Lengua común contra idiotez lingüística
16.07.08 @ 12:15:18. Archivado en La política desde fuera
Sócrates sólo necesitaba una condición para lograr que el esclavo de Menón alcanzara por sí mismo el conocimiento y, por tanto, la libertad: saber griego, esto es, la lengua común, como recordaba el pasado 4 de julio en Gijón Pedro Insúa, en los Encuentros de Filosofía organizados por la Fundación Gustavo Bueno, presentando mi intervención en los mismos.
Hoy en España, surge un manifiesto que reclama la defensa, no del español sino de los derechos de los ciudadanos para ser educados y atendidos en la lengua común a todo el Estado y a unos 400 millones de personas (“Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas.”) Por cierto, que en el manifiesto se habla de castellano, no de español, acaso por un pudor ideológico que contradice justamente el carácter común de la lengua, y es que el español, como lengua común, no excluye a nadie dentro del territorio español, o, al menos, a ningún hablante que esté dispuesto a hablarlo o aprenderlo, y además se abre a muchos otros territorios en el mundo, mientras que las lenguas locales se cierran sobre sí mismas y son impuestas por ley.
El proceso de analfabetización iniciado hace unos años alcanza el paroxismo con las legislaciones nacionalistas que minan meticulosamente la capacidad para pensar de los estudiantes por medio de una curiosa mezcla de dogmatismo rancio y relativismo fatal. Si el esclavo de Menón es capaz de resolver un problema geométrico gracias a las preguntas de Sócrates en el idioma común, lo es porque entre ambos se establece un vínculo estrictamente racional (común) en el que todo lo demás, lo propio de cada uno (lo idiota, en griego) queda al margen, incluida la propia esclavitud del esclavo, liberado en ese trance, capaz de pensar por sí mismo. Por medio de una educación impartida en una lengua que sólo se comparte con algunos de los habitantes de cuatro provincias en un rincón del mediterráneo se condena a la esclavitud idiota a varias generaciones, garantizando así la consolidación del poder, que se alimenta de la idiotez, de la ignorancia y de la servidumbre de los súbditos, ya que en tales condiciones no se les puede considerar ciudadanos, más que, acaso, en un sentido puramente formal, esto es, electoral y tributario.
Aunque quizá lo más interesante del manifiesto sean las reacciones que ha suscitado, por mucho que no hayan sido demasiado sorprendentes teniendo en cuenta a lo que la “cultura” de este país nos tiene acostumbrados. No he leído una sola voz crítica con el texto en defensa de la lengua común que use argumento racional o empírico alguno, es decir, común, argumentos que cualquier ser racional pueda entender y aceptar o criticar. El que no recurre a los insultos recurre al ataque de los que defienden el manifiesto, no de las ideas que en él se presentan, por no mencionar la evidencia de que o bien el manifiesto no se ha entendido o no se ha querido entender o, directamente, no ha sido leído. Pero claro, cuando se recuerda que en democracia sólo hay derechos individuales y, por tanto, sólo los ciudadanos tienen derechos, de modo que la idea misma de derechos colectivos, derechos históricos (que, en realidad, no pueden ser más que privilegios, por mucho que la jerga políticamente correcta los disfrace) o derechos de la nación, la lengua o el pueblo es el germen de políticas dictatoriales, esto es, idiotas en el sentido señalado pues se nutren de la idiotez de las personas, de su afán por privilegiar lo propio por encima de lo común, los nacionalistas se remueven en sus tronos y acuden al consabido insulto (neoliberal, neocon, franquista, etc...).
Cabe contrastar el caso con el ejemplo francés, en el que cualquier lengua local es considerada como parte de la esfera de lo privado (de lo idiota) y fuera, por tanto, de lo público o común.
Resulta ya aburrido constatar cómo, en el fondo, las preocupaciones nacionalistas se reducen al presupuesto, pero envolver esas preocupaciones con retórica nacionalista e indigenista (salvar la cultura amenazada, la lengua en peligro de extinción, etc.) proporciona un rédito económico mucho más alto que la mera exigencia económica desprovista de esa tediosa aureola romántica.
Comentarios:
Al final del segundo párrafo dice que "las lenguas locales se cierran sobre sí mismas y son impuestas por ley". Verá usted, leyéndole da la impresión de que cuando habla de los demás se olvida de sí mismo; el marco legal que regula los usos sociales de las lenguas normalizadas es en todos los casos una imposición asociada al concepto de oficial. Además, no conozco ninguna lengua que no sea local,ni estoy de acuerdo con el sentido peyorativo que usted le da al término. Por otra parte esas cuatro provincias que usted sitúa en un rincón del Mediterráneo,quiera usted o no, tienen su propia lengua, una ventana más del gran edificio del mundo que usted, con sus propuestas hegemonistas, sospecho cegaría si pudiera para iluminarnos a todos con su maravillosa luz artificial.
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José Sánchez Tortosa
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