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Sobre el idealismo democrático

Permalink 02.03.09 @ 17:35:34. Archivado en La política desde fuera

El idealismo democrático (o fundamentalismo democrático, en terminología de Gustavo Bueno) radica, en esencia, no ya en postular La Democracia como el mejor de los sistemas políticos (“el mejor de los mundos posibles”, de Leibniz), sino en la fe en que los procedimientos democráticos son, no sólo los más “justos” o “valiosos moralmente”, sino los más eficaces.
Así, en la democracia se daría una fusión o identificación entre lo normativo y lo fáctico (la tan añorada comunión entre deber ser y ser). Podría ser así, en todo caso, si las partes del conflicto que se gestiona por medio de dichos procedimientos democráticos se ciñeran a la horma de la democracia. Sin embargo, no ya cuando se enfrentan un grupo democrático con uno que no lo es, sino, incluso, cuando se enfrentan grupos que forman parte, al menos retóricamente, de eso que denominamos democracia (por ejemplo, en unas elecciones autonómicas o generales), lo que determina el comportamiento y el resultado del conflicto son causas materiales que pueden o no ajustarse a lo que en cada contexto histórico se acepta convencionalmente como democrático. Independientemente de que esos entramados de fuerzas de poder cristalizadas en estructuras electorales estén formadas y aun lideradas por individuos de firmes convicciones democráticas, los procesos que determinan sus modos de actuación tienen más que ver con la correlación de fuerzas, los presupuestos locales o regionales, el control de la propaganda y la retórica mediática y otros mecanismos sociológicos y económicos bastante complejos que con la iniciativa personal democrática (el “espíritu” “democrático”) de los sujetos envueltos en esas redes de poder, cuya influencia tiende a cero.
Ejemplo de este idealismo es el análisis que El Mundo realiza hoy en su editorial sobre las elecciones en el País Vasco. En él, atribuye el éxito del candidato socialista (potencial lehendakari) a las buenas maneras con que ha llevado a cabo su campaña electoral, integrando a “todos los vascos”, sin exclusiones, esto es, a sus palabras “democráticas”, ya que no podemos saber si esas palabras corresponden a convicciones que también son democráticas (eso pertenece al ámbito metafísico del psicologismo) ni a hechos democráticos, en la medida en que aún no está en el poder de la Comunidad Autónoma vasca.
En todo caso, y desde el punto de vista de la propia lógica de la democracia, parece saludable que los gobiernos de las comunidades autónomas que hasta ahora detentaban el poder sean desbancados. Más aún si tenemos en cuenta que, en ambos casos, son gobiernos nacionalistas cuyas políticas se basan en principios étnicos y lingüísticos inadmisibles políticamente dentro de un paradigma democrático. A pesar de ello, cabe la sospecha acerca de un posible gobierno socialista en Euskadi. Si bien, extirpar al PNV del gobierno, con cuyas estructuras administrativas se identificaba (otro ejemplo nítido de ausencia de democracia real), supone un soplo de aire fresco (“democrático”) no se puede estar seguro de que el socialismo en Euskadi no vaya a seguir una estrategia paralela a la seguida en Cataluña, con lo que el nacionalismo, lejos de verse relegado al papel de exótica minoría dedicada a la conservación de tesoros culturales del terruño, seguiría imponiendo, por métodos más o menos democráticos (legales, habría que precisar), fundamentos ideológicos no democráticos, para cuya calificación el término reaccionario acaso quede demasiado pálido.
Como los panegiristas de lo políticamente correcto y de los nacionalismos arguyen, estos gobiernos, sin embargo, harían “política social”, a diferencia de la “derecha” (como si el BNG o el PNV pudieran catalogarse como de izquierdas). Sin mencionar que no suele definirse qué se entiende exactamente por tal cosa, el argumento es falaz y tramposo: Signifique lo que signifique “social” aquí, en todo caso, no podrá admitirse por tal políticas que segregan a parte de la población (que sea mayoritaria o minoritaria es indiferente para los principios de la democracia) por la cuestión lingüística, principalmente. Por mucha retórica social en la que se gasten los generosos presupuestos autonómicos (asegurando fidelidades, saldando deudas, invirtiendo en favores de futuro, perpetuando el caciquismo o el mero amiguismo), no podrá ser social si sirve como cobertura mediática a medidas que no lo son (en la medida en que no incluyen a todos los socios del contrato, es decir, a los ciudadanos que pagan los impuestos), y que se aproximan más a los totalitarismos clásicos que a las democracias consolidadas. En Extremadura y Andalucía el socialismo lleva haciendo “política social” desde la muerte del dictador, y no parece que en tres décadas se hayan alcanzado demasiados progresos económicos, educativos, etc. También Hitler hizo mucha política social: subsidio de desempleo, vacaciones pagadas a los trabajadores, subvenciones al cine, medidas protectoras del medio ambiente, mucho apoyo a la cultura alemana (conviene recordar que la lengua era uno de los pilares básicos del racismo nacionalsocialista del Tercer Reich). Ya sabemos a qué precio: Ver GÖTZ ALY: La utopía nazi. Cómo Hitler compró a los alemanes.

