
Lengua común contra idiotez lingüística
Texto basado en la Conferencia pronunciada dentro de la Jornada de Educación: “Un Pacto de Estado de Educación”: Manipulación ideológica desde las Comunidades Autónomas. Imposición de la lengua, organizada por UPYD en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 19 de diciembre de 2009, publicado en Deseducativos:
Cierto exitoso autor de libros de autoayuda, libros que incomprensiblemente suelen ubicarse en la sección de filosofía de las librerías, me reprochaba hace un año, en este mismo lugar, recurrir a Platón al hablar de enseñanza. Mi empecinamiento en dicha referencia no ha hecho, durante este año, más que reforzarse. Es lo malo (o lo bueno, según se mire) de estudiar a los griegos. No se sale de ellos.
En el contexto de la Grecia Clásica, Aristóteles propone la definición de hombre como animal “racional” (“lógico”). Pero logos no es sólo pensamiento, es también palabra, y ley, por lo que cabe considerar la definición aristotélica de hombre como la del animal hablante.
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Una cadena argumental está bien o mal construida, correcta o incorrectamente razonada, sigue los pasos que el razonamiento lógico impone y es fiel a los hechos o no. Un argumento (o una serie argumental) no es ni puede ser machista y apelar a la actitud machista de un adversario político cuando se ha padecido una derrota dialéctica en sede parlamentaria no sólo equivale al balbuceo infantil del “eso no vale” o al recurso protofascista al insulto o la descalificación cuando no queda argumento racional que oponer. Es aun peor. Responde a la vigencia de la retórica más pueril y zafia, pero más eficaz en un contexto en el que el rigor del pensamiento y la lógica están bajo sospecha y nada pueden frente a las consignas ideológicas (esas píldoras en forma de lemas sin definir ni justificar) para masas idiotizadas.
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Hay palabras dulces que matan. Hay palabras duras que salvan. Paz. Guerra (Afganistán)
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Cada palabra abre una grieta en la verdad muda del silencio. Irrumpir en ella con la falsedad que el lenguaje contiene inevitablemente supone afrontar el intento de no ser entendido, de no ser escuchado, y aun peor, de ser tenido en cuenta sabiendo que es ontológicamente imposible “decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”.
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No hay que temer por la desaparición del bachillerato. Ya no existe nada que merezca con propiedad tal nombre. Un ciclo de dos cursos con alumnos que proceden de una secundaria sin la menor exigencia académica hace materialmente imposible una mínima preparación preuniversitaria con programaciones inabordables y contenidos que no pueden tratarse más que superficialmente, al estilo ESO.

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En España, la vocación democrática es la reacción a 40 años de dictadura. Por este motivo, se fundamenta en un aparato retórico y acrítico que blande los vocablos “democracia” y “demócrata” como entidades taumatúrgicas que supone sacrilegio tener que definir. Como se trata de una suerte de respuesta pavloviana al largo periodo de régimen autoritario, no está construido sobre fundamentos sólidos (como una tradición parlamentaria, prensa independiente, división de poderes…), sino sobre el tabú del Franquismo y el carácter sagrado de la Transición y la Democracia, y en este contexto, resulta no ya irrelevante definir qué se entiende exactamente por democracia, sino que resulta sospechoso el empeño por definirla, por someterla a crítica.
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El ámbito de las creencias se alimenta de relaciones que el sujeto establece con un campo de trascendencia que escapa necesariamente a lo empírico. La fe consiste en una fuga de la inmanencia que responde a una urgencia de inmortalidad inaccesible para la racionalidad dialógica, precaria y finita. El aparato litúrgico hace que esa dimensión de trascendencia inherente a la fe sea viable.
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A Vicente Torres.
Hablar del ser humano implica referirse a la noción de ser y a la noción de humano, y aun más, vincularlas, postulando que lo humano es (es ser) en un sentido pleno. De modo que tal sintagma no significa nada si no se definen esas nociones por separado y la relación en la que se establece su conexión.
