Están todavía recientes los lamentables sucesos ocurridos en Pozuelo durante la celebración de las fiestas patronales, que culminaron con el asalto a una comisaría por parte de un grupo de jóvenes que practicaban el botellón. Poco a poco hemos ido conociendo nuevos detalles sobre los mismos y las diferentes reacciones aparecidas en los medios de comunicación. Ha producido sorpresa que la jueza que instruye el caso haya decidido dejar en libertad a los veinte detenidos, y que tan sólo les haya prohibido que en los próximos tres meses acudan a fiestas semejantes. Pero sorprende mucho más que algunos de los padres de estos muchachos se hayan puesto de parte de sus hijos para justificar su comportamiento y denunciar la actuación de las fuerzas policiales. El Defensor del Pueblo apunta a la falta de autoridad de los padres y profesores y pide que en las escuelas los profesores vuelvan a ser tratados de usted, como señal de respeto.
La verdad es que hechos como éstos ponen de manifiesto el fracaso de la sociedad española en la responsabilidad de educar a sus jóvenes en aquellos valores que deberían regir nuestra convivencia respetuosa y pacífica. Una responsabilidad que no podemos atribuir exclusivamente a los padres y a la escuela, sino que es compartida. En primer lugar por la familia, que tiene la ineludible tarea de educar a sus hijos, pero que no siempre la aborda de manera adecuada, y en algunos casos, la descuida. En segundo lugar por la escuela, consciente de que su responsabilidad educativa va más allá de la enseñanza de las ciencias y la técnica e incluye la transmisión de los valores necesarios para la convivencia y la formación integral. Y en tercer lugar por el Estado, a quien le hemos confiado nuestra seguridad personal y la posibilidad de convivir en libertad. Su intervención no puede reducirse a elaborar leyes, aplicarlas y castigar a los infractores en consonancia con las decisiones de los jueces. Es mucho más interesante y eficaz una acción preventiva y educativa que favorezca y apoye la labor que realizan la familia y la escuela.
Capítulo aparte merecen los medios de comunicación, convertidos algunos de ellos en verdaderos generadores de modos de vida, de criterios de actuación, de valores o de antivalores. Algún tipo de regulación legal habrá que poner en marcha para que no se muevan únicamente por criterios comerciales, y exigirles, por qué no, responsabilidades éticas en los productos que ponen en el mercado, sobre todo aquellos que van dirigidos a los niños y a los jóvenes.
Contra hechos como estos acaecidos en Pozuelo, menos rasgarse las vestiduras como si fuera la primera vez que suceden, y más educación, pero de la buena.
Manuel de Castro Barco
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester