Una de las mejores formas de conocer el cambio que se ha producido en nuestro país en las últimas décadas es ser, como yo lo soy, relativa usuaria del transporte público. La uniformidad de años atrás en cuanto al estilo, el color o el lenguaje de años atrás, casi ha pasado al rincón de los recuerdos. Es como si a una fotografía maravillosa pero en sepia, le hubiésemos empezado a dar color y eso nos ayudase a reconocer sus imágenes más vivas, más auténticas, más próximas a lo que es la realidad de un mundo en el que caben muchas razas, culturas y formas de expresar probablemente lo mismo y sobre todo, muchas historias detrás de cada uno de los rostros que las representan.
Ver gente tan diferente me hace pensar que nos vamos haciendo mayores, o mejor grandes, me gusta más. Cuando observo que en el ambiente todo es natural, que nadie ofende con sus gestos ni mucho menos con palabras a nadie porque le produzca el más mínimo asombro o rechazo, es cuando más feliz me siento, porque me atrevo a interpretar que esas personas que han dejado sus raíces para venir aquí, la mayoría corriendo muchos riesgos, se han sentido acogidas, se sienten cómodas y quieren, porque lo necesitan y lo necesitamos, formar parte de una sociedad que las considera no sólo mano de obra circunstancial sino ante todo lo que son, personas.
Sabemos que la mayoría no ha venido por placer, aunque muchas veces hasta juzgamos sus decisiones duras, durísimas, de separación familiar, desarraigo de su tierra...
Pensar que les podemos ofrecer unas condiciones de vida algo mejores que las que tenían nos tranquiliza y nos basta para no implicarnos más allá. Pero los problemas no terminan ahí para ellos, la peor parte se la lleva la familia, que se ve afectada tanto en su estructura como en una de sus fundamentales tareas, la educación.
El hecho frecuente de tener que emigrar dejando a los hijos al cuidado de otros familiares no sólo entraña en sí mismo un sentimiento desgarrador. Con ello desaparece en gran parte algo tan fundamental como es la comunicación en el ejercicio de las relaciones padres-hijos. Pueden hablar, los teléfonos cumplen este servicio, pero la comunicación es otra cosa que necesita del contacto, de los sentidos, de la cercanía espiritual y física, porque si no, es muy fácil convertirse en extraños para los propios hijos cuando están en una etapa tan decisiva en su formación. Así ocurre que, cuando después se reencuentran, no se reconocen y la vida familiar se convierte en un auténtico conflicto porque la autoridad de los padres ha perdido en parte su sentido y validez.
No todos los casos son tan dramáticos, hay familias que se arriesgan unidas a la aventura, pero la adaptación y la posterior integración tampoco es sencilla, especialmente para los niños. Los colegios no han conseguido todavía asumir con eficacia esta nueva realidad que les afecta en primera persona, porque los niños tienen que ser escolarizados en centros que carecen de medios y de preparación para acoger tan diferentes situaciones a la velocidad a la que se están viendo obligados.
Pretender que un alumno alcance un nivel académico aceptable en situaciones como deficiencias en la comprensión del lenguaje, retraso curricular, desarraigo social, ambiental e incluso familiar en algunos casos, es una utopía pero a la vez es el día a día que se vive en la mayoría de nuestros colegios. Pedir que los padres colaboren ejerciendo su responsabilidad en esta tarea es deseable, pero, ¿se les puede exigir mucho cuando se ven obligados a trabajar horarios interminables para procurarles algo todavía más necesario como la alimentación y la vivienda?
Por eso no es suficiente con verles integrados en el paisaje como decía al principio. Este es el primer paso, pero se merecen mucho más. Se merecen que nos asomemos desde el corazón a esa otra parte de su mundo que no vemos, por si encontramos un resquicio por donde ofrecerles algo del nuestro, de lo que somos o de lo que tenemos. Seguro que lo encontramos.
María Eulalia Salcedo
Madre de familia
Martes, 29 de mayo
Escuelas Católicas
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester