La impostura de la creación artística
25.05.09 @ 13:11:37. Archivado en La política desde fuera
F. Umbral: “La prosa es prosa porque tiene sombra, la sombra del tío que está encima. Si no tiene sombra es poesía.”
El autor, como sujeto psicológico, no hace sino proyectar sombras sobre su obra. La obra es independiente, tiene vida propia como combinatoria de palabras (colores, imágenes, sonidos) una vez sale de las manos del que la ha producido. Los avatares biográficos del sujeto humano son irrelevantes para calibrar el valor estético de su obra. Autor y obra son dos planos inconmensurables.

El olvido de esta distinción (y la tendencia al idealismo, que es cristianismo más o menos disimulado) conduce a la mistificación contenida en la denominación de “creación” (y, correlativamente, “creador”) para designar la producción (poiesis, en griego) de objetos ideados para el deleite estético. La impronta de esta terminología diluye el abismo entre autor y obra, los vincula metafísicamente en una unidad de destino en lo estético, en una santísima dualidad bajo la que ganarse una consideración mercantil y social que, sin esa estrategia, sería complicado obtener. El artista no es más que el productor de una mercancía con características específicas y cuyo precio en el mercado está determinado no por su valor de cambio (esto es, por el tiempo de trabajo necesario para su producción, en definición marxiana), sino por su valor de uso en tanto que artículo de lujo, en base a la reputación taumatúrgica de cuanto sea considerado “cultura”. Autodenominándose como creador, y no mero productor, se eleva por encima del resto de los mortales en pos de unos ingresos que no se concederían al simple fabricante de objetos. Sean motivos pragmáticos o sincera “conciencia” de “creación”, la impostura resultante es la misma y se erige sobre unos cimientos enteramente metafísicos, de humo y engaño. Que el sujeto en cuestión se engañe a sí mismo o sólo a lo demás es completamente trivial.
Y, precisamente, un productor de objetos “artísticos”, José Luis Díez, objetos cinematográficos en este caso, ha logrado consumar, en la cuidada confección de series de planos acerca de otros objetos “artísticos”, cuadros en su caso, ese absoluto abismo, que también lo separa a él mismo de su obra. Se trata del documental Apuntes al natural, que aborda la obra del pintor Joaquín Devesa. En él, en la inteligente paralela que simultanea obra y autor, los planos que miden la belleza escondida, sutil, contenida, geométrica de los lienzos, van desmintiendo sistemáticamente las banales palabras del autor — minúsculo y transitorio sujeto psicológico demasiado apegado emocionalmente a su producción — sobre una obra de la que no sabe nada, porque no puede saber nada de ella. Mientras el pintor habla de la sensualidad y de la vida que pretende aliento íntimo de su pintura, los lienzos ofrecen con implacable precisión el rigor geométrico de unas imágenes que escapan de esa retórica y de la sentimentalización de la belleza y se ciñen a la claridad escrupulosa de líneas, curvas y ángulos.
El cine muestra en este cortometraje la fractura entre esos dos planos separados, la inmanencia de una obra que huye de la sombra del sujeto que ocasionalmente la produjo. Los apuntes al natural quedan fijados, refinados, ensalzados en la grandeza de la serie artificial de planos, que meticulosamente los superan. El silencio del director enmarca y resalta la cacofonía sin valor del discurso de quien se coloca por encima de su obra o, siquiera, vinculado a ella.
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José Sánchez Tortosa
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