Escuelas Católicas

El valor del silencio

15.07.09 | 09:02. Archivado en Pastoral, Ángel Moreno
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Un proverbio oriental dice que la flecha que lanzas, la palabra que pronuncias y la suerte que pasa, ya no vuelven.

Uno es dueño de su silencio, pero pierde el dominio sobre lo que pronuncia. Mientras que de lo que calla nadie puede hablar, de lo que habla no podrá evitar que se comente, interprete y difunda. Del silencio que guardas no se pueden defender, las palabras que digas te las pueden refutar.

Mientras no pronuncias lo que piensas no llega a ser historia el pensamiento. Una vez que lo formulas es imposible detener su difusión. Eres dueño de tu silencio, y muchas veces, víctima de lo que hablas.

No es solución reprimir el pensamiento, ni amordazar la comunicación, pero mientras cabe calmar la mente obsesiva y alcanzar la serenidad, el vaciamiento descontrolado y la extroversión verbal no se pueden recoger y pueden producir una verdadera tormenta.

Si guardas silencio, los posibles comentarios de los demás no tienen fundamento; cuando hablas, pueden malinterpretar tus palabras, sacarlas de contexto, utilizarlas… Un principio de sabiduría que han practicado los santos es callar por amor y hablar por amor. Son más las veces que uno se arrepiente de lo que ha hablado que de lo que ha callado.

El silencio ayuda a no solemnizar situaciones difíciles que se pueden producir en la convivencia. Las palabras pueden herir y provocar una brecha irreparable. Por el silencio se cumple el principio bíblico de guardar el secreto para el rey. Cuando, en vez de hablar de forma descontrolada, se sabe esperar, puede reconducirse la situación que impelía a hablar y continuar la historia sin ningún trauma o dificultad en la convivencia.

En muchas ocasiones, por haber guardado silencio no se ha incurrido en la injusticia de decir algo inadecuado, dudoso o falso. Mientras no se tienen pruebas evidentes, siempre hay riesgo de difamar si se expresa una hipótesis o sospecha, que en algunos casos produce un daño irreparable.

El silencio es sabiduría para escuchar la única Palabra. “El que hable, que hable palabra de Dios”. Di sí o no, lo que excede de ahí procede del maligno.

Es mejor callar y escuchar, que inventar para hablar.

Ángel Moreno Sancho
Capellán del Monasterio Cisterciense “Madre de Dios” en Buenafuente del Sistal


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