Igualdad de lenguas o de individuos
25.10.08 @ 10:09:27. Archivado en La política desde fuera
El discurso nacionalista es tramposo. La trampa, en lo que concierne a las lenguas, consiste en desplazar la isonomía, o igualdad ante la ley, del plano de los individuos al de las lenguas, con la consecuencia de que se impone una segregación material de individuos por el procedimiento de compensar la desigualdad de las lenguas según una suerte de discriminación positiva. Aun en el caso del bilingüismo sucede algo similar, ya que se pretende una igualdad (entre dos lenguas que no pueden ser iguales) de la que sólo habrían de ser objeto los individuos humanos, en una sociedad elementalmente democrática. Por eso, incluso la reivindicación del bilingüismo se muestra ineficaz como estrategia política o electoral por conceder al nacionalismo el dogma de la igualdad de las lenguas, dogma enteramente metafísico que encubre la discriminación real de los individuos afectados.

La confusión responde a su vez a una concepción de la igualdad que la supone punto final y no punto de partida. La igualdad como punto de partida, lo que denominamos isonomía, es la condición de posibilidad de las diferencias de hecho, diferencias no jerárquicas en tanto que no parten de posición de privilegio, sino de estricta igualdad (como los corredores de 100 metros lisos). Cuando la igualdad (o nivelación) se presupone como hecho, como realidad efectiva, se tienden a suprimir las diferencias y a subsumir al individuo en el magma compacto que la igualdad impuesta establece. Esta igualación no puede ser considerada más que como sumisión.
Así, no hay modo de luchar contra la tiranía nacionalista y el desastre educativo que la imposición lingüística genera si la discusión no es liberada de las ataduras ideológicas (y, por tanto, retóricas) y se plantea en el ámbito que le corresponde: el de la mutilación técnica y formativa a la que se está sometiendo a generaciones de ciudadanos y de la que sólo pueden salvarse los que dispongan de medios económicos para ello.
Pocas políticas se han mostrado tan perniciosas para las personas con pocos recursos económicos como estas que, retóricamente, dicen defender sus intereses. Al fin y al cabo, el nacionalismo no deja de ser un producto pequeñoburgués (y también la socialdemocracia, naturalmente) y, por mucho que se disfrace, sus políticas reales no dejarán de ser pequeñoburguesas.
Como he leído por ahí recientemente, habría que obligar a los políticos a que llevaran a sus hijos a colegios públicos.
Hoy, en España particularmente, ser antinacionalista es ser racional.
Comentarios:
Yo niego lo que usted dice. No me tengo por nacionalista. Lo que ocurre es que me temo que las propuestas de quienes sí se reconocen nacionalistas vienen a empeorar el mundo. Aportan egoísmo en donde ya hay de sobra.
Saludos,
Me parece bien que practiquen ustedes la autocrítica, aunque sea sin saberlo.
Saludos,
Un saludo y gracias por su comentario.
Saludos,
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José Sánchez Tortosa
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