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F. Umbral: “La prosa es prosa porque tiene sombra, la sombra del tío que está encima. Si no tiene sombra es poesía.”
El autor, como sujeto psicológico, no hace sino proyectar sombras sobre su obra. La obra es independiente, tiene vida propia como combinatoria de palabras (colores, imágenes, sonidos) una vez sale de las manos del que la ha producido. Los avatares biográficos del sujeto humano son irrelevantes para calibrar el valor estético de su obra. Autor y obra son dos planos inconmensurables.

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El aparato legislativo que un cuerpo político determinado consuma responde a unas condiciones materiales que quedan legitimadas por esa legislación, o cristalizan en ella adoptando la forma jurídica. Esto no significa, por supuesto, que la forma socio-política se identifique plenamente con la legal. Lo que significa es que el sistema jurídico de una sociedad no puede quedar explicado por la voluntad o las ocurrencias de unos cuantos sujetos determinados —pues, en definitiva, es completamente irrelevante de qué peculiaridad psicológica concreta se trate—, sino por la red de causas materiales por las cuales los sujetos son constituidos y en función de las cuales operan.
En el caso del Proyecto de Ley de Educación de Cataluña (LEC), la ley levanta acta jurídica de una situación que ya es real.
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Las respuestas del ser humano ante las catástrofes suelen nutrirse de elementos supersticiosos, voluntaristas e idealistas que se puedan ajustar a sus necesidades existenciales, de manera tal que se encuentren explicaciones o respuestas satisfactorias que no le dejen inerme, al menos en lo que toca a la tranquilidad de la conciencia, frente a la situación que le ha tocado vivir y ante la cual no puede hacer otra cosa que lamentarse y buscar culpables para calmar su angustia y su impotencia.
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Los sindicatos obreros encarnan hoy en nuestras sociedades el triunfo postmoderno de la envoltura retórica de un anacronismo. Y las manifestaciones del 1º de mayo no dejan de ser una liturgia más, un rito cíclico que, lejos de hacer tambalear el sistema (en crisis, ahora) lo consolida por el sutil procedimiento de no tocarlo y, simultáneamente, aplacar las muy católicas conciencias de las gentes de este país (se quiera o no, se acepte o se niegue), pues no es superfluo recordar que los aparatos sindicales han sido absorbidos por el Estado, frente al que nada harán por su sometimiento subvencionado.

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La posición mínima de defensa del hombre racional se sitúa en la elemental exigencia intelectual de rigor conceptual y terminológico. La libertad cívica e intelectual es defensiva y se juega en la necesidad de destruir los tópicos, lugares comunes y relativismos, la urgencia de disolver, con el corrosivo del combate racional y crítico del pensamiento, las confusiones y vaguedades características del discurso vigente (político, periodístico, publicitario, institucional…).
Recordar la República (la 2ª) y aun reclamar su proclamación (la 3ª) exige definir los términos políticos concretos en función de los cuales se entiende la noción misma de República.

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La potencia estética del lenguaje cinematográfico se alimenta de la economía de recursos dramáticos. La contención límite en los gestos, en la expresión del rostro, le ahorra al espectador la escenificación obscena de los sentimientos. La limpieza argumental cristaliza en diálogos de inteligencia comedida, de brillantez cegadora, tornando en alta comedia trágica lo que parece concebido para el melodrama, coronando ese estado sublime de alta tragedia (en el sentido griego) atravesada por un fondo de humor escéptico, descreído, desesperanzado, materialista, que sitúa a quien se atreva a penetrar en su delectación en el borde mismo de lo verdadero con la fuerza que la posición de la cámara (en todo momento en el lugar óptimo) y la confección de los encuadres (bellísimos primeros planos, definitivos juegos de sombras) le confieren.
