En principio la selección de personal para un centro privado, con carácter propio, no debe diferenciarse en lo sustancial de la selección de personal que pueda hacer cualquier empresa. No olvidemos que un centro es una empresa, aunque para muchos, dicha palabra sea tabú. Debemos, de una vez por todas, despojarnos de prejuicios absurdos que pueden conducirnos a situaciones no deseables y, en no pocas ocasiones, irreversibles. Un centro es, en sentido, estricto una empresa, y si no que se lo pregunten a los muchos padres de familia que trabajan en ellos y al final de mes esperan, como cualquier hijo de vecino, su nómina. Por consiguiente, tiene que tener una estructura empresarial y, por lo mismo, el personal contratado debe someterse a los mismos procesos de selección, seguimiento y formación de otras empresas. La diferencia fundamental radica en la manera de entender una empresa, que lógicamente viene condicionada por los medios a emplear y la finalidad y objetivos que se persiguen.
Esta aclaración viene motivada por las equivocaciones que existen respecto a la concepción de un centro privado y/o privado/concertado como los que forman parte de Escuelas Católicas. Mucho me temo que algunas instituciones estén a merced de la ley del péndulo. Me explico, hay centros que funcionan como antaño, buscando por encima de todo “buenas personas”, afines a la institución, candidatos aconsejados por personas cercanas o familiares de los religiosos o profesores. Lógicamente frente a ello no hay nada que objetar siempre que sean personas cualificadas, capaces de dar respuestas con garantías a los actuales retos educativos que exigen profesionales de alta cualificación. El peligro está cuando nos quedamos atrapados únicamente en “buenas personas”, cercanas a la institución, cuando todo termina ahí y así después vienen los problemas. En el extremo opuesto hay centros que funcionan con una mentalidad empresarial “pura y dura” en el sentido que las personas -profesores y PAS- son una pieza más en el engranaje empresarial, elegidas exclusivamente por el perfil profesional, donde las relaciones personales brillan por su ausencia o se centran, única y exclusivamente, en cuestiones estrictamente profesionales, donde el sentido de pertenencia o comunión con la institución pasa, en el mejor de los casos, a un segundo plano. Esta opción, además de repercutir en el trato con alumnos y padres, está muy lejos de lo que debe ser una empresa cristiana y me imagino que irreconciliable con su carácter propio. Me extraña que la finalidad que los fundadores y fundadoras buscaron en la creación de colegios, salvando las distancias que nos marca el tiempo y las lógicas adaptaciones que ha habido que hacer fruto de una lectura carismática, sean centros así.
Hay que optar por una postura intermedia en la que hay que salvaguardar, a mi modesto entender, dos cuestiones sine qua non: la titulación exigida por la administración y la afinidad con el carácter propio. Sobre la titulación, no es tan importante tener un excelente expediente académico -aunque si se tiene, mejor- como otras cuestiones que a veces pasan desapercibidas: intereses, proyectos y expectativas, nivel cultural, jerarquía de valores, ambiente familiar, disponibilidad, etc. Respecto a la afinidad con el carácter propio, es clave y debe tener el mismo rango que la titulación exigida por la administración. Ahondar en ello es más profundo y complejo de lo que algunos creen, pero necesario porque actualmente, y con mayor urgencia en un futuro inmediato, es el garante del ideario de los centros y encarna, al menos en parte, el carisma de la institución. No reduzcamos esto a la simplicidad de “buenas personas” -que nadie duda de su necesidad- de lo que hablamos es mucho más.
Por otra parte, las instituciones deben contar con personal preparado para esta selección y no olvidemos que tan importante como la selección, en las actuales circunstancias, es tener personal cualificado para formar, no sólo de manera permanente al claustro de profesores y PAS, sino también tener estructurado un plan de formación específica en la que el epicentro sea lo fundamental del carisma de la institución.
Me consta que la inmensa mayoría de las instituciones son conscientes de ello y sé de primera mano que algunas se fueron preparando y adaptando serenamente desde hace tiempo; pero otras no lo están abordando con la seriedad que merece, sin un estudio previo. Da la impresión que algunas van a “salto de mata”, sin un horizonte nítido, dando respuestas provisionales cuando “el agua les llega al cuello”.
Todo lo dicho tiene mayor relevancia en aquellos que son seleccionados para formar parte del equipo directivo… pero eso es harina de otro costal.
Carlos Ruiz
Miembro del Consejo Escolar del Estado por Escuelas Católicas
Viernes, 17 de febrero
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