En la actualidad, la sociedad del conocimiento y, más en concreto, el ámbito educativo, se caracterizan por el nuevo enfoque competencial en el tratamiento del proceso de enseñanza-aprendizaje. En este modelo, se adivina como imprescindible la llamada “competencia digital y del tratamiento de la información”, a pesar de los cambios vertiginosos del mundo en el que se desarrolla. La herramienta visible de esta competencia es el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) que, en muchos casos, está produciendo cambios en la esencia más íntima de la escuela que, bien orientados, deberían llevarnos a una mejora de la calidad de la educación.
Para adecuarnos a los cambios sociales acelerados, al inestable ámbito laboral y al nuevo paradigma educativo que estamos viviendo, es necesaria una actualización de nuestros centros, no sólo como generadores y transmisores de valores y conocimientos, sino también como comunidades educativas que aprenden. Es imprescindible que nuestras escuelas estén dispuestas a posibilitar la puesta en marcha de esta nueva competencia mediante: su inclusión en el currículo (con la enseñanza de las habilidades digitales necesarias o el tratamiento de los aspectos éticos de la sociedad en red); la formación del profesorado, del equipo directivo y de los orientadores; la dotación a los centros de recursos humanos y materiales (infraestructuras, equipamientos, programas y contenidos educativos digitales, etc.); y la aplicación de didácticas innovadoras como, por ejemplo, WebQuest, foros de debate o sistemas informatizados de evaluación.
La presencia de estas nuevas tecnologías permite nuevas formas de comunicación, nuevos modelos organizativos y nuevos canales de información que abren diferentes caminos educativos en los que es necesaria una figura que dinamice la puesta en marcha de esta iniciativa: el coordinador TIC del centro. Sin embargo, para lograr esta implantación también es imprescindible la figura del orientador, como un importante agente del cambio que debe calar en los profesores y hacerse llegar a los alumnos y al resto del centro.
La incorporación de las TIC al trabajo del orientador obliga a disponer en cada centro de un espacio y de unos instrumentos que ofrezcan la posibilidad de acceder a la información necesaria para la toma de decisiones educativas, vocacionales o laborales. El uso de Internet, de software especializado y de otras alternativas tecnológicas está cambiando -las hasta ahora “clásicas”- intervenciones orientadoras, y potencian la incorporación de nuevos roles muchas veces complementarios a las funciones que se venían asumiendo y que en un futuro próximo deberán ser incorporadas a la formación de los especialistas en orientación.
Para hacer posible esta innovadora función del orientador, es imprescindible formarse e informarse; actualizarse profesionalmente a través de portales, blogs, foros, etc.; asesorar en la medida de sus posibilidades al resto del claustro; impulsar el trabajo con los alumnos mediante herramientas TIC específicas de orientación (diagnóstico, seguimiento, orientación profesional, etc.); y potenciar el trabajo y las relaciones de toda la comunidad educativa a través de herramientas de comunicación interna y externa (correo electrónico, plataformas educativas, web del centro).
Por supuesto, todos estos cambios no son fáciles y no se le debe exigir al orientador ser un “experto” en todos los programas de las nuevas tecnologías relacionadas con su trabajo (aún cuando deba conocerlas y ser capaz de utilizarlas), sino trabajar con ellas conociendo su valor educativo y su aplicación en la educación de los alumnos.
Los tres campos de trabajo en los que las TIC colaboran específicamente en las funciones del orientador pueden ser: el trabajo individualizado con los alumnos, el trabajo con el resto del claustro, y las relaciones con los padres.
En relación al trabajo directo con los alumnos en el centro, la educación actual reclama revisar los antiguos modelos de aprendizaje e introducir los cambios necesarios. Uno de los cambios más demandados es dar un mayor protagonismo al alumno, con un papel activo en su propio aprendizaje, y el orientador, según sus posibilidades, puede intervenir de forma decisiva en este proceso. Para ello, conocer las posibilidades educativas que nos ofrece la tecnología educativa es de vital importancia para que el orientador y el profesor las utilicen dando un protagonismo más activo al alumno en este cambio de modelo educativo: la colaboración, la expresión en entornos de aprendizaje virtuales de diálogo, reflexión, debate, contraste de ideas, etc., y la utilización de Internet desde un punto de vista educativo: cuentas de correo, foros, chats, blogs, wikis... son algunas de las novedades que deben ir implantándose en la vida normal de cualquiera de nuestros centros para no quedarnos en el furgón de cola de los avances tecnológicos. En cuanto a la relación con los alumnos, pero centrándonos más en el campo de la orientación, son necesarios para su desarrollo programas o herramientas en los diferentes campos de actuación, entre ellos: instrumentos para la evaluación psicopedagógica y de diagnóstico (software de evaluación y diagnóstico, test, cuestionarios, canales de comunicación por Internet para la colaboración intercentros, etc.), además de los necesarios para la orientación académica y profesional de los alumnos (cambio de etapa, ingreso en la universidad, cuestionarios vocacionales a través de programas informáticos o de Internet…), software para detectar habilidades, preferencias o capacidades, uso de Internet como fuente de información para salidas laborales, etc. y para trabajar en la elaboración y seguimiento de planes de diversificación curricular y tratamiento de la diversidad para el alumnado con necesidades educativas especiales.
Para logar el enriquecimiento común con los profesores del centro, algunos soportes válidos pueden ser la creación de comunidades virtuales de profesores y orientadores que compartan recursos (apuntes, materiales didácticos, etc.) y buenos modelos de utilización didáctica de las TIC para la práctica diaria.
Por último, aunque no menos importante, el tercer lado del triángulo que conforma el trabajo del orientador en la comunidad educativa son las relaciones con los padres, que pueden ser mejoradas a través de la utilización de herramientas de comunicación interna y externa a través de correo electrónico, plataformas educativas, web del centro, canales de comunicación on-line, etc. La cooperación mutua puede ser mucho más fluida y directa y puede ayudar a que el feed-back de la información llegue a ambos lados, siempre para la mejora del proceso educativo de los alumnos.
Para concluir, quisiera animar a las comunidades educativas de los centros y especialmente a los orientadores de las mismas, a perder el miedo en el uso de las TIC y a trabajar con ellas, aprovechando los recursos que nos ofrecen, para de esta forma facilitar la labor educadora, con un mejor aprendizaje de los alumnos, y una optimización de las funciones orientadoras. Tampoco debemos obviar el insustituible papel que ejercen los equipos directivos en el proceso de incorporación de las TIC a los centros educativos; ellos son el motor para su puesta en marcha en los colegios, promoviendo una buena coordinación pedagógica, potenciando el compromiso de trabajo de toda la comunidad educativa, facilitando las infraestructuras y los recursos didácticos suficientes, y organizando la formación acorde con las funciones y los responsables del proceso.
Ana Díaz-Güemes
Departamento de Innovación Pedagógica
Sábado, 18 de febrero
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