Cuándo hablamos de “necesidad”, lógicamente no nos referimos a esa necesidad de llegar donde el Estado no puede, propia de épocas pasadas en que la Iglesia hizo una labor supletoria en no pocos servicios. En las actuales circunstancias, los logros sociales permiten que el estado pueda y deba cubrir todos los puestos escolares. Por eso entendemos dicha “necesidad” como manifestación democrática que exige un pluralismo ideológico y, por consiguiente, educativo.
Existe una concepción, extendida en la administración pública, de entender la enseñanza privada concertada como red subsidiaria de la pública; y otra, la que Escuelas Católicas defiende, como así se desprende de la LOE, como red complementaria.
A nuestro modesto entender, considerar hoy la enseñanza privada concertada como subsidiaria de la pública implica un trato discriminatorio, que atenta contra uno de los fundamentos democráticos, recogidos en la Constitución Española y la LOE, como es el derecho de los padres a elegir libremente, dentro de unos criterios razonables, el centro que quieran para la educación de sus hijos.
Aquéllos que hablan de subsidiariedad fundamentalmente se basan en el hecho de que los fondos públicos son para los centros públicos. Recordando la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: sólo cuando los primeros tengan cubiertas sus necesidades, las “migajas” sobrantes irían para los concertados.
Falazmente se suele argumentar también, haciendo referencia a lo que sucede en otros sectores o servicios, como por ejemplo en la sanidad. Pero entendemos que la relación y dependencia de los centros privados concertados respecto a las administraciones públicas no son equiparables en modo alguno a los establecidos en sanidad, pues en ningún otro sector los valores tienen la relevancia que poseen en educación. En servicios como la sanidad, donde existen consorcios, se busca más la operatividad y la eficacia que otros elementos que, aunque importantes, no influyen significativamente en la finalidad que se persigue; sin embargo en educación, los valores son consustanciales e intrínsecos a la propia finalidad. Hablamos por ello de “educación en valores” y “educación desde unos valores”.
Ahora bien, todos sabemos que los valores sólo pueden ser transmitidos con garantía, cuando el educador no sólo los respeta, sino que está convencido de ellos y existe una institución, en este caso titularidad, que además de proponerlos, vela por su fiel cumplimiento.
Damos ahora un paso más. La razón de ser viene avalada por la complementariedad y ésta se justifica única y exclusivamente cuando la escuela católica aporta aquello que le es propio. Le caracteriza y distingue su visión trascendente del hombre, del mundo y la historia, orientando el compromiso cristiano del alumno hacia la transformación de las estructuras sociales y culturales, en aquello que contradice al Reino de Dios. Hoy, posiblemente más que nunca, al vivir en una cultura que hunde sus raíces en tierra seca de Dios y que proyecta una historia aprisionada en los horizontes de su propia limitación, la razón de ser y de estar de la escuela católica cobra mayor fuerza y necesidad. Hablamos, por consiguiente, del diálogo entre fe y cultura.
Carlos Ruiz Fernández
Miembro del Consejo Escolar del Estado por EC
Domingo, 19 de febrero
Escuelas Católicas
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
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