Escuelas Católicas

¿De qué hablamos cuando reclamamos un "pacto sobre la educación"?

23.09.09 | 09:05. Archivado en Política educativa, Gonzalo Vázquez Gómez
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Escuchamos por doquier las voces que reclaman un pacto sobre educación en España. Es ésta una cuestión recurrente y muy actual en estos momentos.

No faltan motivos para plantear de nuevo la cuestión. Por una parte, las evaluaciones y los estudios internacionales señalan con claridad que los resultados de nuestro “sistema educativo” son claramente mejorables. Basta acudir a la consulta de los informes PISA (Lengua, 2000; Matemáticas, 2003; Ciencias, 2006) para advertir que, aunque vamos mejorando en algunos aspectos, todavía arrojamos resultados indeseables, sobre todo en el logro de la excelencia (por ejemplo, en los niveles 5º y 6º de los resultados en la escala de alfabetización científica en los que se implican las capacidades cognitivas superiores).

Más recientemente, hace tan solo unas semanas, hemos conocido sendos informes de sendos organismos internacionales, uno sobre nuestro “sistema educativo” (OCDE, 2009, Panorama de la educación), y otro sobre la posición, a la baja, de España en el ranking internacional de competitividad (informe del Foro Económico Mundial, 2009). La información que nos brindan estos documentos refleja que el estado de salud de la educación y formación en nuestro país está lejos, alguien dirá que un poco más lejos todavía, de los niveles exigibles por nuestra posición dentro de los países que se llaman a sí mismos “desarrollados”.

Ciertos motivos y acontecimientos sociales y políticos vienen a sumarse al acrecido interés por la necesidad de un pacto educativo a escala nacional. Ahí están las tensiones actuales sobre el reconocimiento de la función social y de la autoridad de los profesores, acerca de su formación y competencia profesional, de la convivencia escolar y, en suma, de la calidad de vida de y en nuestros centros educativos.

Bastaría, pues, con esta mirada sumaria para dar cuenta de que en la actualidad es necesario y urgente alcanzar ese ansiado pacto. Y de que es necesario superar el acostumbrado secretismo y ese elemental “actualismo” con el que se suelen tratar los temas educativos entre nosotros. Si únicamente nos preocupamos y hacemos de la educación una cuestión pública a comienzo de cada curso (cuando “nos aprieta el zapato”, cuando las tormentas estacionales nos llevan “a acordarnos de Santa Bárbara”), difícilmente conseguiremos crear las condiciones para un clima sereno y un acertado diagnóstico de nuestro sistema educativo. De tanto afanarnos por ir respondiendo a los acontecimientos críticos más puntuales y visibles, nos falta tiempo para afrontar las cuestiones y problemas de fondo. Así, una vez más, estamos cumpliendo aquello de que “Aquiles no alcanza a la tortuga”. Mientras, el sistema educativo sigue caminando como puede, gracias, sobre todo, al esfuerzo de profesores y directivos.

Necesitamos, desde luego, un pacto sobre la educación, pero no cualquier pacto, sino aquél que se centre en las cuestiones de fondo. Debemos dialogar con voluntad de pactar (“pactar” en el sentido de “acordar”, conforme con la primera acepción del DRAE; no en el de la segunda, de “contemporizar”), de llegar a un acuerdo común sobre la educación que queremos que reciban los niños y jóvenes de hoy, ciudadanos de mañana. Un pacto educativo es un acuerdo y una voluntad consistentes sobre el proyecto común con el que queremos dotarnos en el medio y largo plazo; más allá, no es necesario insistir en ello, de las miradas a cuatro años vista.

Cuando hablamos de la necesidad de un pacto, parece que estemos reconociendo, en el límite, la existencia de dos partes con posiciones, punto menos que irreductibles, sobre el fondo de la cuestión. No faltan ejemplos de reales o atribuidos antagonismos entre dos: así, entre los dos principales partidos políticos, entre las familias y la escuela, entre el Estado y las comunidades autónomas, entre quienes prestan la atención preferente a la marcha de la cohesión social en la educación (como indicador de la equidad en los resultados escolares) y la de quienes la ponen en el logro de la excelencia…

Todo esto es importante y debe tenerse bien presente en el diagnóstico de la situación. Pero acaso sea más importante plantearse la necesidad de lograr un acuerdo entre todas las partes en torno a lo que es el sistema educativo (del sistema en su conjunto, y no solo del escolar). Dos extremos parecen importar, más que otros. En primer lugar, el de quiénes están llamados a participar en el pacto; debe rechazarse por peligrosa y reduccionista la consideración de que, siendo la educación del máximo interés público, la discusión y el acuerdo debe darse sólo entre los partidos políticos. Desde luego, ese acuerdo es necesario, pero no debe acallarse la voz de la sociedad civil, la de las familias, de los propios profesionales de la educación, de los empleadores, de la Universidad, etc.

En segundo término, y tal vez sea esto lo más decisivo a largo plazo, el deseado pacto debe orientarse hacia el tipo de persona que queremos “construir” gracias a la educación, hacia cuáles son los valores y virtudes, como dimensiones personales de las competencias, que proponemos a nuestros alumnos para que las asuman y recreen; y cuál la cultura común que dará sentido a los planes de estudios y a los programas y resultados escolares.

Mientras tanto no se acometan estas cuestiones de fondo, en lugar de crear las condiciones para un pacto educativo, estaremos generando nuevas disputas costosas y estériles sobre la educación como proyecto común de todos.

Gonzalo Vázquez Gómez
Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid


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