La crisis y la moral
09.05.09 @ 13:24:10. Archivado en La política desde fuera
Las respuestas del ser humano ante las catástrofes suelen nutrirse de elementos supersticiosos, voluntaristas e idealistas que se puedan ajustar a sus necesidades existenciales, de manera tal que se encuentren explicaciones o respuestas satisfactorias que no le dejen inerme, al menos en lo que toca a la tranquilidad de la conciencia, frente a la situación que le ha tocado vivir y ante la cual no puede hacer otra cosa que lamentarse y buscar culpables para calmar su angustia y su impotencia.
Así, vemos cómo, de forma recurrente, se esgrimen argumentos de corte moral sobre realidades que no lo son. Se atribuye a la naturaleza (sin definir a qué pueda aludir exactamente tal término) una especie de espíritu de venganza (manoseado e inelegante antropomorfismo) en forma de pandemia y otros desastres por la conducta culpable del ser humano, único agente del Apocalipsis (un ejemplo reciente puede encontrarse en un artículo de Sánchez Dragó en El Mundo). O se señala como causas de la crisis financiera global a la conducta inmoral (“la ambición desmesurada”, “una escala de valores perversa”) de unos cuantos ejecutivos de alto nivel (como, también en reciente columna en El Mundo, propone Cuartango: “hay que moralizar la economía”), invocando, sin rubor, la autoridad de Marx, cuyas predicciones puedan haber fallado en muchos aspectos pero al cual no se le puede atribuir un análisis moral del modo de producción capitalista (en su obra de madurez de manera inequívoca), como sí hacen algunos anarquistas, pues el aparato teórico que Marx pone en funcionamiento para describir ese sistema deja deliberadamente fuera el componente humano como factor explicativo (lo moral, lo psicológico), sencillamente porque no lo explica. Introducir tales elementos convertiría su pensamiento en el idealismo y voluntarismo que pretende destruir críticamente, sin perjuicio de que fragmentos de su obra apunten, aun contra su propio propósito filosófico, hacia una tendencia hegeliana de la que no logra deshacerse completamente. El valor del análisis marxiano radica en aislar (como la labor teórica suele hacer) el problema en cuestión, dejando a un lado los elementos coyunturales que no pueden aportar claridad alguna al estudio. La tendencia del modo de producción capitalista no se explica por la ambición, la avaricia o cualesquiera otras características psicológicas e individuales, como si la “voluntad” de ciertos sujetos la determinara. Esa tendencia del sistema responde a la lógica interna del mismo y a las condiciones materiales (histórico-políticas) que lo constituyen.
Por tanto, cuando se habla de moralizar la economía o bien se está hablando, en realidad, de politizarla, o bien no se entiende qué pueda querer decirse, más que en el terreno inaprensible y tramposo de la metafísica de la voluntad o de la teología de los sentimientos, vulgo psicología. El debate está abierto: o Estado (política) o Mercado (economía). Pero lo que supone un error de análisis es pretender que la crisis presente pueda explicarse como una consecuencia de un capitalismo puro (“salvaje”) o por la proverbial usura de los poderosos. Porque no hay tal capitalismo puro. Lo que hay es un sistema en el que lo político y lo económico están entrelazados e interactúan constantemente. Prueba de ello es que el llamado Estado del Bienestar o Estado social no es posible más que a partir de las condiciones materiales que el propio capitalismo (y no otro sistema) pone en juego.
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José Sánchez Tortosa
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