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El caos organizado. La fase de concentración de la Shoá: Los guetos

Permalink 28.02.15 @ 11:18:57. Archivado en La política desde fuera

El Caos organizado

La Fase de Concentración del proceso de destrucción de los judíos europeos

En abril de 1940 se levantan los muros del gueto de Łódź. Esa ciudad polaca, clave por su localización, extensión y tejido industrial, se convierte en el primer centro de concentración de población con destino al exterminio. De esa medida, el Tercer Reich obtendrá réditos económicos y soluciones demográficas antes de su desmantelamiento y de la evacuación, deportación y aniquilación de sus habitantes.
La concentración de población designada estatalmente como judía constituye el tercer paso del proceso de destrucción de los judíos de Europa por parte del Estado Nacionalsocialista, tras la identificación y el expolio.
Se procedió, por tanto, a la separación de la población judía de la no judía y al hacinamiento de los judíos en las ciudades. Los guetos fueron la respuesta de las autoridades nacionalsocialistas a ese objetivo de segregación y control físico de los judíos en zonas amuralladas y vigiladas. De hecho, esta medida constituyó la fase previa al exterminio, sin que haya por ello que deducir necesariamente que estaba ya decidido en la planificación de las autoridades nacionalsocialistas como objetivo explícito y registrado documentalmente.

Sin embargo, tampoco en este caso las políticas nacionalsocialistas inventaron nada.
En cuanto a la identificación y el marcado externo de un parte de la población del propio Estado hay antecedentes históricos:
El Decreto del Califa Omar II (califato: 634-644) por el cual los cristianos deben llevar cinturón azul y los judíos amarillo.
El IV Concilio Lateranense de 1215 por el que se impone la obligación a los judíos de llevar un distintivo en la ropa.
En cuanto a los guetos, el Sínodo de Breslau de 1267 ya establece que los judíos sólo pueden habitar en el barrio judío.
En España, las Leyes de Ayllón, de 1412, aprobadas para el reino de Castilla, reinando Catalina por minoría de edad de Juan II, impone medidas como la retirada de la autonomía judicial de la aljama , la prohibición de ciertos oficios, como médicos, arrendatarios, boticarios, carniceros, zapateros, etc., la imposición de llevar barba y pelo largo y marca distintiva en la ropa y la obligación de vivir en barrios cerrados. Como se ve, en este caso, ya estaban contempladas la identificación y la concentración. En 1414 se aprueban, para Aragón, medidas similares. En las Cortes de Toledo, en el año 1480, los Reyes Católicos adoptan medidas similares, con la diferencia de que en esta ocasión son aplicadas con el máximo rigor: En particular, el apartamiento riguroso de los judíos en barrios separados cercados por muros para evitar “confusión y daño de nuestra santa fe” . Estas políticas formaban parte también de intentos por dar solución a problemas sociales y económicos, si bien el factor religioso en ese momento resultaba ser el de mayor eficacia política. El Tercer Reich adoptará, por el contrario, una retórica cientifista, biologicista, más ajustada al prestigio de lo científico (la bata blanca frente a la sotana) propio de las primeras décadas del siglo XX.
Los guetos, como tales, ya existían, de hecho, desde el siglo XVI: La mayoría de los historiadores convienen en que el vocablo procede de la expresión italiana “Ghetto Nuovo” (“Nueva fundición”), nombre que se le dio al barrio judío de Venecia en 1516, ubicado en lo que había sido una fundición. El primer gueto importante fue fundado en Roma, en julio del año 1555 por Giovanni Caraffa, Papa Pablo IV, después de firmar la bula “Cum Nimis Absurdum” que obligaba a los judíos a vender sus propiedades a bajo precio, llevar una señal distintiva, usar sombreros de color amarillo o verde claro los hombres y velos las mujeres.

Las innovaciones del Tercer Reich iban dirigidas a la implantación rigurosa de los guetos y, sobre todo, a constituir una medida provisional para resolver desajustes demográficos, generados por ellos mismos en gran medida, hasta el momento de la deportación definitiva a los campos de exterminio, verdadera novedad tecnológica, científica y política sin precedentes históricos.

Los puntos de concentración para el establecimiento de los guetos debían ser pocos y, sobre todo, cerca de importantes nudos ferroviarios, con el fin de facilitar la llegada a ellos de los trenes con población del Reich y, más adelante, la deportación a los campos de exterminio, aún sin construir (el primero de ellos, Chełmno, inicia sus operaciones en diciembre de 1941).
Por último, el proceso de concentración había de ser completado con la deportación de los judíos y gitanos de la zona alemana al Gobierno General y, después, a los territorios incorporados, dejando el Reich «limpio» de judíos, polacos y gitanos, en función de la marcha de la guerra y de las sucesivas incorporaciones de territorios y de los movimientos de población.

