ser tildado de optimista, creo que es posible. Sólo hay una condición: que sumemos esfuerzos para reconstruir juntos este ideal.

Luis Centeno Caballero
Abogado de Escuelas Católicas

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