Apología de la decadencia
20.08.08 @ 12:44:01. Archivado en La política desde fuera
Vivimos en una sociedad técnica y económicamente preparada para el ocio y, por tanto, para la decadencia, y, sin embargo, hay cada vez más empeños por defender un puritanismo solemne y monacal. Estamos al borde de una guerra contra el nazismo actual, que en cuanto a potencial y presencia es el fundamentalismo islámico armado (acaso “fundamentalismo islámico” sea sólo un pleonasmo) y, por eso, lo que distingue a una sociedad civilizada, en la que la libertad individual y, en general, los derechos individuales son el criterio político irrenunciable, en la que la inmanencia es lo común (lo público, lo político) y la trascendencia, un asunto privado (idiota, según la terminología griega), es cierto espíritu frívolo y decadente, que no se toma en serio más que el afán por no tomarse nada demasiado en serio (y menos que nada a uno mismo) como terapia preventiva contra la barbarie. Un decadentismo de esteta que sólo el decadente occidente con sus aún precarias libertades individuales puede garantizar. Globalizar esta sabiduría algo frívola y muy irónica, que no se cree nada (y es, en tal sentido, filosófica y científica) y cuyo criterio moral básico es lo estético, sería la defensa contra el acoso del mesianismo homicida. Y es que hace falta ser algo frívolo para ser verdaderamente profundo, pues quien es profundo absolutamente no es capaz de salir de la mundanidad de la muerte, que convierte en asunto de Estado, esto es, política post-mortem o tanatopolítica: “No es en absoluto necesario que estemos vivos para influir en el futuro de nuestro pueblo” (Joseph Goebbels, Carta a Harald Quandt del 28 de abril de 1945). La solemnidad maciza del fanático (de fanum, templo) sólo genera servidumbre y muerte. La permeabilidad, la fragilidad de la ironía que no admite dogmas ni trascendencia ni mesianismo está a salvo del fanatismo, pero su superioridad no es tan fuerte como la inferioridad del supersticioso, que es debilidad enfermiza, contagiosa y mortal, la fuerza de la servidumbre, el poder del número, del grupo, de las masas.

Resultaría curioso que nos salvara del islamismo homicida, no la Alianza de Civilizaciones o el diálogo ni los tanques de la OTAN, sino la rebeldía mundana y frívola de una juventud que, al tanto de la decadencia de occidente, no está dispuesta a renunciar a ese decadentismo salvador, en que se mezcla la grandeza de la libertad con la miseria estética producida por la posibilidad de elección de las masas, que no dejan de serlo de todos modos. Por eso, esta capacidad podrá conducirlas con frecuencia a la telebasura, la pornografía y las drogas, las macrodiscotecas y las borracheras, pero éste es un precio imprescindible en una sociedad afortunadamente impura, ambigua, contradictoria, políticamente libre, formada por individuos más que por bloques graníticos sostenidos sobre ideas completamente metafísicas (patria, pueblo, raza…), enemigos per se del individuo, pero que adquieren consistencia política y poder real.
Un café de Beirut
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José Sánchez Tortosa
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