La política neutra
15.03.08 @ 20:00:50. Archivado en La política desde fuera
En el marco de la denominada sociedad postindustrial surge un movimiento que recibe el nombre de pensamiento postmoderno. En términos muy generales, podríamos mencionar como sus claves el discurso fragmentario, que pretende romper con la unidad de las “grandes narrativas”; la idea de que no hay Verdad absoluta, apotegma que parte —de modo, cuando menos, precipitado— de la fórmula nietzscheana “No hay hechos, sólo interpretaciones” y que linda con un relativismo más o menos explícito; la certeza de una pérdida de sentido causada por la quiebra de los grandes referentes ideológicos.
Uno de sus representantes más célebres es Gianni Vattimo, que aparece en la prensa española con un artículo en la edición del viernes 14 de marzo del diario El Mundo dedicado al presidente Zapatero.
En este texto se puede comprobar cómo la presunta transgresión intelectual de los derviches postmodernos ha quedado para hacer hagiografía de las variantes menos formalmente ortodoxas de la democracia de principio de siglo, encarnadas en el presidente de España.
Vattimo habla de la “neutralización de la política”, que no sería otra cosa que la tendencial reducción del papel de las organizaciones en el poder ejecutivo de los Estados parlamentarios a meros gestores de los asuntos públicos, por encima de posibles antagonismos ideológicos. Esta neutralización, presente, por ejemplo, en los gobiernos de coalición, como el caso alemán, es, a juicio del ilustre postmoderno, un proceso decadente de las democracias occidentales que Zapatero habría comenzado a combatir decididamente —propósito detectado en la famosa charla fuera de micrófono con un periodista de cámara sobre la conveniencia de que aumentara la tensión en la campaña electoral, suceso que tanta gracia parece hacerle al señor Vattimo—, supongo que para salvar a la humanidad de una deriva pequeñoburguesa de política tediosa sin grandes sobresaltos (no haría falta recordar lo poco “aburridos” que son los regímenes totalitarios y tiránicos). Tan decadente que parece conducir al fascismo: “El clima que se está instaurando en Europa con la neutralización del conflicto político a favor de un acuerdo realista sobre las medidas técnicas necesarias para el funcionamiento de la máquina económica y social terminará dentro de poco —si no lo cuestionamos— por hacernos considerar todo conflicto político o sindical como una amenaza terrorista. A imitación perfecta de la América de Bush, donde se llama (y persigue como) “terroristas” a todos los disidentes.”
Más allá de la obsesión postmoderna por denostar sin crítica alguna (¿para qué crítica racional si no hay verdad…?) a ciertas democracias evitando dirigir la mirada a las teocracias emergentes y a las dictaduras del proletariado residuales, es patente el atractivo que la sonrisa ingenua y la seriedad impostada generan en política. Pero ¿cuántos intelectuales mucho más brillantes no se vieron también seducidos durante el siglo XX por experiencias revestidas de un aura de ruptura, o aun de ímpetu revolucionario?:
"¿Qué es lo que atrae en el fascismo? La respuesta será breve: lo irracional, el poder del espectáculo y un resurgimiento degenerado de ciertas formas de lo sagrado: dicho de otro modo, la necesidad de una sociedad que querría recuperar de nuevo los mitos; algo que parece faltar cruelmente a los regímenes democráticos." (Maurice Blanchot, Los intelectuales en cuestión)

Cabe recordar que el término fascismo no podía generar el rechazo que hoy genera antes de que se identificara con un campo ideológico específico y con una práctica política determinada, desarrollada históricamente. Por este motivo hoy se evita esta denominación (y otras) pero se conservan las que no despiertan esa aversión o las que no están aún vinculadas a fenómenos históricos derrotados en el ámbito de la retórica y la ideología.
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José Sánchez Tortosa
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