El último tren, la última esperanza
16.01.08 @ 18:40:26. Archivado en La política desde fuera
El último tren a Auschwitz es una película de producción alemana, con escenas de una belleza sobrecogedora y momentos de gran lucidez, extremadamente exigente con el espectador, al que, prácticamente, no deja respirar, asfixiado por la angustia de ese encierro claustrofóbico en marcha hacia el exterminio, donde los individuos humanos se esfuerzan por no dejar de ser individuos, esto es, humanos, y que extrae de ellos lo mejor (cuando la claridad mental y la constancia de seguir unido a la naturaleza humana le convierte en héroe) y lo peor (cuando se olvida de sí como individuo y cae arrastrado por la fuerza torrencial del animal gregario, de la masa cegada). Pero lo realmente aterrador de la película es saber que, como suele suceder, la realidad fue muchísimo más cruel y despiadada.
Ejemplo de esa belleza es una de las últimas secuencias, la de la 9ª Sinfonía de Beethoven, el Himno a la Alegría de Schiller, cantada por un cómico judío. En la llegada al campo de Auschwitz, el encuadre de la cámara recoge de fondo la siniestra entrada al infierno, ese arco mudo que despliega la fatal vía del tren, el último tren, siempre el último.
Allí, el artista fracasado, el ser humano deshumanizado, se queda al borde del vagón, sin pisar la tierra del campo, sin bajar nunca porque tras cantar con una sonrisa en los labios y expresión beatífica cae en el interior del vagón abatido por el disparo del oficial correspondiente.
Y ejemplo de esa lucidez es la afirmación del mismo personaje que, al comienzo del viaje, justo antes de subir al tren, sostiene sentencioso y con la autoridad que otorga haber dedicado su vida a la farándula: “Los nazis no tiene sentido del humor.” Y, en efecto, es característica de esa neurosis colectiva que es el fanatismo, y su variante moderna, el totalitarismo, la seriedad absoluta, blindada contra todo distanciamiento, contra toda duda, contra toda posibilidad de reírse de uno mismo, contra la burla inteligente, que es subversiva, que es condición del pensamiento desde Sócrates, ese gran irónico que no dejó de bromear ni durante su juicio y condena.
Este personaje encarna durante el viaje el optimismo iluso, la esperanza a cualquier precio, eso tan humano. Pero la esperanza es instrumento de servidumbre, como ya sabían los clásicos de la Filosofía Política y condensa el lema de Isabella d'Este pintado por Mantegna: “Nec Spe Nec Metu”, es decir, “Sin esperanza ni temor”. Cada átomo de esperanza que queda en el condenado elimina la posibilidad misma de cualquier intento de luchar por la vida y la libertad en lugar de resignarse. Esa actitud que rebusca el más inverosímil pretexto para seguir alentando el ensueño de que se va a evitar el destino de ese tren, reprime los esfuerzos desesperados por escapar de aquellos que saben, que no se engañan con respecto a lo que los aguarda.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
José Sánchez Tortosa
autor
Contacto


