La verdad desiderativa del nacionalismo
12.10.08 @ 11:40:27. Archivado en La política desde fuera
El nacionalismo paleto (¿pleonasmo?) no ceja en su empeño de dar lecciones de moral y geopolítica desde los púlpitos de ese modelo de democracia que es la ONU. En tal marco, el caudillo nacionalsocialista vasco, Ibarretxe, ha pontificado, y no deja más opción que el comentario de texto. Sus palabras son las siguientes:
«¿Qué fue si no la soberbia lo que nos llevó a la guerra de Irak y a la confrontación de culturas, lo que nos lleva en Europa a tratar a los emigrantes como al ganado? ¿Qué fue si no la soberbia lo que posibilitó que el Gobierno español y varios partidos, como PP y PSOE, nos dijeran que no quieren que demos nuestra opinión el 25 de octubre? No tenéis nada que decirme, no tenemos nada que escuchar.»

Según Piaget, la mente infantil, refractaria al principio de realidad, no miente sino que asume como verdad sus propios deseos. El nacionalismo, esa enfermedad política, forma moderna de la infantilización sincrónica y perenne de la especie, parece padecer el mismo síndrome. Más allá de la referencia a la psicología como elemento explicativo de complejos procesos geopolíticos (“la soberbia”), alusión dogmática, demagógica y carente del mínimo valor analítico que no deja de mostrar el acendrado catolicismo del hablante, llama la atención la expresión “nos llevó (…) a la confrontación de culturas”. ¿Cómo puede denominarse lo que sucede en las escuelas e instituciones parasitadas por el nacionalismo vasco? ¿No es una confrontación la que ha sido instituida y sufragada (con fondos obtenidos del “enemigo”, por cierto) contra la cultura considerada invasora, la española? ¿No es una confrontación la política educativa y mediática, una guerra contra el idioma español y, en consecuencia, contra todos los individuos que son hispanohablantes, excluidos, cercenados en su potencia lingüística, mutilados en su formación intelectual y social, pues los confina en la idiotez provinciana? Y, de nuevo, la tendencia de raíz inequívocamente totalitaria de indentificar líder con pueblo, partido con nación, dejando en el olvido a los individuos (y en el caso concreto que nos ocupa, a esos individuos aplastados por el nacionalismo homicida que son las víctimas), cuando se eleva la queja, la protesta del niño caprichoso: “no quieren que demos nuestra opinión el 25 de octubre”, como si “nuestra opinión” ya estuviera decidida en bloque y no hubiera margen para cualquier otra opinión, la que no es “nuestra”. Como si, además, los ciudadanos, de modo procedimentalmente individual al menos (y no ese “nosotros” metafísico, absoluto, sin resquicios, aplastante, al que hay que pertenecer para ser admitido como "uno de los nuestros"), no tuvieran los medios a su alcance para emitir sus decisiones políticas en el marco de una democracia convencional, aunque corrompida, entre otras cosas, por el plusvalor de los votos destinados a aquellos partidos que no se presentan en todo el territorio estatal y, por tanto, por la desigual distribución de la riqueza electoral.
La ONU parece históricamente atraída por estas derivas pintorescas que políticas locales adoptan y que simulan una oposición al proceso de globalización, demonizado sin más por la ideología imperante, encarnada, de algún modo, por la propia ONU.
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José Sánchez Tortosa
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