El diálogo entre fe y cultura encuentra en la escuela católica su ámbito más adecuado. La fe, en dicho diálogo, ha de tener, por una parte, una actitud de permeabilidad, es decir, saber inculturarse; pero al mismo tiempo ha de ser, mediante los valores que la configuran, fermento de evangelización.
Cuando hablamos de que lo específico y más característico es la dimensión de fe, no queremos decir que exista un desinterés por las realidades del mundo, particularmente aquéllas que incuba la injusticia. Al contrario, el creyente cristiano tiene la obligación imperiosa de hacer realidad, aquí y ahora, germinalmente, lo que cree y esto pasa inexorablemente por dignificar al Hombre, en su dimensión personal y social.
La confesión de Dios como Padre nos lleva a hacer realidad la fraternidad universal de todos los hombres y ésta obliga a ser solidarios de la manera más radical y, al mismo tiempo, más hermosa del ser humano: ser hermano de todos los hombres, al estilo que proclama Jesús de Nazaret, en un afán de hacer el mundo más justo y humano, en el que los sujetos preferenciales sean los más pobres.
La fe que no lleva necesariamente a un compromiso es una fe vacía de contenido. La fe que no insta a la escuela católica a hacerse más cercana a los débiles, que no educa a sus alumnos en la justicia, fuente de una mayor igualdad, fruto de la fraternidad confesada, y que les impele a construir una sociedad más humana, es una escuela que no está siendo fiel a su misión y, por consiguiente, no tiene razón de ser.
Lo nuclear de la fe cristiana se centra en la plenitud de la humanidad que se basa en la resurrección de Jesucristo. Dicha plenitud, que es objeto de fe, debe cristalizar dentro de la vida misma en aspectos concretos, que pueden ser tangibles y significativos. En las actuales circunstancias, a nuestro modesto entender, además de la calidad de enseñanza, que es patrimonio de cualquier centro educativo, hay aspectos comunes a toda la escuela católica que debe ser objeto de revisión para ser más creíble. Destacamos algunos de ellos:
¿Hay una presencia significativa de centros católicos en zonas marginales?
Ante el fenómeno de la inmigración, que conlleva un mestizaje cultural y religioso, ¿están nuestros centros suficientemente preparados?
¿Existen en los centros católicos un plan articulado que sensibilice para luchar contra la xenofobia y las bolsas de pobreza?
En una sociedad que silencia cada vez más la voz de Dios y que camina galopante de la secularización al secularismo, nuestros centros ¿manifiestan explícitamente, sin ningún tipo de ambigüedad y complejos, la fe?
Carlos Ruiz Fernández
Miembro del Consejo Escolar del Estado por Escuelas Católicas
Domingo, 19 de febrero
Escuelas Católicas
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni