Monseñor Casimiro López Llorente, obispo de Segorbe-Castellón, ocupa desde marzo de 2008 la presidencia de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal Española en sustitución del obispo de Málaga, monseñor Antonio Dorado. López Llorente ocupa este puesto en un momento de aguas educativas revueltas, pero nosotros queremos hablar con él de lo realmente importante, la educación de nuestros alumnos en nuestros centros católicos.
Pregunta.- Pasado ya casi un año desde su elección como Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, qué destacaría de este periodo y cómo afronta el nuevo año.
Respuesta.- Estos meses los he dedicado a un estudio más minucioso de las distintas cuestiones y al encuentro con personas de instituciones implicadas en el ámbito de la educación. Del trabajo de la Comisión destacaría el estudio del plan de acción para los próximos tres años; en concreto: la necesaria coordinación entre enseñanza, catequesis y familia en la educación en la fe, el apoyo de la Comisión a la escuela católica en su tarea educativa desde su identidad confesional, la formación básica y permanente de los profesores de religión y moral católica, así como el futuro de la enseñanza de la Teología y su pedagogía en los planes de estudio de las Facultades o Escuelas de Magisterio. Además están las cuestiones relativas a la clase y profesores de Religión y moral católica y los problemas planteados por la Educación para la Ciudadanía.
Un nuevo año es siempre para un creyente un tiempo de gracia, que Dios nos concede en nuestra vida, ministerio y tarea. Por ello, lo afronto con esperanza renovada, pues el Señor camina con nosotros; pero también lo afronto con la preocupación lógica por la delicada y preocupante situación de la enseñanza, en general, y de la educación en la fe, en particular.
P.- “Por una iglesia diocesana de comunión para la misión” es el nombre de su Plan Diocesano de Pastoral en Segorbe-Castellón. Parten de la base de que la diversidad y la riqueza de carismas no deben estar reñidas con la comunión eclesial. ¿Qué opina de aquéllos que tratan de enfrentar a diferentes sectores de la Iglesia?
R.- La comunión eclesial es un don y una tarea; tiene su fuente en la comunión de Dios, Uno y Trino, y esa es la meta última de su misión; la comunión eclesial es su signo eficaz de la unión con Dios y de los hombres entre sí. Los carismas son dones del Espíritu Santo al servicio de esa comunión y de la única misión recibida del Señor Jesús. Dado que su fuente es una y única, el Espíritu Santo, y su fin el mismo, los carismas y su rica variedad no están reñidos con la unidad en la comunión y en la misión eclesial. De ahí que un ejercicio correcto de los carismas no puede ir nunca en detrimento de la comunión; si esto fuera así quedaría desvirtuado el mismo carisma. Los carismas han de favorecer la comunión y la misión, integrándose y dejándose integrar en ellas. Es tarea propia de los Obispos discernir y favorecer los carismas, pero también garantizar su integración en la comunión y en la misión eclesial, a cuyo servicio han de ponerse. Ciertamente que esto no excluye dificultades; pero todos debemos trabajar con humildad, diálogo y sentido eclesial, y siempre desde la verdad y desde la caridad, para que los carismas cumplan el fin para el que son recibidos: el bien de la comunión y de la misión de la Iglesia.
Es un hecho que existen intentos de enfrentar a diferentes sectores de la Iglesia así como de separar al resto del Pueblo de Dios de sus legítimos Pastores, los Obispos. Es una táctica ya vieja para debilitar a la Iglesia. Lo doloroso es cuando desde dentro de la misma Iglesia se alienta o favorece el enfrentamiento; esto va minando la comunión y la misión y va contra la petición de Jesús al Padre: ‘Que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado’.
P.- ¿Qué le pediría usted a nuestros centros como plataformas de evangelización?, ¿cómo ve la educación católica de nuestros centros?