Sin embargo, estas fases del proceso, que se completan con el exterminio, no se desarrollaron en una secuencia lineal, limpia ni ajena a obstáculos ni como una máquina perfectamente engrasada. En ciertos momentos se solapan, se implementan a diferentes ritmos e, incluso, obedecen a distintas políticas que, en ocasiones, entran en conflicto o se superponen. De esas fricciones y de la competencia burocrática y operativa de los organismos del Reich que intervinieron en el proceso, no se derivó un estancamiento de la maquinaria de destrucción, sino la aceleración, no siempre dotada de la tópica eficiencia germánica, del exterminio. Las actuaciones a corto plazo, que respondían a intereses partidistas de signo dispar e, incluso, contrapuesto, confluyeron por medio de automatismos institucionales en la destrucción de los judíos, y en la destrucción del propio Reich al cabo de 12 años desde su constitución. La clásica polémica entre los analistas del Holocausto, que podrían dividirse entre intencionalistas y estructuralistas (o funcionalistas), merece ser enfocada desde un ángulo menos maximalista, menos maniqueo, a salvo de reduccionismos. Acciones que obedecían a finalidades o intenciones concretas, pragmáticas y a corto plazo y dotadas de un grado de autonomía considerable, que no necesitaban de la orden explícita de Hitler ni aun de Himmler o Göring, confluyeron, sin embargo, en la Solución Final. Y ello sin perjuicio de que estuvieran animadas en muchos casos por pulsiones homicidas de legitimación ideológica, de un fanatismo racista y antijudío en especial, pero que, en todo caso, no pueden explicar por sí mismas el exterminio, como si la política del Tercer Reich pudiera reducirse a la catarsis de unos cuantos psicópatas con el poder que un Estado y su Ejército proporcionan. En una suerte de armonía preestablecida leibniziana y homicida, las mónadas o rodamientos que componían la maquinaria nacionalsocialista, relativamente independientes entre sí y hasta enfrentados en determinados casos, se orientaron en la misma dirección , como las virutas de metal ante la fuerza del imán, y produjeron el peor de lo mundos posibles. Esta coordinación material, esta confluencia estructural, no teleológica, es una de las claves que nos toca estudiar para entender la Shoá, sin descontar por completo lo factores ideológicos y finalistas que a distintas escalas pudieron influir en el proceso. Y es que las políticas demográficas del Tercer Reich se enfrentaban en ocasiones a importantes fricciones entre organismos con intereses divergentes, por mucho que coincidieran en el objetivo común de la expansión territorial, la recuperación económica y la victoria bélica. De esa competencia, que generaba interferencias con cierta frecuencia, salió el perfeccionamiento en el asesinato en masa de judíos, prioritariamente. Es lo que Goebbels denominó “Caos organizado”.
Uno de esos conflictos competenciales se produjo entre Himmler y Hans Frank, gobernador General de Polonia. Ante la oposición de Hans Frank a admitir más judíos en su territorio por falta de espacio, el 23 de marzo de 1940 Göring ordena no enviar más transportes al Gobierno General sin la autorización de ambos. El 23 de octubre de 1941, se aprueba una Orden, firmada por la Oficina Principal de la Seguridad del Reich, por la cual queda prohibida la emigración de los judíos del Reich. Hasta octubre de 1941, 537.000 judíos del Reich habían abandonado sus territorios: 360.000 del antiguo Reich, 147.000 de Austria y 30.000 de Bohemia-Moravia.
Este cambio en la política migratoria es parte esencial del plan de destrucción de los judíos europeos. Tras el cierre de fronteras vino la evacuación forzosa a los guetos y, luego, a los campos.
Aún quedaban entre 300.000 y 400.000 judíos en el área del Reich-Protektorat, a los que habría que añadir 2 millones más con la invasión de Polonia.

El problema del hacinamiento de los judíos en guetos, una vez levantados en Polonia desde abril de 1940, pasó a ser responsabilidad de cada una de las regiones polacas ocupadas, por lo que adquirió un carácter descentralizado. Por eso, tampoco la formación y el funcionamiento de los guetos respondieron a patrones enteramente homogéneos. Así, los dos guetos más importantes, el de Łódź y el de Varsovia, encarnaron dos modelos económicos diferentes: el primero el gueto-fábrica, con moneda propia incluso. El segundo, la selva económica, en la cual el mercado negro, la corrupción y los sobornos constituían las actividades económicas preponderantes.
En cuanto al aspecto financiero, justamente, hay que decir que los guetos pasaron a ser resortes de la economía de guerra alemana. La mano de obra de los guetos resultó productiva, de tal manera que los judíos de los guetos (como de un modo similar después en los campos) se vieron abocados a la trágica paradoja de que la única posibilidad de su supervivencia radicaba en el hecho mismo de ser indispensables para la economía bélica del Tercer Reich y, por extensión, para su victoria en la Guerra. Su supervivencia era su muerte y su muerte, su supervivencia.
A la concentración, control, dependencia, expolio, explotación y hacinamiento se sumó el aislamiento de las comunidades judías de cada ciudad, cuyas comunicaciones con las demás ciudades se vieron cortadas, lo que hacía muy difícil coordinarse para la resistencia.

Pero, a pesar de ese aislamiento casi hermético y de las condiciones de vida extremas que eran cotidianas en los guetos, hubo ejemplos heroicos de resistencia armada que impugnan el tópico de los corderos camino del matadero . Los más destacados son el de Varsovia, el 19 de abril de 1943, y el de Białystok, el 16 de agosto de ese año. Los judíos que combatieron contra la maquinaria de exterminio nacionalsocialista se levantaron en armas una vez liberados de la esperanza, ese mecanismo anestésico de poder.


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