Apuntes sobre el concepto político de socialdemocracia
07.03.08 @ 19:05:09. Archivado en La política desde fuera
Si bien hemos de considerar a la socialdemocracia española como una variante específicamente hispana que sólo puede ser estudiada a partir del entramado electoral (PSOE) que se presenta bajo esa categoría, no está de más destacar alguna caracterización definitoria.
A juzgar por los discursos de sus dirigentes y por el propio nombre del movimiento, que la incluye, la democracia es el eje de su política. Cabría preguntarse qué concepción de la democracia defienden. Todo apuntaría a que no puede ser otra que la llamada democracia liberal-burguesa, dado que la socialdemocracia española renunció al “marxismo-leninismo” en el contexto de la denominada “Transición”. Y, sin embargo, con inquietante frecuencia, se olvidan algunos de los aspectos claves de lo que se conoce en teoría política clásica como democracia, sin necesidad de remontarse a la teoría política de Aristóteles. Un ejemplo reciente es el sintomático “encuentro” de la vicepresidenta del gobierno central con unos escolares de 4º curso de enseñanza secundaria (15-16 años):
Tal “encuentro” denota el siguiente olvido (olvido es igual a ignorancia, sostenía Platón, pues conocimiento es recuerdo): El de que, en el mismo instante en que un candidato pasa a formar parte del gobierno tras unas elecciones generales, se convierte en un funcionario del Estado, es decir, y dicho sea sin retórica alguna, un servidor de los ciudadanos, de todos, y no sólo de los que lo votaron. Es digno de recordar que uno de los rasgos paradigmáticos de los regímenes totalitarios, que acaso puedan servir para caracterizar, por contraste, la democracia, es la identificación entre Estado y Partido, o incluso, Movimiento (véase Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo). Indigno, pues, de un gobernante democrático, aprovechar un “encuentro” con menores, para inducir una determinada imagen de un rival electoral. Si bien en el marco de una campaña electoral, parece comprensible que se haga propaganda desde puestos de responsabilidad estatal, llevar ese discurso a las escuelas denota cierta pulsión, como mínimo, estatalista, si no directamente totalitaria. Gesto de dudoso gusto estético y político, que olvida la esencial separación entre lo público y lo privado, definición, por cierto, de laicismo, cuyo manto parece aplicable sólo a una confesión en particular. Esto sin contar con la curiosa fórmula "cree en los ciudadanos, cree en las mujeres". ¿Es que para los feministas de hoy, adalides de la discriminación positiva, las mujeres no son ciudadanos?
Éste y otros olvidos permiten la sospecha de que la adopción de la democracia liberal-burguesa es una mera estrategia electoral. La otra opción es que no se confíe en semejante tipo de democracia pero no se deja, sin embargo, de emplear el término democracia sin definirla explícitamente de modo distinto. Si no se dice lo contrario, no es un abuso suponer que cuando se habla de democracia se está hablando de esa democracia liberal-burguesa, que dispone de unas claves a las que no se puede renunciar sin entrar en un modelo político distinto. El silencio (y el olvido) sobre este asunto inducen a inclinarse por la primera opción más que por la segunda.
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José Sánchez Tortosa
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