El Informe presentado el pasado día 16 de julio por la Comisión Europea sobre la situación de la enseñanza en los países miembros de la Unión no pudo ser más decepcionante para España: nos encontramos en el tercer puesto del ranking del fracaso escolar (sólo superados por Malta y Portugal), el abandono escolar sigue creciendo y el gasto público en educación sigue estando por debajo de la media europea.
Pero lo más relevante del Informe de la Comisión es la recomendación que incluye para que seamos capaces de alcanzar un Pacto Educativo de forma urgente. Muy mal están las cosas para que desde Europa se nos apremie a sellar un acuerdo que inicie nuestra recuperación educativa.
Y es que desde hace años estamos en caída libre. Cuando parecía que habíamos tocado fondo, llega un nuevo informe internacional que revela más carencias del sistema, peores resultados de los alumnos, puestos inferiores en los listados. Y si nos centramos en los últimos informes internos realizados en algunas comunidades autónomas, los resultados de los alumnos (incluso de los que habían obtenido mejores calificaciones en sus centros) han sido deplorables, hasta el punto de que uno se pregunta si están correctamente diseñadas las pruebas. ¿Será que los alumnos aprenden conocimientos y las pruebas miden competencias o el proceso es el inverso?
Preguntas aparte, es evidente que el actual sistema no funciona y nada conseguimos con lamentos o culpabilizando al otro: la desatención de los padres, la falta de disciplina y de respeto de los alumnos, la mala imagen social de los profesores, la escasez de medios económicos, la visión cortoplacista de la Administración, el precario reciclaje profesional y las reducidas vías de promoción interna, etc. Todas estas causas son parte del problema, pero no constituyen por sí solas la verdadera razón.
Desde mi punto de vista, la cuestión principal que hay que afrontar con carácter previo es si estamos dispuestos a creer que el Pacto Educativo es necesario y luchar por alcanzarlo, dejando de lado nuestros prejuicios y planteamientos excluyentes.
Ahora bien, no seamos ingenuos. El Pacto por sí mismo no es la solución a nuestra grave crisis educativa. De alcanzarse, tan sólo será un punto y aparte. El imprescindible punto de apoyo para iniciar la curva ascendente.
Su verdadero valor residirá en crear una nueva imagen positiva de los agentes que intervienen en el proceso educativo, desde los partidos políticos que marcan las líneas estratégicas, las Administraciones que las desarrollan y aportan los medios económicos en los niveles gratuitos, pasando por los titulares, profesores, personal no docente, padres, hasta llegar a los alumnos.
Y éstos, los alumnos, son el verdadero núcleo de la ecuación. Cuando seamos capaces de asimilar que todo el sistema debe procurar lo mejor para su educación integral (en todos los aspectos), entonces podremos alcanzar acuerdos.
Cuando reconozcamos que la disminución del calendario o de la jornada escolar no les beneficia (aunque sean interesantes para algunos padres con determinados horarios reducidos o para profesores que desean disponer de tardes libres), que el aumento de presupuesto educativo no debe destinarse prioritariamente a incrementos retributivos o complementos específicos (el propio Informe de la Comisión señala que el salario de los docentes españoles, en proporción al PIB, se encuentra entre los más altos de la Unión) sino a mejores medios didácticos a disposición de los alumnos, que la discusión entre pública-concertada sólo es una estéril cortina de humo que difumina los problemas internos de cada red, que la vocación docente es condición básica para acceder al puesto de profesor y no quemarse en dos años, que los centros, profesores y padres son tres pilares complementarios que necesitan apoyo mutuo… entonces estaremos en verdadera disposición de sentarnos a dialogar sobre principios y medidas que mejoren nuestra cruda realidad educativa.
Sin olvidar un ruego: aprendamos de los errores pasados. Tanto internos como externos. Uno de los principales responsables del diseño y puesta en funcionamiento de la LOGSE señaló hace años que para estar de vuelta, era necesario haber ido previamente. Sin embargo, los países más desarrollados nos pueden mostrar qué caminos pedagógicos son negativos sin que tengamos nosotros que sufrirlos inútilmente. En este sentido es importante conocer el regreso en dichos países de principios y métodos denostados, como la ampliación de calendarios y jornadas escolares, la educación diferenciada, la autoridad del profesor, el reconocimiento público de los méritos académicos de los alumnos, el valor del esfuerzo personal, la estrecha relación familia-escuela, el valor de la integración escolar siempre que se realice con medios personales y adecuados para ello, la conveniencia de itinerarios formativos en función de las capacidades y expectativas de los alumnos, etc.
Y, por último, el sistema educativo mejorará si creemos firmemente en la autonomía de los centros y la apoyamos. La LOE es la ley educativa que más veces incluye este término y nunca ha estado en niveles más bajos en nuestra realidad cotidiana. No hay más que preguntar a nuestros directores de colegios que, con cara resignada, te señalan que dentro de poco no se podrá cambiar a un niño de grupo dentro del mismo curso sin el permiso de la Administración.
Diseñemos juntos la mejora del sistema educativo, contemos con el apoyo de la Administración y dejemos a los centros que lo apliquen teniendo en cuenta sus características. Apoyo y confianza es lo que necesitan nuestros centros, no más reformas legislativas ni pactos vacíos.
Luis Centeno Caballero
Abogado de Escuelas Católicas
Viernes, 17 de febrero
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