No hay ceremonia sin Dios
05.06.09 @ 20:16:26. Archivado en La política desde fuera
El ámbito de las creencias se alimenta de relaciones que el sujeto establece con un campo de trascendencia que escapa necesariamente a lo empírico. La fe consiste en una fuga de la inmanencia que responde a una urgencia de inmortalidad inaccesible para la racionalidad dialógica, precaria y finita. El aparato litúrgico hace que esa dimensión de trascendencia inherente a la fe sea viable. De ahí que lo religioso no vincule con el Absoluto, cuya existencia o inexistencia es asunto sencillamente irrelevante, sino con otros (los fieles), con los que se construye una ligazón (re-ligatio) que posibilita y legitima la trascendencia que sólo el grupo atributivo, en el que los individuos dejan de serlo propiamente, proporciona. Al fundarse en ese vínculo, la liturgia lo es todo en el campo de lo sagrado. La religión no consiste en la creencia en un ser trascendental, pues esto se reduce a un problema meramente psicológico. La religión consiste en el entramado cuidadosamente elaborado de ritos y ceremonias que escenifican la trascendencia para la mirada del rebaño, de la tribu, del partido, y lo hacen allí donde no hay trascendencia alguna. No hay ceremonia sin Dios, sea cuál sea la noción que se crea tener del Absoluto. La existencia de Dios o del Ser Absoluto no compete a la religión. Compete a la Teología. La religión se nutre de liturgia, de teatralización (como ejemplarmente muestra el Barroco), no de argumentos o pruebas.
Hoy, ese teatro de escenificación ritual aparece modélicamente tallado en el ámbito de la política, hasta el extremo grotesco de las “ceremonias civiles” (bautizo incluido, en un caso reciente). Esta sustitución de una determinada carcasa (o forma) de la trascendencia que ya no es funcional (el antiguo Dios de las religiones positivas) por otra conservando el mismo contenido (trascendental) fue perpetrado durante la Revolución Francesa, erigiendo altares a La Diosa Razón (esa contradicción en los términos), que no era más que la máscara del Dios Estado, aparato dotado del monopolio de la violencia y de la construcción de conciencias a través de la liturgia y la imagen (hoy día amplificada por los canales masivos de “comunicación”) sin las que el Poder no sería, pues, como sabían Maquiavelo y Guicciardini, el Poder es imagen: “che colui che inganna troverrà sempre chi si lascerà ingannare” (“aquel que engaña siempre encontrará a quien se deje engañar.”), Maquiavelo, El príncipe, XVIII.

Comentarios:
Gracias por la consulta y espero haber sido más claro en esta ocasión. Si no es así lo intentaré cuando me lo solicite.
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José Sánchez Tortosa
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