Espero se me permita la comparación
18.05.08 @ 19:57:06. Archivado en La política desde fuera
Imaginen un alumno que llega nuevo a una clase. Ha sido sistemáticamente perseguido en el centro anterior, con niveles de crueldad extremos, al ser identificado como nocivo para todos por el hecho de ser quien es (su nombre le delata). En el momento mismo de convertirse en nuevo alumno, todos los compañeros que le rodean en el aula le declaran la guerra y juran no parar hasta echarlo de la clase. Entre los que le acosan se encuentra un alumno que tampoco es aceptado por los demás y que se siente desplazado por el nuevo y expectante ante la oportunidad de que las fobias de los demás se concentren en el novato. Nuestro protagonista se esfuerza en salir adelante a pesar de la situación que vive con estudio y trabajo y no renuncia a defenderse cada vez que es atacado, pues casi nunca cuenta con la defensa de la autoridad competente. Pasa el tiempo y consigue prosperar, mejorar y sobrevivir en una clase que continúa llena de enemigos para él. El odio que se le tiene parece extenderse a otras clases, seguramente al abrigo del olvido de las persecuciones que sufrió anteriormente. Él sigue empeñado en mejorar y, con todos sus defectos, no deja de preguntarse que más tiene que hacer para que los demás le acepten. El nombre del protagonista es Israel.
Decía Platón que sólo puede compararse lo que no es igual. Esta comparación sólo pretende situar los términos del problema en la medida más ajustada posible, dejar en evidencia los prejuicios que constantemente olvidan que si hay algún Estado con una legitimidad no sólo histórica, sino humana, para existir, ése es Israel, y resulta que es éste el Estado más cuestionado por existir, como los judíos fueron exterminados por ser lo que eran, sin más. Como Maquiavelo o Spinoza sabían, la legitimidad real de un Estado se reduce a su capacidad para defenderse, sobrevivir, perpetuarse en su ser. Lo demás es retórica. Israel ha sobrevivido y prosperado en las condiciones menos favorables posibles. Y lo ha conseguido por no renunciar a su derecho (potencia, en términos spinozianos) a existir.
A un libertino vocacional como yo le espantan los Estados, aun reconociendo que no dejan de ser un mal más o menos menor. Entre ellos, el de Israel es, sin embargo, un curioso milagro que preserva los mecanismos de una democracia parlamentaria convencional en un desierto de tiranías teocráticas.
Gustavo D. Perednik: “Si los árabes deponen las armas se acabó la guerra. Si los israelíes deponen las armas se acabó Israel.” (23-IV-07)
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José Sánchez Tortosa
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