R.- De los centros católicos, la Iglesia y los mismos padres -no sólo yo-, pedimos y esperamos que sean fieles a su identidad católica, a su ideario propio y a su proyecto educativo cristiano. La evangelización en la educación es su razón de ser. El Papa Benedicto XVI lo recordaba así en Washington en abril de 2008: “El deber educativo es parte integrante de la misión que la Iglesia tiene de proclamar la Buena Noticia. En primer lugar, y sobre todo, cada institución educativa católica es un lugar para encontrar a Dios vivo, el cual revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad (cf. Spe salvi, 4). Esta relación suscita el deseo de crecer en el conocimiento y en la comprensión de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes lo encuentran se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero; una vida de testimonio cristiano alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos de Nuestro Señor, la Iglesia”.
Los centros de la Iglesia han prestado y siguen prestando un gran servicio a los educandos, a los padres, a la Iglesia y a la sociedad. Nunca será reconocido y agradecido suficientemente. Nuestros centros gozan, en general, de buena salud, pero no cabe duda que todo es mejorable. La misma situación vocacional de muchos Institutos religiosos que hace necesario el incremento de profesores/educadores seglares, así como el contexto social, cultural, legislativo, educativo y eclesial plantean nuevos retos a la educación en general y a la educación católica en particular. Hay que estar atentos para ser fieles a la propia identidad y misión. En este sentido, los Obispos hemos ofrecido una ayuda inestimable en la Instrucción Pastoral sobre la Escuela Católica, como también la viene ofreciendo Benedicto XVI y la Congregación para la Educación Católica.
P.- El llamado “humanismo cristiano” de nuestra educación no se valora suficientemente, ¿cree que puede mantenerse ese sentido amplio de educación de la persona sin perder la perspectiva cristiana?
R.- El ‘humanismo cristiano’ en la educación de la persona no puede limitarse a una propuesta educativa de los valores que derivan del Evangelio. Esto es necesario, pero insuficiente. Como decía, la educación católica ha de ayudar al encuentro con el Dios vivo en Jesucristo, que nos muestra la fuerza reveladora de su amor y de su verdad.
P.- Recientemente, Manuel de Castro, secretario general de Escuelas Católicas, realizó unas declaraciones sobre la misión evangelizadora de la escuela católica que han suscitado cierta polémica. A pesar de los apoyos manifestados también hay quien ha llegado a acusar a la escuela católica de proselitismo. ¿Qué diría usted a aquéllos que se escandalizan por la confesionalidad de la escuela?
R.- La acusación de proselitismo a la Iglesia católica en cualquiera de sus actividades, también en la enseñanza, no es nueva. A algunos les molesta su presencia en la sociedad, que se desearía suprimir. En último termino molesta Dios mismo, el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, su fuerza transformadora en el ámbito público y su capacidad educativa en el ámbito de la enseñanza. En este ámbito se tolera una presencia, que sería pasajera por su necesidad real para la escolarización; pero se querría que fuera una presencia ‘descafeinada’, privada del elemento confesional que la define y es la razón de existencia.
Una buena escuela católica o un buen educador cristiano sabe que el Evangelio se propone, no se impone, para que el alumno llegue en libertad al encuentro personal y vital con el Dios vivo en Jesucristo, de su amor y de su verdad hasta hacer de Cristo y de su Evangelio la columna vertebral de su desarrollo personal.
La confesionalidad de la escuela católica es lo que la define y diferencia de otras. Tiene toda su legitimidad por la misión de Jesucristo a su Iglesia; y también la tiene en un estado de derecho y en una sociedad libre, que reconoce y garantiza la libertad de enseñanza; es sabido que ésta incluye la creación de centros con ideario y proyecto propio y la libertad de elección de los padres, titulares originarios de la educación de sus hijos, para educar a estos conforme a sus convicciones católicas. Un tal ‘escándalo’ muestra, entre otras cosas, un problema en la comprensión y en la aceptación de la libertad de enseñanza y de la libertad religiosa.
P.- Algunos sociólogos de la religión dicen que el futuro del cristianismo pasa de forma más clara por la educación católica de y en los colegios, ¿cree que es cierta esta afirmación?
R.- La educación católica de y en los colegios seguirá siendo necesaria, pero no exclusiva. Tendrá que seguir complementándose en y por la familia, en y por la parroquia, célula de la Iglesia particular, donde se realiza y actúa la Iglesia de Cristo. No se puede olvidar, por otro lado, que el tiempo en el colegio es pasajero; es una etapa muy importante de su vida, pero con un final programado. Todo católico necesita integrarse en una comunidad eclesial, ordinariamente la parroquia, para seguir creciendo en la fe y vida cristiana, para celebrar la fe, para participar en la vida y misión de la Iglesia.
