La frágil consistencia de las democracias
17.09.08 @ 18:30:00. Archivado en La política desde fuera
“Las democracias serán siempre impotentes contra tales ataques [llevados a cabo por La Alemania nazi], por su misma estructura, ya que para protegerse de ellos fuerza les sería establecer ellas también un régimen autoritario. Los Estados totalitarios, por el contrario, son, por definición, impenetrables a la propaganda extranjera tal cual la concebimos. Resulta así, de la estructura misma de ambos regímenes, tamaña desigualdad entre las democracias y nosotros, que ese desequilibrio bastaría para compensar ampliamente, en caso de conflicto, una eventual inferioridad de nuestros armamentos.” (Hanfstägel, oficial de las SS, citado por Hermann Rauschning en Hitler me dijo, XII, 1939)
“Quizá hayamos ido demasiado lejos [al solicitar la anulación de 386 listas de AS y ANV]. Hay quien entiende que la Ley de Partidos establece un “Guantánamo electoral” (…). Lo que queremos no es empujarles hacia la violencia, sino hacia la democracia.” (Cándido Conde-Pumpìdo, Fiscal General del Estado, 17 de mayo de 2007)
“La Sala Especial del Tribunal Supremo declaró ayer la ilegalización y disolución del partido político Acción Nacionalista Vasca (ANV), tras estimar las demandas presentadas por el Gobierno y el Ministerio Fiscal. El anuncio lo hizo el presidente del Supremo, Francisco Hernando, que convocó a los periodistas a su despacho oficial a las 11.00.” (El País, 17 de septiembre de 2008)
La expresión “empujarles hacia la democracia” es un ejemplo significativo de la jerga socialdemócrata y de lo que Gustavo Bueno denomina Fundamentalismo democrático (que no es exclusivo de esa izquierda, ya que aparece también en el autodenominado liberalismo o en la llamada democracia-cristiana). Este magma ideológico indica, al menos al nivel de la retórica, la debilidad explícita de las democracias frente a los movimientos de corte totalitario, exentos por entero de los escrúpulos necesarios para negarse a emplear los instrumentos de las propias estructuras parlamentarias y garantistas de acuerdo con sus fines. De hecho, un proceso de ilegalización (tardía, dirán algunos) como el que comentamos es una medida de resistencia y defensa jurídicas de un sistema democrático ante una agrupación o secta que niega abiertamente la legitimidad de ese sistema, pero que no deja, por ello, de utilizarlo, por medio del uso de los procedimientos electorales, cobro de subvenciones estatales, apariciones en la prensa “libre”, etc.
Diríamos que las esencias de la democracia suponen simultáneamente su amenaza, el riesgo de que el Poder democrático sea usurpado o puesto en peligro “democráticamente” por agentes no democráticos, como el ejemplo nazi muestra. No sólo es que Hitler accediera al Poder en el seno de una democracia convencional y por medio de un proceso electoral, sino que la conversión de la República de Weimar en El Tercer Reich fue paulatina y, hasta cierto punto, posibilitada por las estructuras del Estado constitucional y con una legitimidad jurídica y procedimentalmente democrática, a diferencia del caso soviético.
Es dudoso, por tanto, que con expresiones metafísicas del tipo “empujar hacia la democracia en lugar de hacia la violencia” —como si la democracia misma, en tanto que forma de Estado, no necesitara también la violencia institucionalizada para ser lo que es— se fortalezca la defensa de un sistema que, al menos, cuenta con la ventaja de ofrecer ciertas garantías ciudadanas y la defensa de los derechos individuales por encima de los colectivos, eje cada vez más cuestionado de lo que podamos entender por democracia moderna y civilizada.
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José Sánchez Tortosa
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