Escuelas Católicas

Caminante no hay camino se hace camino al andar

12.08.09 | 09:03. Archivado en Carlos Ruiz, Autonomía de centros
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Estas palabras de Antonio Machado sirven de marco referencial para intentar transmitir parte de lo que llevan dentro los centros de Escuelas Católicas. Sabemos a dónde queremos llegar (formación integral basada en una educación sólida desde un humanismo de inspiración cristiana) y por dónde y cómo ir: tarea de toda la comunidad educativa. Continuamente nos corresponde abrir nuevos senderos, no por originalidad y snobismo, sino para adecuarnos a las circunstancias, a las familias y sobre todo a nuestros alumnos y alumnas.

En el mundo de la educación no podemos quedarnos estáticos. Debemos aprender humildemente de quienes nos precedieron, recoger el testigo de la única antorcha que ilumina el quehacer educativo, alimentada con la ilusión de todos, los de ayer, los de hoy y los de mañana; pero nuestra mirada no puede estar clavada en el pasado, sino puesta en un futuro siempre nuevo e interpelante, que nos exige dar respuestas distintas a preguntas diferentes, evitando la tentación de absolutizar y eternizar métodos y modelos que nos hablan de otro tiempo. Aprender de la sabiduría evangélica de que “no se puede meter el vino nuevo en odres viejos”. Ello nos exige bajarnos de la “tarima” del ayer y dejar la “cátedra” por el acompañamiento que humaniza, que propone y no impone, que intenta educar desde lo que cada uno es.

Tendremos que empezar a relativizar e introducir en nuestra mochila, compañera inseparable de viaje, lo estrictamente necesario, según la escala de valores que marca en cada centro su ideario, adaptado a las circunstancias de nuestros alumnos y familias.

Caminar sin prisas, porque nunca ha sido sabia consejera, pero sin descanso. Con la paciencia de saber acompasar nuestros pasos al ritmo de todos, sencillamente porque todos somos necesarios, cada uno ocupando su espacio reservado.

Hasta la fecha se ha entendido la educación dentro del ámbito escolar como una relación de dependencia del alumno con el profesor, en el contexto de una privacidad. La frase que todos hemos escuchado, y posiblemente más de uno ha experimentado, de que “cada maestrillo tiene su librillo” recoge dicha mentalidad. Raramente el conjunto del claustro tenía algo que decir. Hoy, sin embargo, dicha mentalidad se va superando progresivamente. Cada alumno es responsabilidad, en su justa medida, de todos los profesores. Su autoridad, aunque ésta sea legítima, les viene conferida por la titularidad que es, quien en definitiva, oferta y propone el modelo educativo, recogido en el Ideario y concretado en el Proyecto Educativo.

Por otra parte, tenemos aún una asignatura pendiente. No puede haber verdadera educación si los padres no asumen el protagonismo que les corresponde y ocupan el lugar que tienen reservado. Posiblemente, en los tiempos en que nos ha tocado vivir, esta relación profesores–padres demanda que sea cada vez más estrecha, pues al fin y al cabo los sujetos de nuestro objetivo, son las mismas personas: hijos/alumnos. Por eso, la educación debe ser compartida y exige que existan plataformas donde el diálogo entre profesores y padres sea cada vez más fluido, para que pueda tener una incidencia mayor. Hace falta ir derribando esa mentalidad basada en el recelo, que se traduce en un creer que el alumno es propiedad de los profesores dentro del ámbito escolar en el horario lectivo. La delegación que hacen los padres de sus hijos depositando su confianza en un centro, no puede suponer nunca una falta de implicación. La casa, de alguna manera, se integra en el centro y éste tiene su prolongación en la casa. Hablamos, por consiguiente, de un modelo educativo más amplio, pero necesario.

En ese caminar, a la luz del ideario de cada centro, padres, profesores, personal de administración y servicios, el alumno no es simple receptor, es el gran protagonista de todo este proceso de aprendizaje y educación. Y en la medida de sus posibilidades, condicionadas fundamentalmente por el momento del proceso evolutivo en que se encuentra, debe participar activamente. Los alumnos y alumnas, en todas edades, tienen también su palabra que decir. Es su derecho y deber por parte de los educadores, ser escuchados y respetados. Ellos pueden y deben decirnos en qué nos equivocamos, en qué no estamos siendo consecuentes. En definitiva, evaluarnos.

Recordar también que en un colegio de inspiración cristiana, como los centros de Escuelas Católicas, no podemos olvidar que en ese caminar no puede faltar nunca, como verdadero Maestro, el Dios de Jesucristo, del que todos debemos aprender, al que tenemos que escuchar, ver y sentir.

Aprendamos de Él. En un momento dado de desconcierto le preguntan sus discípulos: “Maestro, dónde habitas?”. “Venid y ved”. Contesta Jesús.

Es decir, que nuestra palabra siempre debe estar respaldada por el testimonio. Sólo así está garantizada una autoridad no impositiva. El acompañamiento y la posibilidad de que los alumnos puedan ver, es algo necesario y que nos cuestiona. Por ello, debemos encarnar en cada uno de nosotros, fundamentalmente padres y profesores, los valores que proponemos y mostramos como modelos referenciales, que es, posiblemente, de lo que más carezca nuestro sistema educativo.

Carlos Ruiz
Miembro del Consejo Escolar del Estado por Escuelas Católicas


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