P.- Tanto es así que escuela, familia y parroquia son los tres ejes educativos clave para un católico. ¿Cómo cree que podríamos avanzar en la colaboración mutua en beneficio del niño y del adolescente? ¿Cómo ve la relación catequesis/clase de Religión?
R.- Antes de nada hay que caer en la cuenta de algo que se olvida con frecuencia. El educando es cada niño o cada adolescente. En consecuencia es necesario y urgente que familia, escuela y parroquia confluyan y actúen acordes en su acción educativa, máxime en unas circunstancias en que otros ‘agentes’ externos tienen en el educando un influjo mayor que los tres juntos. Escuela, parroquia y familia están llamadas a coordinarse, trabajar conjuntamente y complementarse en la educación en la fe del niño y del adolescente para que su proceso educativo sea unitario y sin rupturas. Por ello es necesario, entre otras cosas, que los padres se impliquen en la escuela, en la catequesis y en la vida parroquial, así como que la familia eduque en la fe y la viva. Se precisa asimismo una mayor relación entre la escuela y la parroquia y entre profesores/educadores de la escuela y catequistas para confluir en el proceso educativo del educando.
Clase de Religión y catequesis son distintas y complementarias. La clase de Religión y moral católica mira ante todo a la transmisión de conocimientos para ayudar al alumno a su integración en su crecimiento en la fe en diálogo con el resto de las asignaturas para que adquiera la necesaria síntesis entre fe y cultura; la catequesis cuida el conocimiento de la fe y de la moral, la celebración y la oración personal y comunitaria, la vivencia de la fe y de la moral y la integración en la comunidad.
P.- La formación del profesor de Religión es una de las partes fundamentales de la labor de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis. ¿Qué le pediría a un educador de nuestros centros para que no exista excesiva dicotomía entre profesor/educador cristiano?
R.- Todo cristiano está llamado a ser creyente, discípulo y testigo en cualquier ámbito y momento de su vida. El profesor cristiano, cualquiera que sea su especialidad, lo ha de ser también en el ejercicio de su profesión. O si queremos, su profesión ha de vivirla como vocación del Señor en la educación de la fe de los alumnos.
Ya en 1982, la Congregación para la Educación Católica afirmaba que el laico católico que trabaja en la escuela católica debe ser consciente de los ideales y objetivos de la misma y de que la escuela católica es por este motivo el espacio escolar donde puede desarrollar su entera vocación con mayor libertad y profundidad y el modelo de su acción apostólica en cualquier escuela, según sus posibilidades. Todo lo cual debe llevarle a contribuir corresponsablemente en la consecución de dichos ideales y objetivos, en actitud de plena y sincera adhesión a los mismos. Una perspectiva que ha reafirmado la misma Congregación en su documento de 2007, ‘Educar juntos en la Escuela católica’.
P.- Actualmente las TIC juegan un papel fundamental, también para la Iglesia. Webs, blogs, foros, etc. son ya palabras habituales en el entorno eclesial. De hecho, en la web de su diócesis, se ofrece la posibilidad de contactar con un sacerdote a través de Internet y de rezar el Rosario a modo de un viaje en Metro. ¿Es imprescindible adoptar el lenguaje y los medios de los niños y jóvenes para su evangelización?
R.- Es incuestionable que el lenguaje es actualmente una dificultad seria en la transmisión de la fe. Si queremos anunciar a Jesucristo y su Evangelio y propiciar el encuentro personal y transformador con Jesucristo no podemos olvidar al destinatario, su lenguaje y los medios de comunicación que le son habituales. No obstante, no se puede olvidar en ningún caso que se trata de la transmisión de la fe de la Iglesia, en la que se nace y crece en la fe. Conjugar ambas perspectivas es el reto y la pericia de un buen evangelizador, de un buen educador y de un buen catequista.
Victoria Moya
Responsable de Comunicación de Escuelas Católicas
Viernes, 17 de febrero
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