La liturgia del 1º de mayo
05.05.09 @ 17:31:56. Archivado en La política desde fuera
Los sindicatos obreros encarnan hoy en nuestras sociedades el triunfo postmoderno de la envoltura retórica de un anacronismo. Y las manifestaciones del 1º de mayo no dejan de ser una liturgia más, un rito cíclico que, lejos de hacer tambalear el sistema (en crisis, ahora) lo consolida por el sutil procedimiento de no tocarlo y, simultáneamente, aplacar las muy católicas conciencias de las gentes de este país (se quiera o no, se acepte o se niegue), pues no es superfluo recordar que los aparatos sindicales han sido absorbidos por el Estado, frente al que nada harán por su sometimiento subvencionado.
Toda política es artesanía de la imagen, es iconotécnica, producción de consenso masivo no por medio de la coerción explícita, sino de mecanismos de propaganda y retórica. Esta depurada técnica es posible bajo condiciones tecnológicas, demográficas e históricas muy determinadas, como son cierto nivel de desarrollo económico, grandes masas de población, un sistema que genera la ilusión de la libertad de elección (la ilimitada oferta en el consumo, la ilimitada oferta en La Tele, etc. en la que no hay libertad, sólo indiferencia, por exceso de opciones), imposibilitando, en tanto que ilusión, una auténtica libertad entendida como conocimiento e independencia, medios de difusión masificados, no ya dirigidos a las masas sino productores ellos mismos de esas masas, en la medida en que producen los aparatos de creencias, costumbres y ritos que, sin perjuicio de que eventualmente sean muy variados, las constituyen materialmente. Se trata de una técnica ya que construye procedimientos de consenso y aceptación independientemente de los contenidos que puedan llegar a tener esas creencias generadas. Y es que, en la medida en que las palabras han sido cuidadosamente vaciadas de significado, en el lodazal totalitario del relativismo absoluto, es irrelevante para la consistencia del sistema lo bondadosas, humanitarias, subversivas o liberadoras que las consignas, lemas y pancartas sean desde el punto de vista psicológico o, incluso, ideológico de quien las profiere. Lo relevante, lo esencial es la fortaleza retórica, el poder imaginario, fantasmático que ejerzan sobre ese sujeto amorfo y ecolálico al que se concedió la soberanía cuando era ya incapaz de ejercerla.

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José Sánchez Tortosa
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