El idealismo democrático, en tanto que idealismo, compromete una visión de la realidad anclada en resortes de tipo metafísico que oscurecen el análisis, cegando a los actores de los conflictos e impulsando sus acciones en base a esa lectura idealizada, voluntarista y desiderativa, incluso utópica, que niega la esencia constitutivamente conflictiva de la realidad, y cuyas consecuencias, como no puede ser de otro modo, suelen resultar nefastas. El problema de la distorsión de la realidad que este tipo de pensamiento débil acarrea no es un problema para la realidad, sino para los que son afectados por la concepción distorsionada. El efecto es doble: el idealismo deforma y desenfoca el análisis y, además, empuja a la acción, según esa idea del problema que se tenga, con tanta más fuerza cuanto mayor sea el grado de convicción o fe que se tenga. La ignorancia proporciona certeza. El conocimiento genera dudas.
Un significativo ejemplo nos lo brinda Egon Friedler (Entender a Hamas):
"A mediados de 2005 una áspera polémica dividió a la opinión pública en Israel. De un lado, el llamado “campo de la paz” de izquierda y centro izquierda, del otro, el campo nacionalista de derecha y centro derecha. El gran tema divisivo era la “desconexión” o sea la salida unilateral de Israel de Gaza. La intensa campaña nacionalista no hizo cambiar el rumbo impuesto por el entonces Primer Ministro Ariel Sharon. En agosto se realizó la traumática evacuación de los colonos judíos en Gaza por parte del ejército de Israel. Fue un espectáculo lleno de escenas patéticas : unos judíos obligando a otros judíos a abandonar sus hogares para dejárselos a árabes hostiles.
El coraje cívico del gobierno israelí de entonces fue celebrado por gran parte de la comunidad internacional. En Gaza se terminaba con el famoso “mantra” de los territorios ocupados. Dentro de esa zona los palestinos solos decidían su destino. No faltaron ni las esperanzas utópicas ni las iniciativas de buena voluntad. En círculos de las Naciones Unidas hubo especulaciones de la conversión de Gaza en el modelo de un futuro estado palestino eficiente y bien organizado y generosos donantes internacionales compraron viveros modelo de los colonos judíos para regalarlos a los palestinos evitando así que fueran destruidos.
Todo fue inútil. Los viveros de alta tecnología fueron los primeros en ser destruidos del mismo modo en que fueron destruidas simbólicamente todas las sinagogas que habían sido edificadas en Gaza. Varios grupos armados iniciaron una campaña de hostigamiento con cohetes contra Israel que no ha cesado desde entonces. No cabe la menor duda de que la fallida apuesta de la izquierda israelí al “afán palestino de construir su estado” constituyó un factor decisivo para el desplome electoral del laborismo y el fortalecimiento de la derecha nacionalista."


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