El gran Clint Eastwood,
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La esencia de lo religioso no reside en la existencia o inexistencia de Dios o de los dioses. Lo religioso se constituye en la liturgia, en el ceremonial que, independientemente de que la entidad trascendental a la que se implora exista o no, anuda, liga a los fieles entre sí con la cadena que es ese Absoluto escenificado en el ritual.
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La Universidad se ha convertido en un rito de paso. Las instituciones educativas medias y superiores públicas (colegios, institutos, universidades) han perdido su papel académico en nuestras sociedades. Curiosamente (o acaso no), el Estado del Bienestar y las políticas socialdemócratas han culminado el proceso de vaciamiento intelectual de estas instituciones, que, en su lugar, tienen como objetivo preferente otros aspectos del desarrollo del sujeto humano en formación, aquellos vinculados a lo afectivo, a lo psicológico, a lo social, si se entiende por social la mera identificación con el grupo, sea el que sea, en lugar del desarrollo de lo político, es decir, de lo público, lo que une o pone en contacto con otros seres racionales con los que se comparte contexto jurídico, lingüístico, geográfico.
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El idealismo democrático (o fundamentalismo democrático, en terminología de Gustavo Bueno) radica, en esencia, no ya en postular La Democracia como el mejor de los sistemas políticos (“el mejor de los mundos posibles”, de Leibniz), sino en la fe en que los procedimientos democráticos son, no sólo los más “justos” o “valiosos moralmente”, sino los más eficaces.
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Hay momentos anómalos en que la poesía roza una lucidez que parecería ajena, extranjera, intolerable. Hay momentos en que la filosofía alcanza vibraciones de una belleza impropia de la dureza y el rigor que la alimentan. Si la distancia entre novela y filosofía es la presencia del yo, evadido de la segunda, el abismo entre poesía y filosofía acaso se sitúe en el camino, que la primera elude para culminar el hallazgo del verso y que la segunda encarna, entretenida (como un juego, el divertissement pascaliano) en la laboriosa argumentación que es su más íntima razón de ser.
El Yo ha sido dinamitado en ambas. El abismo es de quien lee, asomado al vértigo de lo que no es asumible.
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"Es lengua no sólo diferente, sino extraña, la de la verdad; es amarga, óyese, y en vez de aprenderse, se teme."
(Francisco de QUEVEDO, Defensa de Epicuro contra la común opinión, f. 108 v, 18)
El protagonista de Abre los ojos reclama: "¡Quiero saber la verdad!" "¿La verdad?", responde su interlocutor, "La verdad no podrías soportarla."
Puede resultar muy duro admitirlo pero la primera obligación del ser racional, de la Filosofía, de la Ciencia, del Pensamiento es la verdad. Y la verdad, acaso triste, decepcionante, que desilosiona porque ilusión, consuelo y esperanza son cosa de delirios y creencias, no de conocimiento, es que la diferencia sustancial, en España particularmente, entre lo que se denomina izquierda y derecha es la potencia propagandística de una y otra.
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La adolescencia es una especie de “herida sin cerrar”. Y el adolescente vive su adolescencia como un secreto único, como una promesa de vida, “pues la calma aparente de la noche ocultaba una multitud de vidas llenas de ansiedad”, como un drama que no puede compartirse, como la tragedia individual del que asiste al absurdo del mundo sin que nadie a su alrededor parezca darse cuenta (“¿No es hostil el Universo?”).
Esa esquirla atópica, clavada en espacio o dimensión indefinida, constituye el motor de esa viaje con y contra Venus de Glaukos, el protagonista de Viaje con Venus, deliciosa novela del clásico griego Anguelos Terzakis (Nauplia,1907-Atenas,1979), impecablemente traducida al español por Francesc Passani, a quien no se agradecerá lo suficiente que nos brinde la oportunidad de conocer a este autor, en cuidada edición de la editorial Rey Lear, con la mediación del Proyecto Seléucida.
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